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Amar sin dejar de ser uno mismo, por Juande Serrano

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Amar sin dejar de ser uno mismo, por Juande Serrano

Hay una pregunta que parece sencilla hasta que uno intenta vivirla de verdad: ¿hasta dónde debemos ser nosotros mismos cuando serlo puede incomodar a alguien que queremos?

Porque hablar de autenticidad resulta fácil cuando no hay nada en juego. Es fácil defender la sinceridad cuando nuestra opinión coincide con la del otro, cuando nuestras palabras son bien recibidas o cuando aquello que pensamos no amenaza ninguna expectativa. Lo difícil comienza cuando queremos a alguien y, precisamente por quererlo, vemos algo de otra manera. Cuando sabemos que decir lo que pensamos puede doler, pero callarlo nos obliga a representar una versión de nosotros mismos que no es del todo cierta.

Ahí aparece uno de los conflictos más delicados de las relaciones humanas: la tensión entre cuidar al otro y no abandonarnos a nosotros mismos para hacerlo. Y quizá madurar afectivamente consista, entre otras cosas, en aprender que ambas cosas no deberían ser incompatibles.

No hemos venido a gustarnos todo el tiempo

Hay una confusión bastante extendida entre querer a alguien y hacerle sentir bien. Como si amar significara convertirnos en guardianes permanentes del bienestar emocional del otro. Como si una buena pareja, un buen amigo, un buen padre, una buena madre o cualquier persona que verdaderamente nos quiera tuviera que confirmar nuestras decisiones, celebrar nuestras elecciones y protegernos de cualquier palabra que pudiera incomodarnos.

Pero una relación construida únicamente alrededor de la complacencia termina convirtiéndose en un lugar extrañamente solitario. Porque llega un momento en que ya no sabemos si quien tenemos delante está con nosotros o con la versión de nosotros que necesita mantener para evitar conflictos.

Elogiar es fácil. Aplaudir también. Y, por supuesto, hay elogios profundamente sinceros y necesarios. Necesitamos sentirnos reconocidos por quienes amamos. Necesitamos que nos digan aquello que hacemos bien, que celebren nuestras alegrías, que vean nuestros esfuerzos. El problema comienza cuando el elogio deja de ser una expresión espontánea del afecto y se convierte en una estrategia para no incomodar. Entonces ya no estamos cuidando una relación, estamos administrando susceptibilidades. Y son cosas muy diferentes…

Hay personas que han aprendido a relacionarse así. Observan constantemente el estado emocional de quienes tienen alrededor y adaptan sus palabras, opiniones, deseos e incluso su personalidad para mantener la tranquilidad. No dicen lo que piensan, sino lo que creen que será bien recibido. No preguntan qué quieren realmente, sino qué deberían querer para que nadie se moleste. Poco a poco desarrollan una extraordinaria habilidad para estar con los demás y una enorme dificultad para estar consigo mismas.

El problema comienza cuando el elogio deja de ser una expresión espontánea del afecto y se convierte en una estrategia para no incomodar.

 

 

Decir la verdad no nos concede el derecho a herir

Ahora bien, defender la autenticidad tampoco significa convertir la sinceridad en una licencia para decir cualquier cosa. Existe una forma bastante inmadura de entender aquello de “yo soy así”. A veces se utiliza la autenticidad para justificar la falta de sensibilidad: “yo digo las cosas como son”, “prefiero ser sincero”, “si le molesta, es su problema”.

Pero entre mentir y arrojarle nuestra verdad a alguien sin considerar cómo puede recibirla existe un territorio enorme. Y es precisamente ahí donde aparece la madurez emocional. Porque no todo lo verdadero necesita ser dicho, ni todo lo que necesita ser dicho debe decirse de cualquier manera.

Podemos tener razón y ser crueles. Podemos estar equivocados y hablar con enorme ternura.

Podemos decir algo difícil desde el amor. Y podemos decir algo aparentemente amable desde el desprecio. Las palabras importan, pero también importa el lugar interior desde el que nacen.

Antes de decir algo delicado a una persona que queremos quizá convendría preguntarnos: ¿para qué necesito decir esto? No solamente si es verdad. Para qué. Porque esa pequeña pregunta cambia muchas cosas: ¿quiero ayudar?, ¿quiero compartir otra perspectiva?, ¿estoy preocupado?, ¿quiero comprender?, ¿o necesito demostrar que tengo razón?, ¿estoy descargando mi frustración?, ¿estoy castigando?, ¿hay resentimiento detrás de mi supuesta sinceridad?, ¿estoy diciendo algo para cuidar al otro o para sentirme superior a él?, etc. La misma frase puede convertirse en cuidado o en violencia dependiendo de aquello que la sostiene.

El amor no siempre confirma

Una de las experiencias más difíciles de aceptar es que algunas de las palabras que más nos han ayudado en nuestra vida probablemente no fueron las que más nos gustó escuchar. Todos recordamos alguna conversación incómoda con alguien que nos quería. Alguien que se atrevió a decirnos algo que nosotros todavía no estábamos preparados para reconocer. En aquel momento pudo doler, incluso pudimos enfadarnos. Pero tiempo después comprendimos que aquella persona no estaba intentando destruirnos. Estaba viendo algo que nosotros no podíamos —o no queríamos— ver.

