La Finca de la Concepción de Marbella se prepara para una de las noches más esperadas de su calendario solidario. A nuestro alrededor se levantan estructuras, se ultiman mesas y los equipos trabajan para que todo esté listo. En pocas horas, este enclave acogerá la tradicional cena de gala de la Asociación Española Contra el Cáncer en Marbella y Borja recibirá el Premio “The Fighter”.
En medio de ese movimiento conversamos con Borja Sémper. La entrevista estaba acordada con él, pero terminó convirtiéndose en una charla compartida gracias a la generosidad de Bárbara Goenaga. La actriz aceptó sentarse ante la cámara prácticamente sin previo aviso, consciente de que el cáncer no afecta únicamente al paciente. Entra también en la pareja, en los hijos, en la familia y en la vida cotidiana.
Su presencia aporta una mirada imprescindible. La de quien acompañó, sostuvo, tuvo miedo y aprendió a vivir cada avance como una victoria.

Borja y Bárbara hablan con serenidad, humor y honestidad. No pretenden ofrecer fórmulas universales ni transformar la enfermedad en una lección ejemplarizante. Comparten lo vivido por si su experiencia puede servir a otras personas.
«Es una suerte poder hablar con normalidad de algo que afecta a tanta gente y a tantos españoles», comienza Borja.
Una enfermedad demasiado presente
El cáncer había formado parte de la vida familiar de Bárbara mucho antes del diagnóstico de Borja. En apenas unos años, varias de las personas más cercanas a la actriz enfermaron.
«Hasta hace diez años, en mi familia nunca habíamos sufrido esta enfermedad. De pronto te das cuenta de que también te puede tocar», explica. «Mi madre, mi padre, mi tío, mi tía… Seis meses antes del diagnóstico de Borja falleció mi padre, su suegro, con el que convivíamos».
La enfermedad dejó de ser una realidad distante para convertirse en una presencia demasiado habitual.
Borja se encuentra ahora sereno. Los tratamientos han funcionado y las noticias médicas son positivas. Sin embargo, no utiliza la palabra curación con ligereza.
«Soy consciente de que esta es una enfermedad que probablemente nunca se vaya del todo. Siempre voy a ser un enfermo de cáncer. Ha ido bien hasta ahora, pero puede cambiar», reconoce. No lo dice desde el miedo, sino desde la aceptación.
«Lo vivo con serenidad y tranquilidad. Es una enfermedad muy puñetera y muy dura, pero también se puede sacar de ella un aprendizaje extraordinario».
Ese aprendizaje pasa por compartir su experiencia y devolver parte del afecto recibido: «Estamos aquí disfrutando del cariño de la gente y tratando de sacar algo bueno de todo esto. Ojalá compartirlo pueda resultar útil a alguien».
Bárbara asiente. Para ambos, la enfermedad ha modificado la medida de lo cotidiano.
«Ahora nos preguntamos qué tal estamos y, cuando no hay fiebre, no hay quimioterapia y no hay secuelas, decimos: estamos bien», cuenta ella. «Es una suerte estar aquí. Ese es uno de los pocos lados buenos que puede tener esta enfermedad, y no es poco».
«Estoy vivo gracias a Bárbara»
Borja no duda cuando recuerda el papel que tuvo su mujer en la detección del tumor: «Siempre digo que estoy aquí gracias a Bárbara. Ella fue quien se empeñó y quien me obligó a hacerme una prueba que yo había pospuesto durante mucho tiempo».
El diagnóstico confirmó un cáncer de páncreas. Antes de conocer el alcance exacto de la enfermedad, vivieron varios días suspendidos en una incertidumbre difícil de explicar.
«Probablemente fue la peor semana de nuestra vida», recuerda Borja. «Desde el primer diagnóstico hasta saber la extensión del tumor pasa un tiempo. Esos días en los que no sabes el alcance de la enfermedad son terribles».
Durante las consultas sentía que los médicos hablaban de otra persona.
«Cuando hablaban de mí, yo tenía la sensación de que no hablábamos de mí. Después lo conté públicamente y la gente me daba ánimos por la calle. Yo pensaba: “No están hablando de mí”. Todo parecía irreal».
