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«Cuando ya no queremos que nos deseen: queremos que nos amen» por Juande Serrano

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«Cuando ya no queremos que nos deseen: queremos que nos amen» por Juande Serrano

Hay una transformación silenciosa que suele ocurrir en algún momento de la vida y que pocas veces se menciona porque no sucede de forma abrupta ni viene acompañada de grandes acontecimientos. Se parece más al cambio de las estaciones que a una revolución. Un día, casi sin darnos cuenta, comenzamos a mirar el amor de una manera distinta. Lo que antes nos parecía imprescindible pierde parte de su brillo y aquello que apenas valorábamos empieza a revelarse como algo profundamente necesario.

Del deseo al amor: una transformación silenciosa

Durante mucho tiempo, muchos de nosotros hemos vivido buscando ser deseados. Hemos querido sentirnos atractivos, especiales, elegidos. Nos ha gustado comprobar que alguien nos miraba con interés, que despertábamos fantasías, que éramos capaces de provocar admiración o despertar pasión. En cierta medida, es algo completamente natural. La atracción forma parte de nuestra biología y de nuestra historia evolutiva. Sentirnos deseados activa circuitos cerebrales relacionados con la recompensa, fortalece la autoestima y alimenta esa necesidad tan humana de sentir que ocupamos un lugar significativo en la mirada de los demás.

Sin embargo, la vida tiene una forma muy particular de enseñarnos aquello que no podemos aprender en los libros. Con el tiempo descubrimos una verdad que suele resultar incómoda al principio, pero profundamente liberadora después: ser deseado no es lo mismo que ser amado.

Y aunque la diferencia parece sencilla, comprenderla de verdad puede cambiar por completo la manera en que vivimos nuestras relaciones.

 

 

Ser deseado no es lo mismo que ser amado

El deseo posee una fuerza extraordinaria. Puede aparecer de forma repentina, atravesarnos como una descarga eléctrica y hacernos sentir intensamente vivos. Tiene algo de instinto, algo de misterio y algo de proyección. Muchas veces no se dirige tanto a la persona real que tenemos delante como a la imagen que construimos sobre ella. El deseo puede enamorarse de una idea, de una fantasía o de una promesa. Puede sentirse fascinado por aquello que imagina mucho antes de conocer aquello que realmente existe.

El Amor, en cambio, sigue un camino diferente. No nace de la distancia sino de la cercanía. No se alimenta del misterio sino del descubrimiento. No necesita imaginar quién es el otro porque está dispuesto a conocerlo. Mientras el deseo suele sentirse atraído por lo que desconoce, el Amor permanece cuando el velo cae y aparece la realidad completa de la persona.

Por eso la sexología contemporánea distingue claramente entre ambos fenómenos. El deseo suele crecer en los territorios de la novedad, la incertidumbre y la excitación. El amor encuentra sus raíces en la confianza, la vulnerabilidad y la seguridad emocional. Ninguno es mejor que el otro. Ambos son necesarios. El problema aparece cuando confundimos sus lenguajes y esperamos que uno nos entregue aquello que solamente puede ofrecernos el otro.

Intimidad emocional: cuando el deseo no basta

Quizá por eso muchas personas terminan sintiéndose extrañamente vacías después de haber conseguido exactamente aquello que creían necesitar. Han sido deseadas, admiradas e incluso idealizadas, pero siguen sintiendo que algo esencial no ha sido tocado. Como si alguien hubiera recorrido la superficie de su cuerpo sin llegar nunca al centro de su ser.

La vida acaba enseñándonos que existen personas capaces de quitarnos la ropa sin haber visto jamás nuestra alma.Y también existen personas capaces de sostener nuestras heridas con una delicadeza infinita antes siquiera de rozar nuestra piel.

Es entonces cuando comienza una transformación profunda en nuestra forma de entender la intimidad.

Con los años dejamos de impresionarnos tanto por la intensidad como por la profundidad. Descubrimos que no siempre aquello que arde con más fuerza es lo que más calor aporta. Dejamos de sentirnos fascinados por quienes aparecen con promesas grandiosas y empezamos a valorar a quienes saben permanecer. Nos conmueve quien escucha cuando no sabemos explicar lo que nos ocurre, quien permanece cerca cuando atravesamos nuestros momentos más oscuros y quien es capaz de mirar nuestras contradicciones sin convertirlas en una condena.

 

 

Madurez afectiva y seguridad emocional

La psicología del apego explica muy bien este proceso. A medida que maduramos emocionalmente, nuestras necesidades afectivas evolucionan. La excitación continúa siendo importante, pero deja de ser suficiente. Poco a poco emerge una necesidad más profunda: sentir que nuestra existencia importa para alguien, que hay un lugar seguro donde podemos descansar emocionalmente sin necesidad de estar demostrando constantemente nuestro valor.

