fbpx
Estás leyendo
«No necesitas quererte para que te quieran» por Juande Serrano

Nuevos formatos
Descubre Urbanity Podcast y Urbanity Video

«No necesitas quererte para que te quieran» por Juande Serrano

Hay frases que repetimos tanto que terminamos confundiéndolas con verdades. Se instalan en el lenguaje cotidiano, aparecen en las redes sociales, pasan de una conversación a otra y, como suenan bien, dejamos de preguntarnos si realmente son ciertas. Una de ellas es probablemente una de las sentencias más repetidas de nuestra época: «Si no te quieres tú, nadie te va a querer».

Y no.

No es verdad.

Al menos, no es verdad de esa manera tan rotunda, tan simple y, en ocasiones, tan cruel.

Porque alguien puede no quererse y ser profundamente querido. Puede mirarse al espejo y no gustarse mientras alguien lo contempla con ternura. Puede sentirse insuficiente y, sin embargo, ser importante para muchas personas. Puede atravesar una época en la que apenas reconoce su propio valor y seguir teniendo a su lado a alguien capaz de verlo. Incluso puede encontrarse en uno de esos momentos de la vida en los que se ha perdido a sí mismo y descubrir que precisamente el amor de otro le ayuda a regresar.

Quizá deberíamos empezar por ahí: no siempre necesitamos aprender a querernos para que alguien pueda querernos. A veces necesitamos que alguien nos quiera bien para recordar que también nosotros merecemos querernos. Y esto cambia muchas cosas.

 

 

Cuando convertimos el amor propio en otra exigencia

Vivimos una época fascinada por el amor propio.

«Elígete». «Priorízate». «Quiérete». «No necesitas a nadie». «Hasta que no estés bien contigo no podrás estar bien con nadie».

Hay algo saludable detrás de muchos de estos mensajes. Naturalmente que necesitamos aprender a cuidarnos, poner límites, reconocer nuestras necesidades y no convertir una relación en el lugar donde depositamos toda nuestra identidad. El problema comienza cuando una invitación al autocuidado termina transformándose en una nueva obligación psicológica.

Porque entonces ya no basta con sufrir, además tienes que sufrir correctamente. No basta con sentirte insegura: tienes que aprender inmediatamente a validarte. No basta con que una ruptura te haya dejado destrozada: debes demostrar que no necesitas a nadie. No basta con sentirte sola: debes convertir la soledad en una maravillosa oportunidad de crecimiento personal. Y si no consigues hacerlo, parece que todavía te falta evolucionar.

Hasta que finalmente aparece la sentencia definitiva: «Si no te quieres, ¿cómo quieres que alguien te quiera?». Y quizá pocas frases aparentemente motivadoras contienen una paradoja tan dolorosa. Porque a alguien que ya duda de su propio valor terminamos diciéndole, sin pretenderlo, que esa dificultad para quererse puede ser también la razón por la que los demás no lo quieran. Es decir: primero te sientes insuficiente y después te hacemos responsable de no ser suficientemente querible. Algo no encaja.

Nadie aprende a quererse completamente solo

Existe además una cuestión psicológica fundamental que a menudo olvidamos: nuestra relación con nosotros mismos no nació exclusivamente dentro de nosotros. Nadie llega al mundo sabiendo quién es. Al principio necesitamos unos ojos que nos miren, unas manos que nos sostengan, una voz que responda a nuestro llanto, alguien que vaya transmitiéndonos de maneras muy sencillas algo parecido a: «Te veo. Importas. Lo que te ocurre merece atención. Puedes confiar». Mucho antes de aprender a decir «yo», hemos sido un «tú» para alguien.

Y esto resulta esencial para comprender la autoestima. Porque la imagen que construimos de nosotros mismos tiene una profunda dimensión relacional. Aprendemos quiénes somos también a través de cómo hemos sido mirados, reconocidos, acogidos, ignorados, exigidos o rechazados.

Por eso resulta demasiado simplista imaginar el amor propio como una especie de depósito interior que cada persona debería llenar independientemente antes de relacionarse con los demás.

