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Hombres y mujeres: por qué nos cuesta tanto encontrarnos en el amor. Por Juande Serrano

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Hombres y mujeres: por qué nos cuesta tanto encontrarnos en el amor. Por Juande Serrano

Quizá nunca hombres y mujeres fuimos tan libres para elegirnos. Y, sin embargo, pocas veces pareció tan difícil encontrarnos. Hay algo paradójico en nuestra manera contemporánea de amar, ya que hemos derribado muchas de las paredes que durante siglos determinaron cómo debía vivir un hombre y cómo debía hacerlo una mujer. Podemos elegir con quién estar, cuánto tiempo permanecer, cómo construir una familia, si queremos tenerla, cómo vivir nuestra sexualidad, qué hacer con nuestra vocación, nuestro cuerpo y nuestra propia vida. Y todo eso constituye una conquista extraordinaria.

Pero la libertad tiene una característica que pocas veces recordamos: cuando desaparecen los caminos trazados, también desaparecen algunas de las señales que nos indicaban por dónde caminar. Tal vez una parte de los desencuentros actuales entre hombres y mujeres nazca precisamente ahí. No porque hayamos perdido algo que debamos recuperar sin más, sino porque estamos atravesando un tiempo extraño en el que sabemos bastante bien aquello que ya no queremos ser, pero todavía no sabemos completamente cómo queremos encontrarnos.

Durante generaciones, hombres y mujeres recibieron un guion. Él debía ser fuerte, resolutivo, protector, proveedor, poco vulnerable. Ella debía cuidar, esperar, comprender, sostener, acompañar, renunciar muchas veces a sí misma para preservar el vínculo. Sabemos cuánto sufrimiento produjeron aquellos modelos. Muchos hombres aprendieron que sentir demasiado podía poner en cuestión su hombría. Muchas mujeres aprendieron que amar significaba soportar demasiado.

Por eso sería absurdo romantizar aquel pasado. Pero también sería demasiado sencillo pensar que basta con destruir un viejo modelo para que aparezca espontáneamente uno mejor. Porque cuando rompemos un guion no desaparece nuestra necesidad de orientación. Queda una página en blanco. Y una página en blanco es libertad, sí. Pero también puede producir vértigo y desorientación.

 

 

El hombre que ya no sabe exactamente qué se espera de él

Hay hombres que están viviendo silenciosamente una transformación para la que nadie les enseñó un lenguaje. Se les pide —con razón— que sean emocionalmente disponibles, que sepan escuchar, que expresen vulnerabilidad, que cuiden, que compartan responsabilidades, que abandonen determinadas formas de dominación y aprendan una relación más horizontal con la mujer.

Pero algunos sienten que, al mismo tiempo, continúan recibiendo expectativas antiguas: Que sean seguros, pero no dominantes. Fuertes, pero vulnerables. Protectores, pero no paternalistas. Decididos, pero nunca invasivos. Sensibles, pero capaces de sostener. Autónomos, pero emocionalmente presentes.

No hay necesariamente una contradicción en todo ello. Una persona madura puede integrar esas dimensiones. El problema aparece cuando al hombre se le exige esa integración sin haberle proporcionado demasiados modelos para aprenderla. Durante mucho tiempo aprendió lo que significaba ser hombre mirando a otros hombres que tampoco habían aprendido a hablar de sí mismos. Y ahora se encuentra intentando construir una identidad diferente con herramientas emocionales que muchas veces nadie le entregó.

Algunos responden retirándose. Otros se refugian en versiones caricaturescas de la masculinidad. Otros confunden libertad con ausencia de compromiso. Otros parecen emocionalmente ausentes no porque carezcan necesariamente de sentimientos, sino porque nunca aprendieron a permanecer dentro de ellos el tiempo suficiente como para poder compartirlos. Y algunos están haciendo algo mucho más hermoso y silencioso: están aprendiendo. Aprendiendo a decir “tengo miedo” sin sentirse menos hombres. A cuidar sin sentirse débiles. A pedir ayuda. A sostener sin controlar. A amar sin poseer.

Y la mujer que ya no quiere desaparecer dentro del amor

También la mujer contemporánea está atravesando una transformación enorme. Durante siglos fue educada, explícita o implícitamente, para encontrar una parte importante de su identidad en la mirada del otro: ser elegida, ser deseada, ser esposa, ser madre, ser cuidadora, ser necesaria. Pero muchas mujeres de hoy han roto profundamente con ese mandato. Han conquistado autonomía económica, sexual, profesional y emocional. Ya no necesitan una pareja de la misma manera en que muchas de sus abuelas pudieron necesitarla para sobrevivir social o materialmente. Y esto ha cambiado radicalmente el amor. Porque cuando una mujer no necesita quedarse, su permanencia adquiere otro significado. Ya no basta con estar, hay que encontrarse.

