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Olvidar a alguien no siempre es sanar: qué significa realmente superar una ruptura. Por Juande Serrano

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Olvidar a alguien no siempre es sanar: qué significa realmente superar una ruptura. Por Juande Serrano

Hay personas a las que alguna vez hemos querido olvidar con todas nuestras fuerzas. No necesariamente porque dejáramos de amarlas. A veces, precisamente, porque las habíamos amado demasiado.

Quisiéramos borrar aquella conversación, dejar de recordar una mirada, escuchar de nuevo una canción sin que nos lleve a ningún sitio. Pasar por determinados lugares sin que algo dentro de nosotros reconozca lo que allí sucedió. No preguntarnos qué estará haciendo. No imaginar qué habría pasado si hubiéramos dicho otras palabras. No regresar una y otra vez a aquella última conversación buscando una explicación que entonces no encontramos. Olvidar. Simplemente olvidar.

Pero imaginemos que pudiéramos hacerlo. Que existiera alguna manera de borrar completamente de nuestra memoria a alguien que amamos y que después nos hizo sufrir. ¿Lo haríamos? La respuesta parece sencilla mientras recordamos el dolor. Lo difícil comienza cuando comprendemos que no podríamos borrar solamente aquello que nos hizo daño. Tendríamos que borrarlo todo. También la primera mirada. Aquella conversación que no queríamos que terminara. Las noches en las que sentimos que habíamos encontrado nuestro lugar. Los viajes, las risas, la intimidad, los pequeños rituales que solamente pertenecían a dos.

Quizá entonces descubriríamos que cuando deseamos olvidar a alguien casi nunca queremos realmente perder nuestros recuerdos. Queremos que dejen de doler. Y no es lo mismo.

Superar una ruptura no significa olvidar a alguien

Superar una relación no debería significar conseguir que alguien desaparezca de nuestra historia, sino permitir que permanezca en ella sin continuar gobernando nuestro presente. Porque algunas personas siguen dentro de nosotros mucho después de haberse marchado, y no siempre porque todavía las amemos. A veces permanecen porque algo quedó sin comprender: una pregunta, una culpa, una conversación que nunca ocurrió, una esperanza que tardamos demasiado en abandonar. Incluso una versión de nosotros mismos que continúa esperando secretamente un desenlace diferente.

Tal vez por eso olvidar no siempre cura. Sanar tiene más que ver con poder mirar aquello que ocurrió sin necesitar modificarlo. Aceptar que quizá nunca tendremos todas las respuestas y comprender que cerrar una historia no consiste en entender cada una de sus páginas. Consiste en poder llegar al final sin necesidad de arrancarlas.

 

 

Por qué olvidar a alguien no implica borrar lo vivido

Lo que amamos también pasa a formar parte de nosotros

Solemos pensar que recordar es un acto de la mente, pero también recordamos con el cuerpo. Una canción puede devolvernos durante unos segundos a una época entera. Un perfume hace aparecer inesperadamente a alguien que llevaba años sin ocupar nuestros pensamientos. Una calle, una ciudad, una comida, una determinada manera de tocarnos el brazo y, de pronto, algo sucede dentro antes incluso de que sepamos qué estamos recordando.

Las relaciones importantes no quedan archivadas únicamente como acontecimientos. Dejan formas de protegernos y de entregarnos, miedos que antes no teníamos, seguridades que aprendimos después. Algunas nos enseñan a poner límites; otras, a pedir. Con unas aprendimos a marcharnos y con otras descubrimos algo quizá más difícil: cómo quedarnos sin dejar de ser nosotros mismos. Porque amar transforma, incluso cuando termina.

Por eso borrar verdaderamente a alguien exigiría algo imposible: tendríamos que borrar también quiénes fuimos mientras lo amábamos y una parte de quienes llegamos a ser después de perderlo.

