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España en la final del Mundial: el lunes seguiremos teniendo la misma vida

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España en la final del Mundial: el lunes seguiremos teniendo la misma vida

España está en la final del Mundial y durante unos días parece que todo lo demás puede esperar. Nos vestimos con la camiseta de la selección, cambiamos planes, organizamos reuniones y hablamos con desconocidos como si nos conociéramos de toda la vida. Nos unimos por un objetivo común. Sin embargo, cuando termine el partido, nuestras vidas seguirán esperándonos exactamente donde las dejamos.

Y esta última reflexión suele pasar desapercibida cuando ponemos toda nuestra atención en noventa minutos de partido y vivimos frente a una pantalla como si en el campo se jugara también nuestra propia vida. Ya lo advirtió Juvenal hace siglos: pan y circo. Una fórmula perfecta para apartar durante unas horas nuestras frustraciones y proyectar nuestros anhelos.

Y sí, aunque resulte incómodo, tu vida y la mía no van a cambiar, gane o pierda España. El lunes por la mañana todo seguirá en su sitio. Quizá las conversaciones giren alrededor del resultado, de las jugadas y de los protagonistas, pero nada verdaderamente importante será distinto.

España en la final del Mundial y la necesidad de sentirnos parte de algo

El fútbol tiene la capacidad de crear en pocas horas lo que muchas veces no conseguimos construir durante años: un sentimiento de pertenencia.

Mecano cantaba en Un año más que los españoles conseguimos, al menos una vez, hacer algo a la vez. El fútbol lleva esa sensación todavía más lejos.

Durante el partido desaparecen, al menos aparentemente, las diferencias. No importa demasiado la edad, la profesión, el barrio en el que vivimos o la ideología que defendemos. Todos celebramos el mismo gol, discutimos la misma decisión arbitral y contenemos la respiración ante la misma jugada.

Durante noventa minutos dejamos de ser únicamente individuos. Somos un grupo. Sentimos una identidad de país que, durante el resto del tiempo, parece diluirse, incluso cuando se toman decisiones que sí afectan directamente a nuestras vidas.

Formar parte de un grupo reconforta porque diluye temporalmente la carga individual. Durante unas horas dejamos de sostener solos nuestra propia historia.

Ya no estamos pensando en la factura pendiente, en la llamada que no llega, en la relación que no funciona o en esa decisión que llevamos meses posponiendo.

La atención se concentra en algo externo, intenso y compartido.

Quizá por eso nos volcamos tanto en estos acontecimientos y permitimos que ocupen durante días casi toda nuestra atención. Nos permiten anestesiarnos, descansar de nosotros mismos.

 

 

La emoción colectiva también puede ser una forma de evasión

No hay nada malo en celebrar. Tampoco en ilusionarse, reunirse con amigos o sentir orgullo por un equipo que representa a todo un país.

El problema aparece cuando confundimos una emoción intensa con una transformación real.

Podemos gritar hasta quedarnos sin voz. Podemos abrazar a quien tenemos al lado. Podemos sentir durante unas horas que todo es posible. Pero esa euforia no resolverá por sí sola ninguno de nuestros conflictos.

Al día siguiente seguiremos teniendo la misma relación con el dinero, con el trabajo, con nuestra pareja y con nosotros mismos.

La victoria de la selección no hará que pongamos límites donde no los ponemos. No hará que abandonemos el empleo que nos apaga. No nos dará el valor para mantener esa conversación pendiente. Tampoco cambiará los hábitos que sabemos que nos hacen daño.

Y una derrota tampoco debería arrebatarnos algo esencial.

El resultado pertenece al terreno de juego. Nuestra vida se disputa en otro lugar.

Imagen: RTVE

Nos volcamos con once jugadores, pero no siempre con nuestros propios sueños

Resulta curioso observar la energía que somos capaces de entregar cuando sentimos que existe una meta compartida.

Animamos incluso cuando el partido se complica. Confiamos hasta el último minuto. Defendemos a los jugadores cuando cometen un error. Creemos en la remontada. Decimos que todavía queda tiempo.

Sin embargo, no siempre nos tratamos con la misma paciencia.

Cuando nosotros fallamos, nos castigamos. Si algo tarda más de lo previsto, pensamos que no va a suceder. Si encontramos dificultades, interpretamos que quizá no estamos preparados.

A la selección le concedemos noventa minutos, una prórroga y hasta una tanda de penaltis.

A nosotros, en ocasiones, no nos concedemos ni una segunda oportunidad.

Tal vez la final del Mundial pueda servirnos para observar esa contradicción. Somos capaces de sostener la fe en personas a las que no conocemos, pero nos cuesta mantenerla cuando se trata de nuestro propio proceso.

El rival no siempre está fuera

En el deporte necesitamos identificar con claridad a dos partes: nosotros y ellos. Nuestra selección y el rival. Ganadores y perdedores. La vida adulta es bastante más compleja.

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Muchas veces, el verdadero obstáculo no está fuera. Está en las creencias que repetimos, en los miedos que evitamos mirar y en las decisiones que no tomamos.

No siempre hay un contrario al que responsabilizar. No siempre existe un árbitro al que culpar. Tampoco podemos esperar que alguien llegue desde fuera y cambie el resultado.

Crecer implica dejar de vivir como espectadores de nuestra propia historia.

Implica asumir que podemos haber recibido circunstancias que no elegimos, pero que sí tenemos cierta responsabilidad sobre lo que hacemos con ellas.

No controlamos todos los acontecimientos. Sí podemos trabajar nuestra respuesta ante ellos.

 

 

Qué quedará cuando se apaguen las pantallas

Durante la final volveremos a comprobar el poder de la emoción colectiva. Las calles estarán más vacías. Las terrazas, los hogares y los espacios públicos se llenarán de personas mirando en la misma dirección.

Necesitamos momentos que nos unan. Necesitamos celebrar juntos, recuperar cierta inocencia y recordar que todavía somos capaces de emocionarnos por algo compartido. Pero quizá podamos hacer algo más con esa energía.

Podemos preguntarnos qué parte de nosotros aparece durante el partido. La que confía. La que anima. La que no se rinde. La que cree que un minuto puede cambiarlo todo. Esa parte también existe fuera del fútbol. No pertenece a la selección. Es nuestra.

La verdadera transformación empieza después de la final

Gane o pierda España, el lunes sonará el despertador. Volverán los correos, las obligaciones, las conversaciones pendientes y las pequeñas preocupaciones que la final consiguió silenciar durante unas horas. La diferencia estará en lo que hagamos nosotros.

Podemos regresar exactamente al mismo lugar emocional o aprovechar lo vivido para mirarnos de otra manera. Llevar a nuestros proyectos una parte de la ilusión que depositamos en el fútbol. Apoyar a las personas cercanas con el entusiasmo con el que animamos a los jugadores. Confiar en nuestros procesos aunque el resultado no llegue de inmediato.

Y, sobre todo, dejar de esperar que una victoria exterior transforme lo que solo puede cambiarse desde dentro. La selección puede ganar un Mundial. Nuestra vida, en cambio, no se gana en una noche. Se construye cada día, cuando nadie nos está mirando, no hay himnos, no hay gradas y no existe un marcador que nos diga si vamos por delante. Ahí comienza nuestro verdadero partido.

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