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«Cuando el amor deja de ser un amor» por Juande Serrano

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«Cuando el amor deja de ser un amor» por Juande Serrano

Hay una forma de soledad que resulta especialmente difícil de explicar. No tiene que ver con vivir solo ni con echar de menos a alguien. Es una soledad mucho más silenciosa. Aparece cuando compartes la vida con la persona a la que amas y, sin embargo, hace tiempo que dejaste de sentir que puedes descansar en ella.

Desde fuera, muchas de esas parejas parecen estar bien. Siguen ocupándose de los hijos, organizan las vacaciones, hablan del trabajo, celebran cumpleaños, hacen planes para el fin de semana e incluso duermen cada noche en la misma cama.

Todo parece seguir su curso.
Y, sin embargo, algo esencial ha dejado de suceder.
Han dejado de encontrarse.

No suele ocurrir de un día para otro. Nadie se levanta una mañana sintiendo que la relación se ha roto. Lo que sucede es mucho más sutil. Primero desaparecen las conversaciones que no tenían prisa. Después dejamos de preguntar cómo está realmente el otro porque creemos conocer la respuesta. Más tarde empezamos a hablar casi exclusivamente de aquello que hay que resolver: la compra, las facturas, los hijos, los horarios, los problemas. Sin apenas darnos cuenta, la relación comienza a organizarse alrededor de las obligaciones y deja de hacerlo alrededor del encuentro.

Entonces aparece una sensación difícil de nombrar.
Seguimos viviendo juntos, pero ya no sentimos que habitamos el mismo mundo emocional.

La falta de seguridad emocional en la relación

Con frecuencia se piensa que las parejas llegan a este punto porque han dejado de comunicarse. Después de muchos años escuchando historias de amor, de desencuentro y de sufrimiento, creo que ocurre justamente al revés. Dejamos de comunicarnos cuando dejamos de sentirnos seguros. Porque solo quien se siente seguro se atreve a mostrarse tal y como es. Cuando intuimos que cualquier palabra puede ser utilizada en nuestra contra, aprendemos a callar. Cuando sentimos que nuestras emociones serán minimizadas o criticadas, dejamos de compartirlas. Cuando percibimos que el otro ya no escucha para comprendernos, sino para responder o defenderse, empezamos a guardar partes enteras de nosotros mismos.

Las palabras siguen existiendo, pero el encuentro desaparece.
Y quizá ahí comienza el verdadero desgaste de una relación.

Los reproches, las discusiones, el distanciamiento afectivo o la ausencia de intimidad rara vez constituyen el problema de fondo. Son el idioma que utiliza una relación para expresar que hace tiempo dejó de sentirse un lugar seguro.

Por eso muchas parejas discuten durante una hora sobre quién olvidó hacer una llamada o recoger algo del supermercado cuando, en realidad, ninguno de los dos está hablando de eso. Ella quizá intenta preguntar, sin saber cómo hacerlo: “¿Sigo siendo importante para ti?”. Él, quizá, intenta defender algo muy distinto: “¿Hay algún lugar donde pueda sentir que no todo lo hago mal?”. La conversación transcurre por un camino, mientras el verdadero diálogo sucede por debajo de las palabras.

 

El significado que damos a lo que ocurre

Siempre me ha impresionado comprobar hasta qué punto el sufrimiento humano tiene más que ver con las interpretaciones que hacemos de los hechos que con los hechos mismos. Una noche sin intimidad no duele únicamente por la ausencia del encuentro físico. Duele por el significado que cada uno atribuye a esa ausencia. Hay quien piensa que el otro ya no le desea. Quien siente que ha dejado de resultar atractivo. Quien interpreta que el amor se está acabando. Y también quien necesita distancia porque lleva demasiado tiempo sintiéndose emocionalmente cuestionado.

La realidad es la misma.
Lo que cambia es la historia que cada uno construye alrededor de ella.

Algo parecido sucede con el afecto. Solemos pensar que dejamos de acariciar porque ya no sentimos lo mismo. Sin embargo, muchas veces ocurre exactamente al contrario. Dejamos de acariciar cuando la relación deja de ser ese espacio donde uno puede acercarse sin miedo al rechazo, a la crítica o a la indiferencia. El cuerpo posee una sabiduría silenciosa. Cuando percibe seguridad, se abre al encuentro. Cuando percibe amenaza, aunque esta nunca llegue a expresarse con gritos o violencia, comienza a protegerse. Y una de las formas más frecuentes de protección es retirar aquello que nos hace vulnerables: la ternura, el deseo, la espontaneidad.