La realidad terminó imponiéndose. Con ella llegaron la crudeza del tratamiento y la determinación necesaria para afrontarlo.
Bárbara recuerda aquellos primeros días recorriendo la casa e intentando esconder el miedo: «Iba por las esquinas llorando y repitiendo: “No puede ser, no puede ser”. Pero cuando él entraba en la habitación, intentaba que todo pareciera estar bien». Está convencida de que Borja hacía lo mismo con ella: «No lo hemos hablado, pero estoy segura de que él también lloraba cuando yo no estaba. Los dos tratábamos de sostener al otro».
La primera gran noticia llegó cuando las pruebas confirmaron que el tumor estaba localizado y que el tratamiento funcionaba: «Empezamos a llorar. Que estuviera localizado era una grandísima noticia», explica Bárbara. «Nos agarramos a eso durante todo el tratamiento».
Cómo contar el cáncer a los hijos
Borja y Bárbara forman una familia con cuatro hijos. Dos son mayores y dos todavía eran pequeños cuando llegó el diagnóstico. Cada uno necesitaba una explicación diferente, aunque todos merecían conocer la verdad.
«A los niños hay que tratarlos como niños, no como idiotas», afirma Borja. «Se les pueden contar las cosas adaptando el lenguaje a su edad y a su capacidad, pero hay que contárselas con naturalidad».
La familia ya había convivido con la enfermedad del padre de Bárbara, que falleció en casa. Por eso, la palabra cáncer despertaba inevitablemente recuerdos dolorosos. «Ellos sabían que el abuelo había tenido cáncer. Tuvimos que explicarles que el de papá era diferente, que estaba localizado y que el tratamiento estaba funcionando».
La sinceridad creó un espacio de confianza. Los hijos mayores preguntaban directamente si todo iba realmente bien.«Como siempre les habíamos dicho la verdad, cuando les decíamos que estaba funcionando, nos creían. Y era verdad», señala Borja.
Sin embargo, el tratamiento resultó especialmente agresivo. «La quimioterapia me sentó fatal», reconoce. «A nadie le sienta bien, porque es un tratamiento muy duro, pero hay personas a las que les afecta especialmente. Yo estuve muy mal».
Durante cuatro largos meses, los niños vieron a su padre débil, con fiebre y sometido a varios ingresos hospitalarios.
«Lo veían mal, pero sabían que el tratamiento estaba funcionando. Eso nos permitía mantener el ánimo y proyectarlo dentro de casa».
La fragilidad de lo que damos por seguro
La enfermedad ha cambiado la relación de Borja con la vida y con el tiempo: «Me da mucha pena la posibilidad de dejar de vivir. Me da pena perderme las cosas cotidianas», admite.
Durante años escuchó frases sobre la necesidad de aprovechar el presente. Después del diagnóstico, esos lugares comunes adquirieron otro significado. «Todos los tópicos son ciertos. Hay que aprovechar el momento, disfrutar del entorno y valorar las cosas más sencillas».
El cáncer le recordó que aquello que consideramos sólido puede desaparecer rápidamente.
«Lo que creemos que está para siempre puede irse de un día para otro. Es una inmensa suerte estar vivos. Es una inmensa suerte poder tener esta conversación y estar en un entorno como este».
No hacen falta experiencias extraordinarias para sentir gratitud: «No necesitamos grandes fuegos artificiales para disfrutar de la vida. Yo he recordado eso. Quizá lo había olvidado o quizá nunca lo había sabido de verdad».
No es la primera vez que Borja se enfrenta de cerca a la posibilidad de morir. Durante los años más duros del terrorismo de ETA vivió amenazado y acompañado por escoltas. «Alguna vez he dicho que la muerte me persigue, pero, de momento, corro más», comenta con una sonrisa. «Espero mantener esa agilidad durante mucho tiempo».
No interpreta sus experiencias como una misión especial ni cree que la enfermedad responda a un propósito trascendente. Sí reconoce que cada episodio ha dejado un aprendizaje.
«Las cosas que nos pasan nos van transformando. La lucha contra ETA y otros momentos difíciles me han hecho entender la vida de una manera distinta». Su deseo es convertir esos aprendizajes en algo útil.
