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¿Amamos a la otra persona o lo que nos hace sentir? por Juande Serrano

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¿Amamos a la otra persona o lo que nos hace sentir? por Juande Serrano

Hay una forma de estar en las relaciones que se parece al amor, pero que todavía no es amor. Puede contener deseo, ilusión, necesidad, apego e incluso una entrega aparentemente generosa. Sin embargo, si observamos con atención, descubrimos que todo sigue girando alrededor de una misma pregunta: ¿Qué significa esta persona para mí? Qué me hace sentir, qué necesito que me dé, cuánto me valora, si responde a mis expectativas, si me elige, si me cuida como yo deseo, si llena mis vacíos, si me ofrece la seguridad que necesito, si permanece a mi lado cuando tengo miedo, etc.

Necesidades y amor: cuando la necesidad se confunde con el amor

No hay nada extraño ni reprochable en ello. Todos comenzamos a relacionarnos desde nuestras necesidades, porque también necesitamos ser vistos, cuidados y reconocidos. El problema aparece cuando confundimos esa necesidad con el amor y convertimos al otro, sin darnos cuenta, en alguien cuya función principal es hacernos sentir bien.Entonces, aunque pronunciemos muchas veces la palabra amor, seguimos encerrados en el territorio del ego.

Trascender el ego no significa dejar de existir, renunciar a nuestras necesidades ni convertirnos en personas complacientes. Tampoco consiste en sacrificarnos hasta desaparecer para demostrar cuánto queremos. Amar no exige borrarse. Exige dejar de ocupar todo el espacio. El ego no es únicamente arrogancia, orgullo o vanidad. También es esa tendencia profundamente humana a interpretar la relación desde nuestro propio centro: lo que yo siento, lo que yo necesito, lo que me conviene, lo que temo perder y lo que espero obtener. Cuando permanecemos atrapados ahí, la otra persona deja de ser alguien a quien descubrir y se convierte en alguien que debe responder a nuestro guion.

Por eso, una de las experiencias más transformadoras del amor consiste en comprender que el otro no ha llegado a nuestra vida para interpretar el personaje que le hemos asignado. Ha llegado con una historia que no comenzó cuando nos conoció. Con heridas que quizá todavía no sabe nombrar, con temores que no siempre comprende, con formas de protegerse aprendidas mucho antes de encontrarnos. Ha llegado con deseos, contradicciones y necesidades que no tienen por qué coincidir con las nuestras.

Amar comienza cuando somos capaces de reconocer toda esa realidad y decir interiormente: “Además de lo que esta relación significa para mí, quiero comprender lo que significa para ti”.

 

 

El amor comienza cuando aparece el nosotros

Una relación no puede construirse únicamente desde el yo, pero tampoco desde un tú que termine anulándolo. Hay personas que, en nombre del amor, se olvidan de sí mismas, se adaptan constantemente, silencian lo que sienten y hacen de las necesidades del otro el centro absoluto de su existencia. Eso no es construir un nosotros. Es sustituir un egocentrismo por otro: antes todo giraba alrededor de mí; ahora todo gira alrededor de ti.

El nosotros verdadero no elimina a nadie. Es un espacio compartido en el que caben mi dignidad y la tuya, mis necesidades y las tuyas, mi libertad y la tuya. No nace cuando uno de los dos se somete, sino cuando ambos dejan de preguntarse quién gana y comienzan a preguntarse qué necesita el vínculo para seguir siendo un lugar habitable.

Quizá esta sea una de las mayores dificultades de las relaciones actuales. Hemos aprendido a proteger mucho nuestra individualidad, pero no siempre sabemos construir una realidad compartida. Sabemos decir “esto es lo que necesito”, aunque nos cuesta preguntarnos “¿qué estamos necesitando?”. Defendemos nuestros límites, lo cual es necesario, pero a veces olvidamos que una relación también requiere disponibilidad, generosidad y capacidad para dejarnos afectar por la existencia del otro.

Amar también es incluir al otro en nuestras decisiones

Porque amar no es solamente elegir a una persona. Es permitir que su vida importe de verdad en nuestras decisiones. Cuando existe amor, la otra persona entra en nuestra ecuación. Pensamos en cómo nuestras palabras pueden afectarla, en el peso que quizá está sosteniendo, en lo que podemos hacer para aliviar un poco su camino. No se trata de responsabilizarnos de su felicidad ni de resolverle la vida, sino de que su bienestar deje de resultarnos indiferente.

A veces, el amor se reconoce en algo tan sencillo como no añadir más ruido a un día que ya ha sido difícil. En saber que hoy no necesita consejos, sino descanso. En acercarle un café sin convertir el gesto en una deuda. En escuchar una historia que ya conocemos porque comprendemos que quizá necesita volver a contarla. En traer un poco de ilusión cuando la vida del otro se ha vuelto demasiado estrecha. Eso es contribuir. Y contribuir no significa hacer grandes sacrificios. Con frecuencia, el amor más verdadero no tiene nada de espectacular. Se expresa en esos gestos cotidianos que no buscan reconocimiento, pero que le dicen al otro: “Te veo. Sé que estás aquí. Lo que te sucede también me importa”.

 

 

La compasión: el amor que se pone en movimiento

La palabra compasión suele confundirse con la pena, como si compadecerse consistiera en mirar a alguien desde una posición superior. Pero la compasión genuina no mira desde arriba. Se sienta al lado. Compadecer es permitir que el sufrimiento del otro nos alcance sin apropiarnos de él. Es acercarnos a su experiencia con la delicadeza de quien entra en una casa ajena: sin invadir, sin reorganizar sus habitaciones, sin decirle cómo debería vivir dentro de ellas.

