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«Por qué cuesta comprometerse en pareja cuando nunca fue tan fácil conocer gente» por Juande Serrano

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«Por qué cuesta comprometerse en pareja cuando nunca fue tan fácil conocer gente» por Juande Serrano

Hay una pregunta que aparece cada vez con más frecuencia en la consulta y que, sin embargo, pocas personas formulan con esas palabras. No suele decirse en voz alta porque incluso produce cierto pudor. Se esconde detrás de frases como «ya no siento lo mismo», «no sé si esta es la persona adecuada» o «tengo miedo de conformarme». Pero, si uno escucha con atención, descubre que debajo de todas ellas late la misma inquietud: ¿Y si existe alguien mejor?

Vivimos en una época que nunca había ofrecido tantas posibilidades para conocer personas. Paradójicamente, también es una de las épocas en las que más cuesta sostener un vínculo, comprometerse con una elección y encontrar serenidad dentro de una relación.

Resulta curioso. Durante mucho tiempo pensamos que el problema era la falta de oportunidades. Creíamos que muchas personas permanecían solas porque apenas conocían gente nueva. Sin embargo, hoy sucede casi lo contrario. Nunca habíamos tenido tantas oportunidades para cruzarnos con otras personas y, aun así, la sensación de incertidumbre parece haberse instalado en el corazón de muchas relaciones.

Quizá el problema no sea la ausencia de personas interesantes. Estoy convencido de que las hay, y muchas. Quizá el verdadero problema sea que nuestro cerebro nunca estuvo preparado para convivir con semejante exceso de opciones.

 

 

La paradoja de la elección en las relaciones de pareja

Existe un concepto muy conocido en psicología llamado la paradoja de la elección, desarrollado y popularizado por el psicólogo Barry Schwartz. Sus investigaciones llegaron a una conclusión que, a primera vista, parece desafiar el sentido común: cuando aumentan las opciones, nuestra satisfacción no suele crecer; con frecuencia disminuye. La lógica nos dice exactamente lo contrario. Si tenemos más posibilidades, deberíamos sentirnos más libres y tomar mejores decisiones. Pero la experiencia demuestra que no siempre ocurre así.

Imagina que entras en una pequeña tienda para comprar una botella de vino. Delante de ti hay tres opciones. Las observas unos segundos, preguntas alguna recomendación y eliges una. Sales satisfecho.

Ahora imagina que entras en otra tienda donde hay cincuenta botellas diferentes. De pronto aparecen preguntas que antes no existían. Comparas etiquetas, precios, regiones, variedades, puntuaciones, opiniones… Después de varios minutos consigues decidirte. Sin embargo, mientras caminas hacia casa, una parte de tu mente continúa preguntándose si aquella otra botella que dejaste en la estantería habría sido mejor. Lo curioso es que el problema ya no consiste únicamente en elegir. El problema es convivir con todas las posibilidades que rechazamos al hacerlo. Eso mismo está ocurriendo en nuestras relaciones.

Durante la mayor parte de la historia, las personas conocían a quienes compartían su entorno. El trabajo, el barrio, la universidad, la familia o los amigos actuaban como espacios naturales de encuentro. El universo afectivo era amplio, pero también tenía límites. Hoy basta con deslizar un dedo sobre una pantalla para encontrarnos con cientos o miles de perfiles. Personas atractivas, interesantes, aparentemente disponibles y cuidadosamente seleccionadas para mostrar su mejor versión. Las aplicaciones de citas y las redes sociales han ampliado enormemente nuestras posibilidades de conocernos. Sería injusto negar que muchas parejas felices han nacido gracias a ellas. El problema nunca ha sido la tecnología. El problema aparece cuando esa tecnología comienza a modificar nuestra manera de relacionarnos con la realidad.

Aplicaciones de citas, comparación constante y miedo al compromiso

Porque nuestro cerebro sigue siendo prácticamente el mismo que hace miles de años. La evolución biológica no avanza al ritmo de la evolución tecnológica. Hemos aprendido a utilizar teléfonos inteligentes, pero seguimos sintiendo con un sistema nervioso diseñado para un mundo infinitamente más sencillo. Nuestro cerebro no evolucionó para evaluar miles de posibles parejas. No evolucionó para comparar constantemente. No evolucionó para vivir con la sensación permanente de que la siguiente opción podría superar a la anterior.

Y cuando la mente queda atrapada en esa dinámica, comienza a instalarse una forma de insatisfacción muy difícil de reconocer. Ya no miramos tanto a la persona que tenemos delante. Miramos, sobre todo, a todas las personas que todavía podrían aparecer. Es una diferencia enorme. Porque el amor necesita presencia, mientras que la comparación vive siempre en el futuro. Quien compara constantemente nunca termina de habitar el presente. Siempre hay una posibilidad pendiente de explorar, una conversación que podría empezar, alguien aparentemente más compatible, más atractivo, más divertido, más exitoso o más emocionante.

Y esa expectativa termina produciendo un fenómeno muy curioso. Cada pequeña dificultad dentro de una relación deja de interpretarse como una oportunidad para crecer juntos y empieza a convertirse en una prueba de que quizá elegimos mal. Las diferencias dejan de ser parte del camino compartido para convertirse en argumentos que justifican seguir buscando.

Sin darnos cuenta, comenzamos a tratar a las personas como si fueran productos. Si algo no funciona perfectamente, lo sustituimos. Si aparecen defectos, pensamos que quizá exista una versión mejor. Si surge el conflicto, suponemos que la relación correcta no debería requerir tanto esfuerzo.

