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«Cómo desconectar en verano y volver a vivir con más presencia» por Juande Serrano

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«Cómo desconectar en verano y volver a vivir con más presencia» por Juande Serrano

Hay veranos que sirven para desconectar. Y hay otros que llegan para recordarnos quiénes éramos antes de empezar a ir con prisa por la vida. Ojalá este sea de los segundos.

Porque quizá el verdadero cansancio que arrastramos no tenga tanto que ver con las horas que trabajamos como con el tiempo que llevamos viviendo demasiado lejos de nosotros mismos, de la presencia consciente en la vida.

Vivir el verano con presencia

Nos hemos acostumbrado a una forma de existir en la que casi todo sucede deprisa. Nos despertamos mirando una pantalla, desayunamos pensando en lo que haremos dentro de unas horas y, cuando por fin termina el día, descubrimos que hemos estado presentes en cientos de tareas, pero ausentes de nuestra propia vida. Y lo más sorprendente es que esa manera de vivir ha llegado a parecernos normal. Como si hubiéramos aceptado que crecer consiste en acostumbrarse al ruido.

La vida nunca tuvo tanta prisa como nosotros

Sin embargo, basta que llegue las vacaciones de verano para que algo empiece a moverse silenciosamente dentro de nosotros. No ocurre porque cambie el calendario. Ocurre porque cambia la luz. Cambia el olor del aire al caer la tarde. Cambia el sonido de las calles cuando la ciudad comienza a vaciarse. Cambia el color del mar. Cambia incluso nuestra manera de mirar el horizonte.

Hay algo profundamente humano en esa transformación estacional. Como si la naturaleza, cada verano, intentara recordarnos una verdad que durante el resto del año olvidamos demasiado deprisa: la vida nunca tuvo tanta prisa como nosotros.

 

Cuando tener más tiempo no nos da serenidad

Resulta curioso. Llevamos décadas inventando herramientas para ahorrar tiempo y, sin embargo, cada vez sentimos que tenemos menos. Disponemos de tecnología capaz de resolver en segundos tareas que antes requerían horas, pero esa velocidad no nos ha regalado serenidad. Simplemente ha llenado el espacio que dejaba libre con nuevas obligaciones, nuevas expectativas y nuevas formas de sentir que nunca es suficiente. Tal vez lo sentimos menos porque el problema nunca fue la falta de tiempo, el problema ha sido olvidar para qué queríamos tenerlo.

La presencia consciente que teníamos de niños

Cuando éramos niños, el tiempo tenía una cualidad extraordinaria. Una tarde parecía contener un universo entero. Bastaba una bicicleta, una playa, una conversación o un paseo para que el día pareciera inmenso. No era una cuestión de edad. Era una cuestión de presencia. Vivíamos dentro de lo que estaba ocurriendo. No sentíamos la necesidad constante de registrar cada instante, compartirlo o compararlo con el de los demás. La experiencia era suficiente por sí misma.

Después crecimos, a veces incluso con el deseo y la prisa de crecer. Y casi sin darnos cuenta empezamos a sustituir la intensidad de vivir por la intensidad de producir. Aprendimos a llenar las agendas, pero no siempre el corazón.Aprendimos a alcanzar metas, aunque muchas veces olvidamos preguntarnos si seguían teniendo sentido. Aprendimos a hacer muchas cosas al mismo tiempo, pero cada vez nos costó más hacer una sola con toda el alma.

 

El cansancio de vivir lejos de nosotros mismos

Quizá por eso tantas personas llegan al verano profundamente agotadas sin que exista una enfermedad capaz de explicar ese cansancio. No está cansado únicamente el cuerpo, está cansada la mirada. Porque mirar también puede agotarse. Se agota cuando deja de sorprenderse, cuando todo se convierte en rutina, cuando dejamos de contemplar para empezar únicamente a utilizar. Utilizamos el tiempo, utilizamos los lugares, utilizamos incluso a las personas sin darnos cuenta de que las relaciones más profundas nunca nacen de la utilidad, sino de la presencia.

Recuperar el arte de vivir

Los filósofos antiguos hablaban del arte de vivir. Siempre me ha parecido una expresión preciosa. No hablaban del arte de triunfar, ni del arte de producir más, ni siquiera del arte de ser feliz. Hablaban del arte de vivir. Como si la existencia necesitara el mismo cuidado, la misma sensibilidad y el mismo aprendizaje que cualquier obra hermosa.

Y tenían razón, porque vivir bien nunca ha consistido en acumular experiencias, sino en dejar que las experiencias nos atraviesen. El mar no emociona porque sea nuevo, emociona porque nosotros reparamos en mirarlo. Un abrazo no pierde valor porque se repita, pierde valor cuando deja de ser un encuentro para convertirse en un gesto automático.

Las vacaciones como regreso a uno mismo

Las vacaciones tampoco transforman la vida por el simple hecho de alejarnos de casa, la transforman cuando nos permiten regresar a nosotros. Y ese regreso empieza casi siempre de una forma inesperadamente sencilla. Empieza cuando volvemos a caminar sin prisa. Cuando una conversación dura más que la comida. Cuando el teléfono permanece olvidado mientras cae la tarde. Cuando descubrimos que el silencio no estaba vacío; simplemente llevaba demasiado tiempo esperando a que volviéramos a escucharlo.

La felicidad habla cuando disminuye el ruido

Hay una belleza inmensa en las cosas que no necesitan demostrar nada. Una playa al amanecer. La risa de alguien a quien queremos. El olor del café cuando la casa todavía duerme. El viento moviendo lentamente las hojas de un árbol. La lectura pausada de un libro. La mano que busca otra mano sin decir una sola palabra.

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Quizá la felicidad siempre habló ese lenguaje. Uno muy discreto. Tan discreto que solo puede escucharse cuando disminuye el ruido.

Vivir sin esperar a que todo esté solucionado

Con los años he ido comprendiendo que la serenidad no consiste en resolver todos los problemas. Ninguna vida llega a ese lugar. La serenidad aparece cuando dejamos de aplazar la vida hasta que todo esté solucionado. Cuando comprendemos que la incertidumbre nunca desaparecerá y, aun así, elegimos seguir contemplando un atardecer, compartir una conversación o emocionarnos con la inmensa fortuna de seguir estando aquí.

Porque eso es, en el fondo, lo verdaderamente extraordinario. Estar aquí. Respirar. Poder amar. Poder volver a empezar. Poder equivocarnos. Poder perdonar. Poder cambiar. Poder descubrir que todavía quedan personas por conocer, libros por leer, mares en los que bañarse y abrazos capaces de cambiar un día entero.

A veces olvidamos que la vida no nos pide hacer cosas extraordinarias para ser extraordinaria. Solo nos pide estar presentes cuando ocurre.

Despertar en verano para vivir de otra manera

Quizá ese sea el mayor regalo de este verano. No descansar más. Sino despertar un poco. Volver a mirar el mundo con la curiosidad de quien comprende que casi todo aquello que hace hermosa la existencia siempre estuvo ahí. Esperándonos.

Porque la vida nunca dejó de ser maravillosa. Lo único que ocurrió fue que, durante demasiado tiempo, caminamos tan deprisa que dejamos de verla.

Ojalá este verano no sea únicamente un paréntesis en tu agenda. Ojalá sea el comienzo de una manera distinta de vivir el resto del año. Porque el verdadero viaje no consiste en cambiar de lugar, consiste en volver a encontrarte con la persona que eras antes de creer que vivir significaba correr.

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