No funcionamos así. Somos seres profundamente relacionales. Necesitamos autonomía, por supuesto, pero también necesitamos vínculo. Necesitamos aprender a sostenernos, pero también haber experimentado alguna vez qué significa ser sostenidos. Necesitamos desarrollar nuestra propia voz, aunque esa voz haya comenzado muchas veces escuchando a alguien decirnos: «Confío en ti».

El amor propio no crece únicamente hacia fuera. También crece de fuera hacia dentro.

A veces nos vemos con los ojos con los que fuimos mirados

Pensemos en alguien que durante años ha recibido el mensaje de que nunca era suficiente. Quizá nadie se lo dijo literalmente. No hizo falta. Tal vez recibió cariño cuando cumplía expectativas y distancia cuando decepcionaba. Quizá aprendió que debía agradar para conservar el vínculo, destacar para recibir reconocimiento o esconder determinadas partes de sí para no resultar incómodo.

Con el tiempo, aquella mirada externa puede terminar convirtiéndose en una voz interior. Y entonces ya no hace falta que nadie diga «no eres suficiente». La persona ha aprendido a decírselo sola.

Ahí está una de las paradojas más profundas de la autoestima: creemos que estamos escuchándonos a nosotros mismos cuando, en ocasiones, estamos repitiendo antiguas voces que hemos interiorizado.

Por eso trabajar el amor propio no consiste simplemente en mirarse cada mañana al espejo y repetirse frases bonitas. Supone una tarea mucho más profunda: descubrir de quién es realmente la voz con la que nos estamos hablando. Preguntarnos cuándo empezamos a creer que había algo malo en nosotros. Quién nos enseñó que teníamos que ganarnos el cariño. Por qué confundimos ser elegidos con tener valor. Por qué necesitamos agradar para sentirnos seguros. Por qué una crítica pesa más que veinte gestos de reconocimiento.

Y quizá descubrir algo todavía más importante: que muchas de las cosas que pensamos sobre nosotros mismos no nacieron con nosotros. Las aprendimos. Y precisamente por haber sido aprendidas también pueden transformarse.

 

 

Ser querido cuando todavía no sabes quererte

Aquí aparece una posibilidad mucho más hermosa que esa cultura del «primero quiérete tú».

A veces alguien llega a nuestra vida y nos mira de una manera diferente. No necesariamente una pareja. Puede ser un amigo, una madre, un hermano, un terapeuta, un profesor, incluso una persona que permanece durante poco tiempo pero cuya manera de relacionarse con nosotros deja una huella inesperada.

Alguien que escucha aquello que siempre habíamos considerado insignificante. Que no se marcha cuando mostramos nuestra fragilidad. Que no utiliza nuestros errores para definirnos. Que pone límites sin retirarnos el afecto. Que nos reconoce sin idealizarnos. Que puede ver nuestra herida sin convertirnos en nuestra herida.

Y entonces ocurre algo profundamente humano, empezamos a preguntarnos: «¿Y si yo no fuera exactamente como siempre he pensado?»

Porque cuando alguien nos mira repetidamente desde un lugar diferente, esa mirada puede comenzar a modificar la nuestra. No porque el otro venga a salvarnos. No porque debamos depender eternamente de su reconocimiento. Sino porque una relación suficientemente segura puede ofrecernos una experiencia emocional distinta de aquella que contribuyó a construir nuestra inseguridad. Y esa experiencia puede ser transformadora.

Hay personas que comenzaron a respetarse porque alguien dejó de humillarlas. Personas que aprendieron a poner límites porque alguien respetó por primera vez uno de sus «no». Personas que descubrieron que podían ser amadas sin demostrar continuamente su valor. Personas que empezaron a tratarse con ternura después de experimentar lo que significaba que alguien las tratara con ternura. A veces el amor recibido se convierte en el primer idioma con el que aprendemos a hablarnos de otra manera.

Pero que alguien nos quiera no siempre significa que podamos sentirnos queridos

Y aquí necesitamos introducir otro matiz. Porque una persona puede estar rodeada de amor y, sin embargo, sentirse profundamente sola. Puede recibir reconocimiento y desconfiar de él. Puede escuchar «te quiero» y pensar que tarde o temprano el otro descubrirá quién es realmente y se marchará. Puede recibir un elogio y responder inmediatamente: «Lo dices porque me quieres». Puede encontrar una relación sana y sentirse extrañamente incómoda porque la calma le resulta menos familiar que la incertidumbre. Esto también sucede.