«Me dedico a la política y tengo que intentar ser útil. Quiero que lo que me ha pasado con el cáncer pueda volver a la sociedad y servir a los demás», asegura.
¿Cambió la enfermedad su relación con la política?
Durante el tratamiento, la pareja llegó a hablar sobre la posibilidad de abandonar la vida política.
«Lo comentamos en casa alguna vez», reconoce Bárbara. «La política no es para siempre. Él había pasado unos años en la empresa privada y acababa de volver».
Borja, sin embargo, mantiene intacto el deseo de contribuir al cambio: «Estoy obsesionado con intentar cambiar las cosas y ayudar a que cambie la política en España. Vamos a intentarlo en este último esfuerzo».
La enfermedad sí ha modificado la importancia que concede a determinados asuntos y su tolerancia ante ciertas situaciones. «Me ha cambiado la mirada, las prioridades y la jerarquía de los temas. Hay cosas que antes aguantaba y ahora ya no estoy dispuesto a aceptar».
También ha aprendido a proteger mejor su tiempo: «Antes me costaba mucho decir que no. Ahora lo digo con más facilidad. Creo que he salido más pulido y con algo menos de tontería».
Esa transformación no ha hecho desaparecer su carácter alegre. Bárbara asegura que incluso ha reforzado una cualidad que siempre estuvo presente: «Borja siempre ha sido muy alegre y muy generoso, pero ahora lo es todavía más».
El humor fue una herramienta fundamental durante los peores momentos. «Ha tenido muchísimo humor. Incluso con fiebre y encontrándose fatal, se reía de lo que le estaba pasando y de sí mismo», relata ella. «Eso me parece una fortaleza gigantesca».
Bárbara bromea al recordar que, ante un simple resfriado, Borja suele ser un paciente complicado. Sin embargo, frente al cáncer se creció.
«Ha sido muy buen enfermo. Ante las dificultades grandes, se hace fuerte».
Él evita atribuirse ningún mérito especial: «No quedaba otra. Además, veía el esfuerzo que estaban haciendo Bárbara y mi familia. Yo tampoco estaba como para flaquear».
Amor, amistad y una cápsula familiar
Durante los meses de tratamiento, la familia creó una especie de refugio: «Fue como una cápsula», explica Bárbara. «Además, era verano. No había colegios ni horarios. Nos dedicamos a estar bien».
El objetivo principal era proteger a los hijos. Para conseguirlo, ellos también necesitaban permanecer unidos. «Para que los niños estuvieran bien, nosotros teníamos que estar bien».
Familiares y amigos respetaron sus tiempos y estuvieron presentes sin invadir.
«Nos han ayudado mucho y, sobre todo, no nos han cargado con nada. Hubo mucha discreción», recuerda.
La enfermedad también les permitió comprobar la calidad de sus vínculos.
«Nos dimos cuenta de que teníamos muy buenos amigos. Solo hemos recibido generosidad, amor y cariño».
Bárbara describe su relación con Borja como una amistad profunda, construida sobre la conversación y la ausencia de tabúes. «Somos muy buenos amigos. Siempre hemos hablado de todo y durante el proceso también lo hicimos con absoluta naturalidad».
La enfermedad afectó a todos los aspectos de la vida, incluidos aquellos de los que se habla menos. Sin embargo, la pareja decidió tratar cada cambio desde la cercanía y sin dramatismo añadido.
«Ha habido mucho cariño y mucha normalidad», resume Borja.
Más allá de la idea de “luchar”
Al hablar del cáncer es frecuente utilizar palabras relacionadas con la guerra: lucha, batalla, victoria o derrota. Borja entiende ese lenguaje, aunque no fue el que eligió para explicar su proceso: «Yo no lo planteé en términos de guerra o de batalla. Entiendo la terminología y no me molesta, pero nosotros intentamos ser muy disciplinados».
Confiaron plenamente en el equipo sanitario y siguieron cada indicación.
«Hicimos lo que nos dijeron los médicos, cumplimos los protocolos y el tratamiento. Solo puedes hacer eso: confiar en que estás en buenas manos».
La actitud también tuvo importancia, aunque ambos evitan responsabilizar al paciente del resultado.