El duelo amoroso también incluye el futuro que imaginamos

Quizá ahí se encuentre una de las razones por las que determinadas separaciones nos conmueven tanto. Cuando una relación importante termina no perdemos solamente a una persona. Perdemos también aquello que imaginábamos que seríamos juntos. Los viajes que nunca hicimos. La casa que alguna vez imaginamos. Las conversaciones futuras. Los domingos. Los cumpleaños. Incluso esa vejez que quizá nunca llegamos a nombrar, pero que habíamos comenzado silenciosamente a considerar posible. Hacemos duelo por alguien que existió, pero también por un futuro que nunca existirá.

Y hay todavía otra pérdida más silenciosa. Durante un tiempo dejamos de ser solamente «yo». Fuimos también «nosotros». Construimos costumbres, amistades, lugares, proyectos, palabras y significados compartidos. Cuando ese nosotros desaparece, no basta con acostumbrarnos a la ausencia del otro. Tenemos que volver a descubrir quiénes somos sin él.

Quizá superar una ruptura no consista entonces en recuperar a quien éramos antes. Esa persona tampoco existe ya. Se trata de descubrir quién podemos ser después de todo lo vivido.

Superar una relación también exige aceptar al otro como es

Amar es permitir que el otro siga siendo otro

Existe una paradoja fascinante en muchas relaciones: aquello que inicialmente nos enamoró puede terminar convirtiéndose en motivo de conflicto.

Nos atrae alguien independiente y después sufrimos porque no nos necesita como esperábamos. Nos fascina su espontaneidad y terminamos deseando que sea más previsible. Admiramos su intensidad hasta que comienza a desbordarnos. Nos seduce su libertad y, casi sin advertirlo, empezamos a intentar domesticarla.

Quizá enamorarse sea relativamente sencillo porque consiste en descubrir al otro. Lo verdaderamente difícil viene después: aceptar que el otro continúe siendo otro.

Queremos ser amados por alguien diferente y, al mismo tiempo, esperamos muchas veces que esa persona termine sintiendo, necesitando y reaccionando como nosotros. Poco a poco dejamos de relacionarnos con quien tenemos delante para hacerlo con la versión que creemos que debería llegar a ser.

Y tal vez una parte importante de la madurez amorosa consista precisamente en renunciar a ese proyecto de transformación. No para aceptar cualquier cosa. Hay relaciones de las que es necesario marcharse. Comprender las heridas de alguien no nos obliga a convertirnos en el lugar donde esas heridas continúen haciéndonos daño. También existen historias en las que dos personas se quieren y, sin embargo, no consiguen construir juntas una vida suficientemente buena. Es una de las verdades más difíciles de aceptar: puede existir amor y no existir una relación posible.

Porque el amor importa muchísimo, pero necesita cuidado, reciprocidad, responsabilidad, deseo, respeto y capacidad para reparar aquello que inevitablemente iremos dañando al convivir. Además, amar de verdad supone aceptar otra incomodidad: toda persona suficientemente cercana terminará decepcionándonos alguna vez. Y nosotros también la decepcionaremos.

Quizá porque esperamos del amor algo que ningún ser humano puede garantizar. Queremos a alguien que sepa cuándo acercarse y cuándo dejarnos espacio, que nos tranquilice cuando tengamos miedo, que nos desee cuando necesitemos sentirnos deseados y que respete nuestra libertad sin hacernos sentir abandonados. En el fondo pedimos al otro que resuelva una de las grandes contradicciones de nuestra existencia: queremos pertenecer sin dejar de ser libres. Y ninguna relación puede eliminar por completo esa tensión. La intimidad siempre contiene riesgo. Cuanto más importante se vuelve alguien para nosotros, mayor es también su capacidad para herirnos. No porque amar sea peligroso, sino porque solamente puede perderse aquello que alguna vez hemos permitido que importe.

No todo lo que termina es una relación fracasada

No todo lo que termina fracasa

Quizá deberíamos revisar también nuestra obsesión por medir el valor de una relación según su duración. Decimos que una relación «funcionó» cuando duró toda la vida y que «fracasó» cuando terminó. Sin embargo, existen relaciones que duran décadas y hace mucho tiempo que dejaron de estar verdaderamente vivas, mientras que algunos encuentros mucho más breves modifican profundamente a quienes los vivieron.