Cuando nuestra imagen interna está construida alrededor de la idea de no ser suficientes, el amor que recibimos puede entrar en conflicto con aquello que creemos acerca de nosotros mismos. El problema entonces no es que nadie nos quiera. El problema es que nos cuesta hacer habitable dentro de nosotros el amor que recibimos. Y esta diferencia es enorme.

Porque una cosa es afirmar: «Nadie podrá quererte hasta que tú te quieras». Y otra muy diferente decir: «Aunque ahora te cueste reconocer tu propio valor, puedes ser amado. Y quizá parte de tu camino consista en aprender poco a poco a creer también aquello hermoso que otros son capaces de ver en ti». La primera frase condena. La segunda acompaña.

El peligro de esperar que alguien nos salve

Pero tampoco conviene caer en el extremo contrario. Decir que podemos aprender a querernos dentro de una relación no significa convertir al otro en responsable de nuestra autoestima. Ninguna pareja debería tener que demostrar diariamente que somos suficientes. Nadie puede reparar permanentemente desde fuera aquello que nosotros nos negamos sistemáticamente a mirar por dentro.

Porque entonces el amor deja de ser encuentro y comienza a convertirse en suministro. Necesitamos continuamente confirmación, presencia, mensajes, pruebas, atención. Cualquier distancia se interpreta como rechazo. Cualquier desacuerdo como amenaza. Cualquier cambio en el comportamiento del otro despierta el miedo a dejar de ser importantes.

Y ahí podemos terminar pidiéndole al amor algo que ningún amor puede garantizar: que elimine para siempre nuestra inseguridad. No puede.

Una relación puede acompañarnos, ofrecernos seguridad, ayudarnos a construir una experiencia distinta y convertirse incluso en un poderoso contexto de transformación. Pero llegará un momento en el que aquello que hemos recibido tendremos que hacerlo nuestro.

Ese es probablemente el movimiento más hermoso de la vida: pasar de necesitar que alguien nos diga constantemente «eres digno de amor» a poder comenzar a decirnos nosotros: «aunque hoy nadie me lo recuerde, sigo siendo digno de amor».

No se trata de elegir entre amor propio o amor de los demás. Se trata de comprender cómo ambos pueden alimentarse sin sustituirse.

 

 

El amor propio no significa no necesitar a nadie

También deberíamos revisar otra idea muy extendida: que cuanto más nos queremos, menos necesitamos a los demás. Quizá sea justamente al contrario.

Una autoestima suficientemente sana no nos convierte en seres autosuficientes, sino en personas capaces de relacionarnos sin desaparecer dentro de la relación. Porque amar no consiste en no necesitar, consiste en que la necesidad no destruya la libertad. Puedo necesitar tu abrazo sin convertirte en responsable de todas mis heridas. Puedo echarte de menos sin dejar de existir cuando no estás. Puedo pedirte ayuda sin sentirme inferior. Puedo recibir tu amor sin utilizarlo como única prueba de mi valor.

La madurez emocional no consiste en decir «no necesito a nadie». Quizá consiste en poder decir: «Te necesito porque soy humano, pero no necesito perderme para que te quedes». Hay una diferencia inmensa.

El amor propio que merece ese nombre no nos encierra en nosotros mismos. Nos permite salir al encuentro del otro sin abandonarnos. Porque quererse no debería significar construir una fortaleza desde la que ya nadie pueda herirnos. Debería significar construir una casa interior a la que podamos regresar incluso después de habernos entregado profundamente a alguien.

Quizá primero fue el Amor

Hay algo que siempre me ha parecido profundamente humano: muchas veces recordamos nuestro valor gracias a alguien que lo vio cuando nosotros habíamos dejado de verlo. Y quizá no deberíamos avergonzarnos de eso.

Nos han vendido una idea excesivamente individualista de la fortaleza psicológica, como si necesitar a otros fuera una señal de inmadurez y como si todo proceso de crecimiento tuviera que suceder en soledad.

Pero la vida humana nunca ha funcionado así. Nos hacemos en relación, nos herimos en relación y muchas veces también sanamos en relación. Esto no significa que cualquier relación cure. Algunas relaciones profundizan nuestras heridas. Algunas reproducen exactamente aquello que más daño nos hizo. Algunas utilizan nuestra vulnerabilidad para mantenernos atrapados.