Cuando el deseo desaparece antes de la relación

Por eso el sexo no suele desaparecer primero del cuerpo. Desaparece antes de la relación. Se va extinguiendo lentamente cuando dejamos de sentirnos mirados con admiración, cuando las conversaciones terminan casi siempre en reproches, cuando el resentimiento ocupa el lugar de la gratitud y cuando el otro deja de ser alguien con quien descansar para convertirse en alguien de quien defenderse. Ningún deseo florece en un clima de vigilancia permanente.

Sin embargo, creo que sería un error pensar que todo esto ocurre porque las personas dejamos de amar.

Mi experiencia me lleva a una conclusión distinta. Con mucha frecuencia seguimos amando incluso cuando ya no sabemos cómo encontrarnos. El problema es que el miedo acaba ocupando el espacio que antes ocupaba el amor. Entonces empezamos a controlar creyendo que estamos cuidando. Exigimos convencidos de que solo estamos pidiendo lo que necesitamos. Nos cerramos para no sufrir más. Vigilamos porque tememos perder. Nos defendemos antes incluso de haber sido atacados. Y el otro hace exactamente lo mismo.

Dos personas que desean sentirse queridas terminan comportándose de maneras que hacen casi imposible que el otro pueda sentirse querido. Es una de las paradojas más dolorosas del amor. No solemos herir más a quienes menos queremos. Solemos herir precisamente a quienes más necesitamos.

El amor también despierta heridas antiguas

Quizá porque ninguna otra relación despierta con tanta intensidad nuestras heridas más antiguas. La pareja tiene una extraordinaria capacidad para recordarnos aquello que todavía no hemos terminado de resolver de nosotros mismos. No porque el otro sea el origen de nuestro sufrimiento, sino porque la intimidad tiene la capacidad de iluminar lugares de nuestra historia que permanecían ocultos.

Por eso las relaciones maduras no son aquellas donde nunca aparecen conflictos. Son aquellas donde ambos dejan de preguntarse únicamente quién tiene razón para empezar a preguntarse qué está necesitando el vínculo.

Este cambio de mirada transforma por completo la manera de amar:

· Ya no intento ganar la discusión, intento comprender qué ha ocurrido para que la persona que amo haya dejado de sentirse segura conmigo.

· Ya no me pregunto únicamente por qué el otro ha cambiado, me pregunto también cuándo dejamos de cuidar aquello que hacía posible el encuentro.

Tal vez el verdadero amor no consista en evitar que aparezcan las heridas. Ninguna relación puede prometer eso. Amar sea, más bien, la decisión de no convertir esas heridas en el lugar desde el que construimos la vida compartida.

Porque una pareja no se sostiene únicamente por lo mucho que dos personas se quieren. Se sostiene, sobre todo, por la capacidad que ambos desarrollan para seguir siendo un refugio cuando la vida, el cansancio, los miedos o las diferencias amenazan con alejarlos.

Quizá, después de tantos años escuchando historias de amor, esa sea la pregunta más importante que una pareja puede hacerse de vez en cuando. No si todavía se aman. Sino si, cuando el otro llega cansado de la vida, sigue sintiendo que puede descansar en nuestra presencia. Porque, al final, el amor no encuentra su expresión más profunda cuando todo va bien. La encuentra cuando alguien puede volver a un abrazo y sentir que, por fin, ya no necesita defenderse.

 

 

La crisis del encuentro en las relaciones actuales

Hoy día, vivimos una época en la que las relaciones parecen más frágiles que nunca. Basta con mirar a nuestro alrededor para comprobar la cantidad de parejas que se rompen, el aumento de los conflictos, la dificultad para sostener el compromiso o la sensación de soledad que muchas personas experimentan incluso estando acompañadas.