Sin embargo, también aquí aparecen contradicciones. La mujer que ha aprendido a no depender puede terminar teniendo dificultades para dejarse cuidar. La que ha tenido que hacerse fuerte puede confundir vulnerabilidad con peligro. La que aprendió a marcharse cuando algo no le hace bien puede llegar a olvidar que algunos conflictos no requieren abandonar una relación, sino atravesarla. Y quien ha luchado durante años para no perderse dentro del otro puede terminar protegiendo tanto su individualidad que ya no sabe muy bien cómo construir un nosotros. Y no se trata de que haya algo equivocado en todo ello, sino porque toda conquista psicológica puede convertirse en defensa cuando necesita protegerse permanentemente.

Nos encontramos llevando heridas que no empezaron con nosotros

Cuando un hombre y una mujer se encuentran, nunca llegan solos. Llegan también sus padres. Las parejas que tuvieron antes. Las palabras que escucharon de niños. Los abandonos. Las traiciones. Los silencios. Las expectativas. La manera en que aprendieron que alguien se queda y la manera en que aprendieron que alguien se marcha.

Por eso muchas discusiones de pareja parecen tratar sobre cosas insignificantes cuando, en realidad, están hablando de algo mucho más antiguo:

“Nunca me escuchas” puede significar: necesito saber que importo para ti.

“Necesito espacio” puede esconder: tengo miedo de desaparecer dentro de esta relación.

“¿Por qué no me escribiste?” puede contener: necesito comprobar que no vas a abandonarme.

“No quiero hablar ahora” puede significar: no sé qué hacer con todo esto que siento.

Y entonces ocurre una de las tragedias más habituales del amor: cada uno intenta proteger su herida de una manera que activa la herida del otro. Uno persigue porque teme perder. El otro se aleja porque teme sentirse atrapado. Cuanto más persigue uno, más se aleja el otro. Cuanto más se aleja el otro, más desesperadamente persigue el primero. Hasta que ambos terminan convencidos de que el problema es la persona que tienen delante. Cuando muchas veces lo que está ocurriendo entre ellos es un baile aprendido mucho antes de conocerse.

 

 

Hemos aprendido a detectar peligros, quizá nos falta aprender a construir vínculos

Hay además una característica especialmente interesante de nuestra época. Poseemos un vocabulario psicológico que generaciones anteriores no tuvieron. Hablamos de límites, dependencia emocional, apego, narcisismo, responsabilidad afectiva, relaciones tóxicas, trauma, manipulación, banderas rojas. Este conocimiento ha ayudado a muchas personas a reconocer situaciones verdaderamente dañinas y a salir de relaciones que jamás deberían haber tenido que soportar. Pero existe un riesgo cuando convertimos el lenguaje psicológico en un catálogo para juzgar al otro.

Existe un riesgo cuando convertimos el lenguaje psicológico en un catálogo para juzgar al otro.

Entonces dejamos de utilizar la psicología para comprender y empezamos a utilizarla para sentenciar. Una torpeza emocional se convierte inmediatamente en «falta de responsabilidad afectiva». Una necesidad intensa puede etiquetarse como «dependencia». Un desacuerdo parece una «incompatibilidad». Un comportamiento egoísta convierte rápidamente a alguien en «narcisista». Y una relación difícil se transforma automáticamente en «tóxica».

Hay relaciones que deben terminar. Hay comportamientos que no deben justificarse. Hay límites que son imprescindibles. Pero también hay relaciones buenas atravesando momentos malos. Personas emocionalmente sanas que alguna vez actúan desde sus heridas. Amores que necesitan conversación y no diagnóstico. Porque una relación humana no es el encuentro de dos personas perfectamente resueltas, es el encuentro de dos biografías incompletas.

Quizá confundimos demasiado el amor con sentirnos bien

También hemos modificado nuestra expectativa sobre lo que una relación debe proporcionarnos. Queremos que nuestra pareja sea amante, amiga, confidente, compañera intelectual, sostén emocional, aventura, hogar, estímulo, seguridad, deseo y crecimiento personal. Le pedimos a una sola persona cosas que durante buena parte de la historia estuvieron repartidas entre una comunidad entera. Y después nos sorprendemos cuando alguien no puede serlo todo.

El amor contemporáneo soporta una exigencia extraordinaria: debe darnos estabilidad sin aburrimiento, deseo sin incertidumbre, libertad sin distancia, seguridad sin rutina, intimidad sin pérdida de autonomía, etc. Y quizá una parte de nuestra frustración no provenga de que amemos peor, sino de que esperamos del amor mucho más que cualquier generación anterior.

El problema no es aspirar a relaciones mejores. Debemos hacerlo. El problema comienza cuando interpretamos cualquier incomodidad como prueba de que hemos elegido mal. Porque amar también incomoda. No porque debamos sufrir para amar, sino porque cualquier vínculo verdaderamente íntimo termina llevándonos a lugares de nosotros mismos que preferiríamos no visitar. El otro nos confronta, nos limita, nos contradice, no siempre nos comprende, tiene necesidades diferentes, desea de otra manera. Y precisamente por eso una relación puede convertirse en uno de los lugares más extraordinarios de transformación psicológica.