Por eso no basta con ser queridos. Importa cómo somos queridos. Hay amores que poseen. Amores que condicionan. Amores que exigen que dejemos de ser nosotros mismos para conservarlos. Y hay amores que ensanchan. Que no nos rescatan, pero nos acompañan. Que no nos completan, pero nos permiten existir enteros. Que no hacen el camino por nosotros, pero caminan a nuestro lado mientras aprendemos a hacerlo. Quizá esos sean los vínculos verdaderamente transformadores. Los que no dicen «sin mí no eres nadie», sino «quiero estar contigo mientras recuerdas quién eres».

Te puede interesar

No tienes que estar completamente curado para merecer amor

Tal vez este sea el mensaje que necesitamos escuchar más. No tienes que haber resuelto todas tus heridas para merecer que alguien te quiera. No necesitas tener una autoestima perfecta. No necesitas haber superado todos tus miedos. No necesitas convertirte en la mejor versión de ti misma antes de permitir que alguien se acerque.

Las personas no llegamos terminadas al amor. Llegamos siendo quienes somos: con nuestra historia, nuestras fortalezas, nuestras contradicciones, nuestros aprendizajes pendientes y algunas habitaciones interiores que todavía no sabemos abrir.

Y precisamente una relación suficientemente sana puede convertirse en uno de los lugares donde continuemos creciendo. No porque alguien venga a completarnos, sino porque el encuentro verdadero nos transforma.

Quizá deberíamos abandonar de una vez esa idea de que primero tenemos que aprender a querernos perfectamente y solo entonces estaremos preparados para amar y ser amados.

La vida es bastante más desordenada y bastante más hermosa.

A veces aprendemos a querernos antes de encontrar a alguien.

A veces aprendemos mientras estamos con alguien.

A veces una relación nos enseña todo aquello que todavía necesitamos trabajar.

Y otras veces alguien nos ofrece durante un tramo del camino una mirada tan limpia que, cuando finalmente se marcha, descubrimos que una parte de aquella mirada se ha quedado viviendo dentro de nosotros.

Quizá la frase debería ser otra

Así que la próxima vez que alguien diga «si no te quieres tú, nadie te va a querer», quizá convenga detenerse. Porque posiblemente delante tengamos a una persona que no necesita otra sentencia. Necesita comprensión.

Tal vez lleva años intentando sentirse suficiente.

Tal vez está cansada de luchar contra sí misma.

Tal vez conoce perfectamente la teoría del amor propio y precisamente su sufrimiento consiste en no saber todavía cómo llevarla a la vida.

No necesita que le digamos que debe quererse para merecer amor. Quizá necesite escuchar algo mucho más sencillo: Puedes ser querida incluso mientras estás aprendiendo a quererte.

Y quizá después añadir: Déjate querer. No para depender del amor que recibes, sino para descubrir que también existe otra manera de ser mirado.

Déjate cuidar sin pensar inmediatamente que tendrás que devolverlo.

Déjate reconocer sin discutir cada palabra bonita que alguien diga de ti.

Déjate acompañar mientras aprendes a acompañarte.

Y algún día, casi sin darte cuenta, quizá descubras algo extraordinario: que aquellas palabras que necesitabas escuchar de los demás han comenzado a nacer también dentro de ti.

Porque tal vez el amor propio nunca fue aprender a no necesitar a nadie. Tal vez fue algo mucho más profundo: aprender a no abandonarte cuando amas, permitir que te amen cuando todavía dudas de ti y convertir, poco a poco, el amor que recibes en una forma nueva de habitarte.

Y entonces quizá comprendamos que la frase estaba equivocada desde el principio. No siempre tienes que quererte primero para que puedan quererte. A veces ocurre justamente al revés. A veces alguien nos quiere tan bien que nos ayuda a recordar el camino de vuelta hacia nosotros mismos.

Hay que tatuarse en la piel que “There is only one happiness in this life: to love and be loved” (solo hay una felicidad en esta vida: amar y ser amado).

 

Un artículo de Juande Serrano

Ver comentarios (0)

Publicar un comentario

©2025. Todos los derechos reservados.

Ir al principio