Por eso conviene distinguir entre sentirse herido y haber sido maltratado. No son necesariamente lo mismo. Hay verdades que duelen porque tocan lugares sensibles. Opiniones que nos incomodan porque contradicen la imagen que tenemos de nosotros mismos. Perspectivas diferentes que cuestionan decisiones en las que hemos depositado demasiada seguridad. El dolor que sentimos al escucharlas no demuestra automáticamente que quien las pronuncia haya actuado mal.

Aunque tampoco demuestra que tenga razón. Esto último es fundamental. Que alguien nos quiera no convierte su opinión en verdad. Puede querernos profundamente y equivocarse. Puede interpretar nuestra vida desde sus propios miedos. Puede proyectar sobre nosotros su historia. Puede aconsejarnos desde aquello que a él le funcionó y no tiene por qué servirnos. El amor no concede infalibilidad.

Pero precisamente por eso una relación madura debería permitir algo extraordinariamente sencillo y cada vez más difícil: que dos personas puedan quererse sin necesitar pensar igual: puedo escucharte sin obedecerte, puedes discrepar conmigo sin rechazarme, puedo decirte lo que pienso sin decidir por ti, puedes decirme que no estás de acuerdo sin que eso signifique que has dejado de quererme. Qué descanso sería comprenderlo.

 

Cuándo callarse también puede ser una forma de amor

¿Callarse también puede ser amor? Sí. A veces, profundamente. Hay silencios que son una forma exquisita de cuidado. No necesitamos opinar sobre todo. No tenemos que corregir cada decisión ajena ni advertir de cada error que creemos detectar. Hay momentos en los que una persona no necesita nuestra perspectiva, sino nuestra presencia. Y aprender a distinguirlos es una forma de inteligencia afectiva.

Podemos preguntarnos: ¿me ha pedido mi opinión?, ¿puede escucharla ahora?, ¿aporta algo decirlo?, ¿es realmente importante?, ¿estoy respetando su derecho a vivir su propia experiencia? Porque querer lo mejor para alguien no significa convertirnos en directores de su existencia. El amor también sabe retirarse. Sabe esperar. Sabe observar cómo alguien que queremos toma una decisión que nosotros quizá no tomaríamos.

Incluso sabe acompañar determinados errores. Hay aprendizajes que nadie puede hacer por nosotros.

Querer lo mejor para alguien no significa convertirnos en directores de su existencia.

Ser uno mismo en las relaciones sin vivir desde el miedo

Pero una cosa es elegir conscientemente el silencio porque comprendemos que en ese momento es la manera más amorosa de acompañar, y otra muy distinta callarnos sistemáticamente por miedo a dejar de gustar. Desde fuera pueden parecer iguales. Por dentro son completamente diferentes. En el primer caso decido callar. En el segundo siento que no puedo hablar. Uno nace de la libertad. El otro, del miedo.

Claro que podemos sonreír y callarnos

Y no, probablemente no nos destruya por dentro. Podemos controlar una opinión. Podemos ceder. Podemos dejar pasar algo. Podemos sonreír cuando no tenemos ganas. La convivencia humana sería imposible si expresáramos cada pensamiento que atraviesa nuestra cabeza.

La madurez también implica regulación. No somos más auténticos por convertir cada emoción en conducta y cada pensamiento en palabra. Pero quizá la pregunta interesante no sea si podemos hacerlo. Por supuesto que podemos. La pregunta es por qué sentimos que debemos hacerlo. Y, sobre todo, cuántas veces. Porque una renuncia ocasional puede ser generosidad. Una renuncia permanente puede acabar convirtiéndose en desaparición.

Un día puedo callarme por ti. Otro día puedo acompañarte aunque no comparta tu decisión. Puedo renunciar a una discusión porque comprendo que no conduce a ninguna parte. Puedo incluso protegerte temporalmente de algo que considero innecesariamente doloroso. Pero si para conservar nuestra relación necesito ocultar sistemáticamente lo que pienso, fingir entusiasmo, evitar determinadas conversaciones, medir cada palabra y convertirme en aquello que tú necesitas que sea para no sentirte cuestionado, entonces quizá ya no estamos hablando de cuidado.

Estamos hablando de adaptación. Y cuando la adaptación exige demasiada renuncia a uno mismo, aparece algo silencioso y peligroso: el resentimiento. Porque aquello que sacrificamos voluntariamente suele generar amor. Pero aquello que sacrificamos continuamente sintiendo que no tenemos alternativa termina pasando factura.

El problema no es cambiar por alguien

También hemos idealizado demasiado la idea de “ser uno mismo”. Como si amar significara permanecer intactos. Ninguna relación profunda nos deja exactamente como éramos. Nos modificamos unos a otros. Aprendemos a hablar de otra manera porque sabemos que determinada forma hiere al otro. Corregimos comportamientos. Cedemos espacios. Negociamos costumbres. Descubrimos aspectos de nosotros que desconocíamos.