No todo lo que termina fracasa. Terminan los viajes, las estaciones, la infancia, los abrazos, las conversaciones extraordinarias. Y nunca diríamos que por haber terminado carecieron de sentido.

Tal vez algunas personas no llegaron para acompañarnos durante toda nuestra vida. Llegaron para formar parte de ella. Por eso, después de una ruptura, además de preguntarnos qué hizo el otro, por qué dejó de amarnos o por qué no pudo ofrecernos aquello que necesitábamos, quizá convenga atrevernos con una pregunta más incómoda: ¿Qué puedo comprender de mí a través de lo que ocurrió entre nosotros? No para culpabilizarnos, sino para recuperar nuestra libertad.

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Porque cambiar de persona no significa necesariamente cambiar de historia. Podemos cambiar de rostro, de nombre, de casa y terminar sintiendo algo inquietantemente conocido. Nos llevamos con nosotros nuestra manera de amar, nuestros miedos, aquello que interpretamos como abandono, lo que vivimos como invasión, la intensidad que confundimos con amor o el sacrificio que confundimos con compromiso. Lo que no comprendemos de nuestra manera de vincularnos puede regresar con otro nombre.

Y entonces aparece una pregunta difícil de responder. Si pudiéramos volver al instante exacto en que conocimos a alguien que después nos hizo sufrir y supiéramos de antemano toda la historia, ¿volveríamos a vivirla? Conoceríamos las risas, los viajes, la intimidad, la felicidad de algunos días. Pero también la distancia, las discusiones, la decepción, la última conversación y el tiempo que necesitaríamos para reconstruirnos. Sabríamos cuánto vamos a amar. Y cuánto va a dolernos. ¿Entraríamos igualmente?

Quizá solamente después de haber vivido suficiente comprendemos que hay experiencias cuyo valor no depende de haber durado para siempre.

 

 

Recordar sin regresar: una señal de que estamos sanando

Recordar sin regresar

Y un día sucede. Escuchamos aquella canción. Pasamos por aquel lugar. Encontramos una fotografía. Alguien pronuncia aquel nombre. Y recordamos. Pero esta vez ya no necesitamos hacer nada. No escribimos. No imaginamos un regreso. No necesitamos saber si aquella persona es feliz ni reconstruimos por enésima vez la conversación que puso fin a todo. Recordamos y continuamos con nuestro día. Parece poca cosa, pero quizá ahí haya sucedido algo enorme. Aquella persona continúa formando parte de nuestra memoria, pero ha dejado de ocupar nuestra vida. Tal vez sanar se parezca mucho a eso: recordar sin regresar.

Después del dolor podemos aprender a cuidarnos mejor o podemos intentar volvernos invulnerables. Pero si para impedir que alguien vuelva a herirnos necesitamos conseguir que nadie vuelva a importarnos demasiado, el precio de esa protección será también la intimidad. Porque amar siempre nos deja expuestos a algo que no controlamos. Y quizá la vida no consista en conseguir salir intactos de ella.

Hay personas que se fueron y ampliaron nuestra capacidad de sentir. Otras nos enseñaron dónde estaban nuestros límites. Algunas hicieron visibles heridas que necesitaban cuidado. Y unas pocas nos permitieron conocer una parte de nosotros mismos que quizá nunca habría aparecido sin aquel encuentro. No necesitamos conservarlas en nuestra vida para reconocer lo que dejaron en ella.

Por eso, con el tiempo, quizá la pregunta deje de ser «¿cómo consigo olvidarte?» y se transforme en otra: ¿cómo puedo recordar lo que vivimos sin dejar de vivir lo que todavía me queda?

Tal vez sanar llegue justamente el día en que podamos mirar hacia atrás sin querer regresar, pero también sin necesitar borrar nada. Porque aquello también fuimos nosotros. Y, durante un tiempo, aquello también fue nuestra vida.

Un artículo de Juande Serrano

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