Podríamos comprender la compasión como el corazón que se pone en camino. No basta con saber que alguien está sufriendo. El amor nos mueve a preguntarnos qué podemos hacer con aquello que hemos percibido. Quizá podamos ofrecer una palabra, una presencia, un abrazo, una ayuda concreta o un silencio que no abandona. Y quizá, en algunas ocasiones, lo más compasivo sea respetar la distancia que esa persona necesita. La compasión no siempre hace. A veces espera. No siempre habla. A veces guarda silencio. No siempre acerca. A veces sabe retirarse sin convertir esa retirada en un castigo.

Por eso necesita sensibilidad, pero también sabiduría. Una contribución que no tiene en cuenta lo que el otro necesita puede terminar siendo una imposición disfrazada de generosidad. Podemos dar mucho y, sin embargo, no estar amando al otro, sino nuestra propia imagen de personas que dan. El amor no pregunta solamente: «¿Qué puedo ofrecerte?». También pregunta: «¿De qué manera puedes recibirlo?».

La empatía no consiste únicamente en comprender

Para que el amor pueda entrar en acción necesitamos desarrollar una cualidad esencial: la capacidad de dejarnos conmover. La empatía suele explicarse como ponerse en el lugar del otro. Sin embargo, nadie puede ocupar por completo el lugar de otra persona. No podemos sentir exactamente lo que siente ni conocer desde dentro toda su historia. Lo que sí podemos hacer es acercarnos con suficiente humildad como para no reducir su experiencia a nuestras interpretaciones. Podemos comprender mentalmente que alguien está triste y, aun así, permanecer emocionalmente lejos. Podemos identificar las razones de su dolor, analizarlas e incluso explicarlas con precisión, pero no haber permitido que su mundo afectivo roce el nuestro.

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La empatía comienza precisamente ahí: cuando el otro deja de ser un problema que debemos comprender y se convierte en una presencia que puede conmovernos. Dejarse conmover no significa hundirse con quien está sufriendo ni absorber sus emociones hasta perder nuestra estabilidad. Significa permanecer lo bastante abiertos para sentir su humanidad sin apresurarnos a defendernos de ella. Es poder escuchar su miedo sin decir inmediatamente que no tiene motivos para sentirlo. Acompañar su tristeza sin obligarla a convertirse en esperanza. Recibir su enfado sin concluir que todo lo que expresa es un ataque contra nosotros.

Muchas veces creemos que escuchamos cuando, en realidad, estamos esperando nuestro turno para responder. Mientras el otro habla, preparamos argumentos, buscamos soluciones, comparamos su experiencia con la nuestra o decidimos si tiene razón. Estamos presentes físicamente, pero seguimos encerrados en nuestro pensamiento. Por eso hay conversaciones en las que se intercambian muchas palabras y, sin embargo, nadie llega a sentirse encontrado.

La empatía pide otra disposición. Nos invita a suspender por un momento la necesidad de interpretar, corregir o defendernos para poder preguntarnos: “¿Cómo será vivir esto desde dentro de ti?”. No para adivinar la respuesta, sino para acercarnos a ella.

Escuchar aquello que no se dice

Las personas no nos comunicamos solamente mediante las palabras. También hablamos con la mirada que se retira, con una respiración que cambia, con los silencios que aparecen en mitad de una frase, con las manos que se inquietan, con una sonrisa que trata de ocultar cansancio o con un tono de voz que contradice el «estoy bien» que acabamos de pronunciar. Desarrollar la capacidad para percibir estas señales exige una sensibilidad especial. No se trata de convertirnos en detectives emocionales ni de atribuir significados definitivos a cada gesto. Una mirada baja puede expresar tristeza, vergüenza, cansancio o simplemente distracción. Amar no consiste en presumir que sabemos lo que le ocurre al otro, sino en percibir que algo puede estar ocurriendo y acercarnos con respeto.

Es la diferencia entre sentenciar “sé perfectamente lo que te pasa” y preguntar “te noto diferente, ¿hay algo que quieras compartir conmigo?”. Esa diferencia parece pequeña, pero contiene toda una ética del encuentro. En la primera frase, invadimos. En la segunda, ofrecemos una puerta.

Para percibir de verdad necesitamos una atención inmersiva: una forma de presencia en la que, durante unos instantes, dejamos de estar ocupados por nuestro diálogo interior y nos disponemos a recibir a la otra persona. No observamos únicamente sus palabras; atendemos a la experiencia que parece estar intentando abrirse paso a través de ellas.

Hay momentos en los que el cuerpo cuenta aquello que la persona todavía no puede decir. Quizá porque no encuentra las palabras, porque teme preocuparnos o porque ni siquiera ella comprende lo que siente. Quien ama aprende a acercarse a esas zonas sin violentarlas. No obliga a hablar, pero deja claro que está disponible para escuchar.

Esta atención resulta cada vez más difícil en una sociedad en la que vivimos fragmentados. Miramos el teléfono mientras alguien nos cuenta algo importante. Respondemos antes de que haya terminado. Interpretamos con rapidez porque escuchar despacio nos exige detener el ritmo de nuestra propia mente. Sin embargo, sentirse profundamente escuchado puede ser una de las experiencias más reparadoras que una persona encuentre en una relación. No porque la escucha elimine su problema, sino porque le permite dejar de estar sola dentro de él.

Un artículo del psicólogo  Juande Serrano

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