«Creo que el ánimo ayuda a llevar el proceso», señala Bárbara. «Pero el desenlace nunca se sabe. Nadie puede forzarse a estar bien permanentemente».
Borja insiste en que cada persona y cada enfermedad son diferentes: «No se puede generalizar. Cada cáncer impacta de una forma y cada persona lo vive como puede».
Durante el tratamiento hubo momentos de agotamiento extremo. «Hubo días de no poder más, pero literalmente. El cuerpo se transforma por dentro y por fuera. Estás siempre mal, con una molestia general y continua durante meses».
La quimioterapia dañó diferentes partes de su organismo y obligó a ingresarlo varias veces: «Me ingresaron cuatro o cinco veces. Llegó un momento en el que ir al hospital era como ir a un spa», comenta, recurriendo de nuevo al humor. «Entraba muy mal, me estabilizaban y volvía a casa».
Ahora prefieren recordar lo bueno. También sienten una conexión inmediata con quienes atraviesan una experiencia semejante.
«Cuando alguien te dice que ha pasado por un cáncer o que lo está pasando, sabes exactamente lo que esa persona y su familia pueden estar viviendo».
Investigación para sostener la esperanza
La gala de la Asociación Española Contra el Cáncer cobra para ellos un significado especial. No es únicamente un acontecimiento social, sino una forma de apoyar la investigación y hacer posibles nuevos tratamientos.
Bárbara ha comprobado la evolución de la medicina a través de los distintos procesos oncológicos vividos en su familia.
«Lo que ocurrió con mi madre hace diez años no tuvo nada que ver con lo que vivimos después con mi padre ni con el tratamiento de Borja», explica.
Los avances son continuos y tecnologías como la inteligencia artificial están acelerando algunos procesos de análisis.«Nuestro oncólogo nos hablaba de la inteligencia artificial y de cómo ahora se puede analizar mucho más rápido lo que antes tardaba años», señala.
Por eso insiste en que la esperanza no es una idea vacía. «Hay que tener esperanza de verdad, porque las cosas están cambiando y aparecen nuevos tratamientos. La investigación es fundamental».
Durante la enfermedad también recibieron oraciones, estampas, agua bendita y numerosos mensajes de personas creyentes.
«Lo hemos agradecido muchísimo», cuenta Borja. «Que alguien dedique parte de su tiempo o de sus oraciones a ti es digno de agradecer. Toda ayuda es poca». No hablan de enfado ni de reproches hacia Dios. Hablan, sobre todo, de gratitud.
«Siempre vendrán momentos bonitos»
Antes de terminar, les pedimos que se dirijan a alguien que acaba de recibir un diagnóstico de cáncer o que está acompañando a su pareja.
Bárbara responde desde la experiencia de quien conoce el vértigo de los primeros días: «Seguramente van a pasar un momento terrible. Pero también habrá momentos bonitos durante el tratamiento. Siempre van a venir momentos bonitos».
Su consejo es mantener la mirada puesta en ellos y no perder la esperanza. Borja comparte esa idea: «Se puede abordar de muchas maneras, pero cuando lo haces con esperanza, sea cual sea el desenlace, ese tiempo está bien invertido».
La conversación termina mientras la Finca de la Concepción continúa transformándose para la gala. Horas después, la música, las mesas y las luces ocuparán el espacio en el que Borja Sémper y Bárbara Goenaga han hablado sin artificios sobre el miedo, el amor, la familia y la fragilidad.
Bárbara aceptó participar en una entrevista que no estaba prevista para ella. Lo hizo porque conoce bien la otra cara de la enfermedad: la de quien acompaña mientras intenta que la vida familiar siga sosteniéndose.
Borja, por su parte, comparte su historia con una intención sencilla: «Si esta conversación le puede resultar útil a alguien, ya me doy por satisfecho».
La gala ya habrá finalizado cuando se publique esta entrevista, pero el propósito continúa. A través de la página de la Asociación Española Contra el Cáncer es posible colaborar, asociarse o realizar una donación destinada a la investigación.
Porque la esperanza también necesita recursos, profesionales y ciencia que la conviertan en una posibilidad real.