Sin embargo, me resisto a pensar que hayamos dejado de amar. Creo que seguimos teniendo la misma necesidad de ser vistos, comprendidos y elegidos que ha acompañado al ser humano desde siempre. Lo que ocurre es que hemos aprendido a protegernos mejor que a encontrarnos. Nos han enseñado a defender nuestra libertad, pero no siempre a ponerla al servicio del vínculo; a expresar lo que necesitamos, pero no a escuchar lo que el otro necesita; a marcharnos cuando el sufrimiento aparece, pero pocas veces a comprender qué intenta decirnos ese sufrimiento sobre nosotros mismos y sobre la relación.

Quizá por eso no estamos viviendo una crisis del amor. Estamos viviendo, sobre todo, una crisis del encuentro. Hemos olvidado que una relación no se sostiene únicamente por la intensidad con la que comenzó, sino por la profundidad con la que dos personas son capaces de seguir eligiéndose cuando el enamoramiento deja paso a la realidad cotidiana. Y esa es una buena noticia. Porque aquello que se ha aprendido también puede desaprenderse, y aquello que se ha descuidado siempre puede volver a cultivarse cuando existe el deseo sincero de reencontrarse.

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Volver a mirarse después de la distancia

Es precisamente ahí donde nace mi esperanza, que después de tantos años acompañando a personas en sus historias de amor y de dolor, sigo creyendo profundamente en las relaciones. No porque piense que existan parejas perfectas. Nunca las he conocido. Tampoco porque crea que el amor, por sí solo, resuelva todos los conflictos. No lo hace.

Sigo creyendo en las relaciones porque he visto algo mucho más esperanzador. He visto a personas que, después de años de distancia, han aprendido a volver a mirarse. He visto abrazos capaces de reparar palabras que parecían irreparables. He visto a hombres y mujeres descubrir que el problema nunca fue dejar de quererse, sino haber olvidado cómo encontrarse de nuevo.

Porque el amor tiene una cualidad extraordinaria: cuando es auténtico, siempre nos invita a crecer. Nos obliga a salir del orgullo para acercarnos a la vulnerabilidad. Nos enseña que comprender suele transformar mucho más que tener razón. Y nos recuerda que cuidar un vínculo no consiste en esperar a que el otro cambie, sino en preguntarnos cada día qué necesita ese espacio invisible que estamos construyendo entre los dos.

Quizá esa sea la verdadera madurez del amor. Descubrir que la persona que tenemos delante no ha llegado a nuestra vida para llenar nuestros vacíos, sino para caminar a nuestro lado mientras cada uno aprende, con humildad y valentía, a habitar los propios.

La madurez del amor

Entonces ocurre algo hermoso. La relación deja de ser un lugar donde exigir y empieza a convertirse en un lugar donde ofrecer. Ya no preguntamos continuamente: “¿Me sigues queriendo?”. Comenzamos a preguntarnos: “¿Cómo puedo hacer que hoy te sientas querido?”. Y ese pequeño cambio de perspectiva tiene la fuerza de transformar una historia.

Porque el amor nunca renace a través de los grandes gestos. Renace en la forma en que volvemos a mirarnos. En la delicadeza con la que pronunciamos el nombre del otro. En la capacidad de pedir perdón sin humillarnos y de perdonar sin sentir que perdemos. Renace cuando volvemos a elegir el encuentro por encima del miedo.

Tal vez amar no consista en encontrar a alguien con quien nunca volveremos a sufrir. Quizá eso sea solo una fantasía. Amar consiste en encontrar a alguien con quien merezca la pena aprender a vivir de una manera más humana.

Y cuando dos personas se atreven a recorrer ese camino, sucede algo que va mucho más allá de la propia relación.

No solo cambia la pareja, cambia la forma de mirar la vida. Porque quien ha aprendido a amar de verdad deja de preguntarse cuánto puede recibir del otro y empieza a descubrir la inmensa libertad que existe en poder ofrecerse sin dejar de ser uno mismo.

Y quizá esa sea la mayor esperanza que conozco. Que el Amor, cuando deja de ser una necesidad y se convierte en una manera de habitar el mundo, siempre encuentra el camino para volver a unir aquello que el miedo había separado.

Por eso en mi libro “El Arte de A~Mar” no se termina diciendo «luchad por vuestra relación», sino proponiendo una comprensión más profunda: el Amor no es solo aquello que salva una pareja; es aquello que transforma a las personas y, desde ahí, hacer posible que el encuentro vuelva a nacer en nuestros corazones.

 

Un artículo de Juande Serrano

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