Porque el ser humano no busca únicamente placer. Busca vínculo. No busca solamente experiencias intensas. Busca significado. No anhela únicamente contacto físico. Anhela pertenencia.

Y es precisamente en este punto donde muchas personas comienzan a comprender algo que transforma radicalmente su manera de vivir la sexualidad. Descubren que los encuentros más profundos no siempre son los más apasionados ni los más espectaculares. A veces son los más presentes. Los más conscientes. Aquellos en los que dos personas dejan de actuar para empezar a encontrarse.

La investigación sexológica lleva décadas mostrando que la satisfacción sexual sostenida en el tiempo depende mucho menos de la frecuencia de los encuentros que de la calidad emocional del vínculo que los contiene. La confianza, la comunicación auténtica, la intimidad emocional y la seguridad afectiva son algunos de los factores que mejor predicen una vida sexual plena. Dicho de otro modo: cuando el amor madura, la sexualidad deja de ser únicamente una experiencia corporal y se convierte también en una experiencia relacional.

Deseo, amor y sexualidad consciente

Quizá por eso llega una edad en la que el cuerpo sigue necesitando caricias, pero el alma comienza a pedir algo más. No porque el deseo desaparezca, sino porque ya no quiere caminar solo. Quiere estar acompañado de ternura, de verdad y de presencia. Quiere descansar de la necesidad constante de demostrar que sigue siendo atractivo, válido o suficiente. Quiere poder mostrarse vulnerable sin miedo a ser rechazado. Y esta desnudez emocional suele ser mucho más difícil que la desnudez física.

Tal vez por eso existen tantas personas que se sienten solas dentro de relaciones aparentemente apasionadas. Porque dos cuerpos pueden encontrarse sin que dos almas lleguen realmente a tocarse. Porque la técnica puede sustituir a la presencia. Porque incluso un orgasmo puede dejar una sensación de vacío cuando no está sostenido por una conexión auténtica.

El cuerpo puede ser tocado sin ser visto. Puede ser deseado sin ser comprendido. Puede ser admirado sin ser amado. Y cuando uno ha vivido lo suficiente, aprende a reconocer la diferencia.

Aprende que la verdadera intimidad no consiste únicamente en compartir una cama, sino en compartir la vulnerabilidad. Comprende que el encuentro más profundo no ocurre cuando alguien descubre nuestro cuerpo, sino cuando encuentra aquello que hemos pasado años escondiendo por miedo a no ser aceptados.

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Cuando el amor sostiene el deseo

Es entonces cuando aparece una nueva forma de deseo. Un deseo más sereno, más consciente y paradójicamente más profundo. Un deseo que ya no nace de la necesidad de llenar vacíos ni de calmar soledades. Un deseo que surge de la confianza que existe entre dos personas que se conocen de verdad. Un deseo que no exige máscaras porque se siente seguro en la autenticidad. Un deseo que puede descansar en el otro porque sabe que detrás de cada abrazo existe algo más grande que la atracción: existe Amor.

Y quizá esa sea una de las grandes evoluciones de la madurez afectiva. Descubrir que la sexualidad más transformadora no ocurre cuando alguien nos desea desesperadamente, sino cuando alguien nos conoce profundamente. Cuando alguien contempla nuestras cicatrices, nuestros miedos, nuestras contradicciones y nuestras fragilidades, y aun así decide quedarse.

Porque en ese instante el encuentro deja de ser solamente corporal y se convierte en una experiencia de reconocimiento. Una forma silenciosa de decir: “Veo también aquello que escondes y no necesito que seas diferente para amarte”.

Amar más allá de la atracción

Tal vez por eso llega un momento en la vida en el que ya no necesitamos sentirnos irresistibles. Lo que verdaderamente anhelamos es sentirnos comprendidos. Ya no necesitamos ser conquistados. Necesitamos ser encontrados. Ya no necesitamos que nos hagan el amor porque nos desean. Necesitamos que nos hagan el amor porque nos aman.

Porque cuando el deseo es la única raíz de una relación, cualquier cambio en el cuerpo o en las circunstancias puede amenazarla. Pero cuando el amor sostiene el deseo, el paso del tiempo deja de ser un enemigo para convertirse en una forma distinta de belleza. Entonces cada arruga cuenta una historia compartida, cada cicatriz recuerda una batalla atravesada juntos y cada encuentro íntimo se transforma en una celebración de la presencia.

Dos seres humanos que ya no necesitan impresionarse mutuamente. Dos almas que han dejado de esconderse. Dos corazones que han descubierto que el verdadero erotismo no consiste únicamente en despertar el cuerpo del otro, sino en ayudarle a sentirse profundamente vivo.

Y cuando eso sucede, cuando el deseo deja de ser una búsqueda y se convierte en una expresión del Amor, la sexualidad trasciende el placer para convertirse en algo mucho más sagrado y profundamente humano: una manera de A~Mar.

 

Un artículo de Juande Serrano

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