En estos días, España recibe la visita apostólica del Papa León XIV. Como ocurre siempre que una figura de esta dimensión pisa una tierra concreta, más allá de los actos protocolarios, las multitudes, los discursos institucionales o las lecturas políticas, emerge una pregunta más profunda: ¿qué nos está diciendo realmente?
Porque los grandes mensajes nunca hablan únicamente de religión. Hablan de la condición humana.
Y quizá eso es precisamente lo que más ha llamado la atención de este viaje. El Papa no ha venido a ofrecer soluciones mágicas ni a pronunciar discursos triunfalistas. No ha venido a señalar enemigos. No ha venido a dividir el mundo entre buenos y malos. Más bien ha insistido una y otra vez en algo que parece sencillo, pero que resulta extraordinariamente difícil de vivir: la necesidad del encuentro, del diálogo, de la escucha y de la reconciliación.
En una época marcada por la polarización, por la rapidez de los juicios y por la necesidad compulsiva de tener razón, su voz ha sonado como una invitación a recuperar algo esencialmente humano: la capacidad de mirar al otro sin convertirlo inmediatamente en adversario.
Y tal vez por eso su mensaje trasciende cualquier creencia religiosa. Porque todos, creyentes o no, habitamos la misma fragilidad. Todos experimentamos la misma incertidumbre. Todos buscamos, de una forma u otra, un lugar donde sentirnos reconocidos.
Durante estos días, León XIV ha insistido en la necesidad de abandonar las narrativas divisivas y polarizantes para abrirnos a la complejidad de la realidad. Ha defendido la cultura del encuentro frente a la cultura del enfrentamiento.Ha recordado que la prosperidad auténtica de los pueblos no nace del conflicto permanente, sino de la capacidad de construir puentes.
Escuchándolo, resulta inevitable pensar que el gran problema de nuestro tiempo no es tecnológico, económico ni siquiera político. El gran problema de nuestro tiempo es relacional.
Vivimos hiperconectados y, sin embargo, profundamente desconectados. Sabemos lo que ocurre al otro lado del planeta en cuestión de segundos, pero muchas veces ignoramos el sufrimiento que habita detrás de la puerta de al lado. Tenemos más medios para comunicarnos que nunca, pero cada vez nos cuesta más dialogar. Hemos aprendido a responder, pero estamos olvidando escuchar.
Quizá por eso el Papa ha puesto tanto énfasis en la escucha como acto transformador. Porque escuchar no es simplemente oír. Escuchar es hacer espacio. Es permitir que exista una realidad distinta de la nuestra. Es aceptar que no poseemos toda la verdad. Y eso requiere humildad. Una virtud poco popular en una época que premia la exhibición permanente.
También ha resultado significativo su mensaje dirigido a los jóvenes, a quienes invitó a buscar la verdad más allá de las apariencias y de los engaños que muchas veces circulan en las redes sociales. Les pidió convertirse en «chispa de una humanidad nueva» frente a la indiferencia, la mentira y la violencia.
No deja de ser llamativo. Vivimos en una cultura obsesionada con la imagen. Una cultura que ha confundido visibilidad con valor. Presencia digital con presencia humana. Información con sabiduría.