 

La diferencia entre encontrar pareja y construir una relación

Pero el amor nunca ha funcionado así. Las personas no llegan terminadas. Ninguna relación viene acabada de fábrica. No existe una compatibilidad absoluta esperando ser encontrada. Existe algo mucho más profundo y mucho menos espectacular: dos seres humanos imperfectos aprendiendo, poco a poco, a construir una vida compartida.

Quizá hemos confundido encontrar con construir. Esperamos que la relación adecuada aparezca completamente hecha, cuando en realidad las grandes relaciones se van haciendo mientras caminan. Eso explica por qué tantas personas abandonan vínculos que podrían haber florecido. No porque faltara amor. No porque existiera incompatibilidad. Sino porque la imaginación les hacía creer que, en algún lugar, debía de existir alguien con quien todo resultaría mucho más fácil.

Sin embargo, la experiencia clínica enseña una verdad profundamente humana. Todas las relaciones encuentran momentos difíciles, todas atraviesan desencuentros. todas conocen el cansancio, las diferencias, las heridas y las decepciones. Lo que distingue a unas de otras no es la ausencia de problemas, es la decisión de permanecer presentes cuando los problemas aparecen.

El enamoramiento tiene fecha de caducidad

Hay una frase que escucho con frecuencia: “Quiero sentir las mismas emociones del principio”. Siempre me pregunto si realmente comprendemos lo que estamos pidiendo. Porque el enamoramiento tiene fecha de caducidad. Está diseñado para iniciar el vínculo, no para sostenerlo durante toda la vida.

Después llega algo mucho más silencioso y, precisamente por eso, mucho más valioso. Llega el conocimiento profundo, llega la confianza, llega esa extraña sensación de sentirse en casa cuando el otro está cerca, llega la tranquilidad de no tener que demostrar constantemente quién eres. Y, sobre todo, llega la posibilidad de amar también aquello que no habías imaginado.

Porque solo conocemos verdaderamente a una persona cuando desaparecen las idealizaciones. Mientras tanto, únicamente conocemos una versión parcial de ella. Las relaciones profundas no nacen cuando encontramos a alguien perfecto, nacen cuando descubrimos que la otra persona es profundamente imperfecta… y aun así decidimos seguir caminando a su lado.

Comprometerse no significa aceptar una relación que hace daño

Eso no significa aceptar cualquier cosa. No significa permanecer donde existe maltrato, manipulación o ausencia de respeto. Hay relaciones que deben terminar porque cuidar de uno mismo también forma parte del amor.

Pero es importante distinguir entre una relación que hace daño y una relación que simplemente ha dejado de producir la intensidad constante que nuestra cultura parece exigir.

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Vivimos rodeados de mensajes que glorifican la novedad: un teléfono nuevo, un coche nuevo, una experiencia nueva, un destino nuevo, etc. Y, poco a poco, esa misma lógica de consumo ha comenzado a infiltrarse en los vínculos humanos. Como si las personas también pudieran actualizarse cuando dejan de sorprendernos.

El amor pertenece al mundo del cuidado

Pero el amor no pertenece al mundo del consumo. Pertenece al mundo del cuidado. Y cuidar exige algo que resulta profundamente incómodo para nuestra época: permanecer. Permanecer no significa resignarse, significa quedarse el tiempo suficiente para conocer aquello que solo aparece cuando dejamos de correr.

Porque hay aspectos del otro que únicamente se revelan con los años. La ternura con la que sostiene tu mano cuando tienes miedo. La forma en que aprende tus silencios. La complicidad que nace después de atravesar juntos momentos difíciles. La capacidad de mirarse sin necesidad de explicarlo todo. Nada de eso puede encontrarse deslizando perfiles durante unos segundos. Eso solo aparece cuando dejamos de vivir buscando constantemente la siguiente posibilidad.

Quizá por eso las relaciones más sólidas no suelen construirse sobre la emoción permanente. Se construyen sobre una elección que se renueva una y otra vez. No porque cada día sea fácil, sino porque cada día merece la pena.

Qué significa comprometerse de verdad con una persona

En el fondo, el verdadero compromiso no consiste en prometer que nunca aparecerán personas interesantes. Claro que aparecerán. Siempre aparecerán personas inteligentes, atractivas, sensibles o compatibles. El compromiso consiste en decidir que ninguna posibilidad futura tendrá más valor que el vínculo que estamos construyendo conscientemente en el presente.

Es una decisión profundamente humana. Y profundamente liberadora. Porque, curiosamente, cuando dejamos de perseguir la perfección, empezamos a disfrutar de la realidad. Cuando dejamos de buscar constantemente algo mejor, comenzamos a descubrir la inmensa riqueza de aquello que ya tenemos delante.

Quizá esa sea una de las grandes paradojas del amor. Mientras buscamos a la persona perfecta, dejamos escapar personas extraordinarias. Mientras perseguimos una fantasía, dejamos de contemplar el milagro cotidiano de alguien real que decide compartir la vida con nosotros.

Tal vez la felicidad no dependa de encontrar la mejor opción entre miles de posibilidades. Tal vez dependa de mirar con nuevos ojos a la persona que un día elegimos y preguntarnos si, en lugar de seguir buscando fuera aquello que imaginamos que nos falta, ha llegado el momento de construir con más profundidad aquello que ya hemos comenzado.

Porque, al final, la persona adecuada no siempre es la mejor que podrías encontrar. Con mucha más frecuencia de la que imaginamos, la persona adecuada es aquella con quien ambos deciden convertirse, día tras día, en el mejor lugar donde el otro pueda habitar.

Y esa decisión, silenciosa y cotidiana, sigue siendo mucho más poderosa que cualquier algoritmo.

Un artículo del psicólogo, Juande Serrano

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