Eso no significa perder nuestra identidad. Muchas veces significa madurarla. La pregunta no debería ser: “¿Estoy cambiando por esta persona?” Quizá debería ser: “¿En quién me estoy convirtiendo para poder estar con esta persona?”

Porque hay relaciones que nos hacen más amplios, más conscientes, más generosos, más libres. Y hay relaciones que nos hacen pequeños. Nos volvemos cautelosos. Nos vigilamos. Perdemos espontaneidad. Empezamos a pedir permiso emocional para existir. Y poco a poco dejamos de preguntarnos qué sentimos para preguntarnos qué podemos sentir sin generar problemas. Esa diferencia lo cambia todo.

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Una relación suficientemente segura

Quizá una de las mayores pruebas de intimidad no sea cuánto nos queremos cuando estamos de acuerdo, sino qué ocurre entre nosotros cuando dejamos de estarlo. Si puedo decirte que veo algo diferente y nuestra relación sobrevive, hay seguridad. Si puedes decirme que algo de mí no te gusta y yo puedo escucharlo sin interpretar inmediatamente que has dejado de quererme, hay seguridad. Si podemos enfadarnos sin humillarnos, discrepar sin castigarnos y necesitar distancia sin convertirla en abandono, estamos construyendo algo profundamente valioso.

La verdadera intimidad no consiste en encontrar a alguien que confirme permanentemente nuestra identidad. Consiste en encontrar un vínculo donde podamos mostrarnos sin tener que defendernos continuamente.

Por eso quizá una de las formas más hermosas del amor sea poder decir: No pienso como tú, pero sigo aquí. No necesito convencerte. No necesito que cambies para tranquilizarme. No necesito darte la razón para demostrarte que te quiero. Te digo lo que veo porque confío en nuestra relación lo suficiente como para no tener que fingir delante de ti. Y después respeto profundamente lo que hagas con mis palabras. Porque tu vida sigue siendo tuya.

 

Hasta dónde ser para estar

Y llegamos entonces a la pregunta más difícil: ¿Hasta dónde se ha de ser uno mismo para poder estar con el otro? Quizá hasta el punto en que seguir estando no nos obligue a dejar de reconocernos.

No necesitamos decir todo. No necesitamos defender cada opinión. No necesitamos convertir la autenticidad en una cruzada. Podemos ceder, adaptarnos, callar, esperar, cuidar las palabras, elegir el momento y renunciar muchas veces a tener razón. Eso también es amor.

Pero A~Mar a alguien no debería exigirnos vivir interpretando un personaje. Porque llega un momento en que ya no sabemos qué estamos protegiendo: si a la persona que queremos o a una relación que solamente puede existir mientras determinadas partes de nosotros permanezcan escondidas.

Y tal vez ahí esté el límite. Puedo cuidar cómo te digo quién soy. Lo que no debería necesitar es dejar de ser quien soy para poder seguir contigo. El amor adulto no consiste en encontrar a alguien ante quien podamos decir cualquier cosa sin consecuencias. Consiste en construir con alguien un espacio suficientemente seguro para que la verdad pueda entrar sin convertirse en un arma.

A veces habrá que hablar. A veces habrá que callar. A veces tendremos que decir algo incómodo. Y otras veces descubriremos que nuestra opinión no era tan importante como creíamos. La sabiduría afectiva está precisamente en aprender a distinguirlo.

Porque A~Mar no significa decir siempre la verdad que pensamos. Pero tampoco vivir permanentemente ocultándola. A~Mar quizá sea algo mucho más difícil: atrevernos a ser verdaderos sin dejar de ser cuidadosos, y aprender a cuidar sin dejar de ser verdaderos.

Al final, las relaciones que verdaderamente merecen la pena no son aquellas en las que nunca nos hacemos daño. Eso sería imposible entre seres humanos. Son aquellas en las que ninguno necesita desaparecer para evitarlo. Porque si para estar contigo tengo que dejar continuamente de ser yo, quizá consiga que nunca te incomodes. Quizá consigamos discutir menos. Quizá incluso parezca que todo está bien. Pero habrá una pregunta esperando silenciosamente debajo de tanta armonía: si para que tú puedas estar conmigo yo tengo que ausentarme de mí, ¿quién está realmente contigo?

Autenticidad y amor: cuidar al otro sin dejar de ser nosotros mismos

Tal vez A~Mar sea aprender que podemos cuidarnos sin engañarnos, disentir sin alejarnos, decirnos algunas verdades sin destruirnos y guardar algunos silencios sin traicionarnos. Porque la medida del amor no está en cuánto somos capaces de sacrificarnos para permanecer. Está también en algo mucho más delicado: en cuánto de nosotros puede seguir existiendo cuando estamos al lado de alguien.

 

Un artículo del psicólogo  Juande Serrano

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