Pero el ser humano sigue teniendo hambre de verdad. Sigue necesitando significado. Sigue anhelando pertenecer a algo que trascienda la inmediatez.
Desde una mirada psicoterapéutica, podríamos decir que gran parte del sufrimiento contemporáneo nace precisamente de la pérdida de sentido. Cuando una persona deja de saber para qué vive, cualquier dificultad se vuelve insoportable. Cuando una sociedad pierde su horizonte ético y espiritual, aparecen la ansiedad colectiva, la desorientación y el miedo. Y el miedo siempre busca culpables.
Por eso los tiempos de incertidumbre suelen producir polarización. Resulta más fácil señalar al otro que mirarse a uno mismo. Más cómodo acusar que transformarse. Más sencillo exigir cambios externos que asumir la responsabilidad interna.
Sin embargo, aquí aparece una de las intuiciones más profundas que atraviesan tanto la tradición espiritual como la psicología humanista y transpersonal: el mundo exterior siempre refleja, en alguna medida, el estado de nuestra consciencia colectiva. No existe una sociedad sana formada por individuos emocionalmente enfermos. No existe paz social sin paz interior. No existe reconciliación colectiva sin reconciliación personal.
Por eso, mientras escuchaba algunas de las intervenciones de estos días, me encontré con la gran alocución de Antonio Banderas recordándonos la frase inmortal de San Agustín:
«Decís vosotros que los tiempos son malos.
Sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores.
Vosotros sois el tiempo.»
Pocas frases resumen con tanta claridad el desafío de nuestra época. Nos hemos acostumbrado a hablar de «los tiempos». Los tiempos son difíciles. Los tiempos son peligrosos. Los tiempos están cambiando.
Pero olvidamos algo esencial. Los tiempos no son una fuerza abstracta que existe fuera de nosotros. Los tiempos están hechos de nuestras decisiones. De nuestras palabras. De nuestros silencios. De nuestras formas de amar. De nuestras maneras de relacionarnos. De la calidad de nuestra presencia.
Nosotros somos el tiempo.
Cada vez que elegimos comprender en lugar de atacar.
Cada vez que preferimos dialogar antes que humillar.
Cada vez que transformamos una herida en aprendizaje.
Cada vez que dejamos de reproducir el odio que hemos recibido.
Estamos modificando el tiempo.
Estamos participando en la creación de una realidad distinta.
Quizá ese sea, en el fondo, el corazón del mensaje que León XIV ha querido traer a España. No una doctrina. No una ideología. No una estrategia política. Sino una llamada a recuperar nuestra humanidad compartida. A recordar que ninguna sociedad puede sostenerse únicamente sobre intereses. Que la convivencia necesita vínculos. Que la libertad necesita responsabilidad. Que el progreso necesita consciencia. Y que la dignidad humana debe situarse siempre por encima de cualquier sistema económico, cultural o político.

También resulta relevante que el Papa haya reconocido que la Iglesia es consciente de sus aciertos y de sus errores, insistiendo en la importancia del diálogo y en la necesidad de afrontar las heridas que siguen abiertas, especialmente las relacionadas con los abusos.
Porque la verdadera autoridad nunca nace de la perfección. Nace de la capacidad de reconocer las propias sombras. De la valentía para mirar aquello que duele, la vulnerabilidad que nos vertebra como seres interdependientes. De la disposición a colaborar y reparar en lo que nos daña.
Y eso es igualmente válido para las personas, para las instituciones y para los pueblos. Todos tenemos luces. Todos tenemos heridas. Todos tenemos una historia que necesita ser integrada.
Quizá la madurez colectiva consista precisamente en eso: dejar de buscar héroes impecables o enemigos absolutos para empezar a construir espacios donde la verdad y la compasión puedan coexistir.
Al final, cuando las cámaras se apaguen y los titulares desaparezcan, permanecerá únicamente aquello que cada uno haya sido capaz de escuchar en silencio.
Porque los grandes viajes no transforman países. Transforman consciencias. Y toda transformación verdadera comienza cuando dejamos de preguntarnos qué deberían hacer los demás y empezamos a preguntarnos qué parte de nosotros está llamada a crecer.
Quizá el mensaje más valioso de estos días sea recordar que el futuro no depende exclusivamente de los gobiernos, de las instituciones o de los líderes. Depende también de cada conversación que mantenemos. De cada gesto de respeto. De cada acto de amor. De cada ser humano que decide convertirse en puente en lugar de muro.
Porque, como comprendió San Agustín hace más de mil seiscientos años, el tiempo no sucede fuera de nosotros. Nosotros somos el tiempo. Y el mundo que mañana habitaremos está naciendo ahora mismo en la profundidad de nuestra consciencia.

Un artículo de Juande Serrano