 

 

El deseo necesita diferencia

Existe además otra paradoja. Queremos relaciones profundamente igualitarias —y es una conquista irrenunciable—, pero a veces confundimos igualdad con indistinción. Ser iguales en dignidad no significa tener que ser idénticos.

Una pareja necesita encuentro, pero también alteridad. Necesita un nosotros y necesita dos yoes. Porque resulta difícil desear aquello que sentimos como una prolongación de nosotros mismos.

Quizá uno de nuestros desafíos sea aprender a vivir una relación donde nadie tenga que ocupar obligatoriamente un papel por ser hombre o mujer y, al mismo tiempo, donde podamos reconocer que existen diferencias entre nosotros sin convertirlas inmediatamente en desigualdad.

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No necesitamos regresar al hombre que manda ni a la mujer que obedece. Tampoco necesitamos convertirnos en seres intercambiables. Necesitamos descubrir qué hombre soy yo cuando no tengo que demostrar constantemente que soy hombre. Y qué mujer eres tú cuando no tienes que demostrar constantemente que eres mujer. Y después encontrarnos desde ahí.

Hombres y mujeres ante un nuevo modelo de relación

No estamos ante el final del hombre y la mujer

Quizá estamos viviendo algo mucho más interesante: una transición. Los modelos antiguos se están deshaciendo y los nuevos todavía están naciendo. Y durante las transiciones aparece confusión.

Habrá hombres que intenten regresar a formas antiguas porque allí encuentran certezas. Habrá mujeres que interpreten cualquier necesidad del otro como una amenaza para la autonomía conquistada. Habrá discursos que culpen a los hombres. Otros que culpen a las mujeres. Unos dirán que ellos ya no saben ser hombres. Otros que ellas han dejado de querer a los hombres. Pero quizá esas explicaciones sean demasiado pobres para algo tan profundamente humano.

No creo que hombres y mujeres hayamos dejado de saber amar. Creo que estamos intentando aprender a amar después de haber cambiado las condiciones en las que aprendimos a hacerlo.

Y eso necesita tiempo. Necesita conversación. Necesita equivocaciones. Necesita una nueva educación emocional y relacional. Sobre todo necesita dejar de mirarnos como adversarios. Porque cuando convertimos el amor en una negociación entre dos bandos, ya hemos perdido aquello que pretendíamos encontrar.

El amor comienza cuando termina la batalla

Tal vez el gran desafío contemporáneo no sea aprender nuevamente cómo debe ser un hombre ni cómo debe ser una mujer. Sea algo bastante más difícil: aprender a encontrarnos sin dejar de ser nosotros mismos. Que él no necesite dominar para sentirse seguro. Que ella no necesite desaparecer para sentirse amada. Que ninguno tenga que renunciar a su autonomía. Pero que tampoco utilicemos la autonomía como excusa para no comprometernos.

Que podamos decir “te necesito” sin convertir esa necesidad en dependencia.

Que podamos decir “quiero estar contigo” sin que signifique «no sé estar sin ti».

Que podamos decir “no estoy de acuerdo contigo” sin que eso amenace nuestro amor.

Que podamos decir “necesito alejarme un momento” sin convertir la distancia en abandono.

Que podamos decir “tengo miedo” sin avergonzarnos.

Que podamos decir “me equivoqué” sin sentir que hemos perdido.

Quizá ahí esté naciendo algo nuevo. Una forma de relación en la que el hombre no tenga que regresar al pasado para encontrar su lugar y la mujer no tenga que renunciar a todo lo conquistado para poder encontrarse con él. Una relación donde amar no signifique completarse, porque dos mitades desesperadas difícilmente construyen una totalidad. Signifique acompañarse, elegirse, reconocerse. Y comprender que hay una diferencia enorme entre necesitar al otro para existir y permitir que el otro transforme nuestra existencia.

Durante mucho tiempo nos dijeron cómo tenía que ser un hombre. También cómo tenía que ser una mujer. Tal vez ahora nos corresponda descubrirlo. No por separado. Tampoco uno contra el otro. Sino delante del otro. Porque quizá el futuro del amor no dependa de que consigamos parecernos más ni de que recuperemos exactamente las diferencias que tuvimos. Quizá dependa de algo mucho más sencillo y mucho más difícil: aprender a sostener la diferencia sin convertirla en distancia.

Y volver a mirarnos. No como representantes de dos mundos enfrentados. Sino como dos seres humanos que, después de tantas conquistas, heridas, cambios y contradicciones, siguen buscando exactamente lo mismo que buscaron quienes nos precedieron: alguien ante quien poder ser. Y alguien con quien poder llegar a ser.

Un artículo de Juande Serrano

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