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«Yo soy así»: la excusa que nos impide cambiar Por Juande Serrano

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«Yo soy así»: la excusa que nos impide cambiar Por Juande Serrano

Hay personas que prefieren perder a quienes aman antes que cuestionar su propia manera de ser. Son capaces de destruir relaciones, provocar heridas profundas y renunciar a la posibilidad de crecer con tal de no enfrentarse a sí mismas. Han convertido sus miedos en carácter, sus heridas en identidad y su resistencia al cambio en una supuesta virtud. Y lo más inquietante es que encuentran la justificación perfecta para todo ello en cuatro palabras aparentemente inocentes, pero profundamente reveladoras: «Yo soy así».

Son palabras que, pronunciadas con suficiente convencimiento, pueden convertirse en una sentencia. Una especie de certificado de identidad con el que algunas personas pretenden quedar exentas de revisar sus comportamientos, asumir responsabilidades o reconocer el daño que provocan. «Yo soy así, digo las cosas a la cara». «Yo soy así, tengo mucho carácter». «Yo soy así, si me quieres tendrás que aceptarme».

Y quizá haya llegado el momento de responderles algo que pocas veces escuchan: no, no eres así. Te estás comportando así. Y esa diferencia puede cambiarte la vida. Porque no es lo mismo lo que somos que aquello que hemos aprendido a hacer. No es lo mismo nuestra identidad que nuestras defensas, nuestras costumbres, nuestras heridas o nuestras maneras de relacionarnos. Y confundirlo puede convertirse en una de las formas más sofisticadas de permanecer prisioneros de nosotros mismos.

No, no eres así. Te estás comportando así. Y esa diferencia puede cambiarte la vida.

Cuando la identidad se convierte en coartada

Desde la psicología sabemos que muchas de nuestras conductas no nacen de una elección plenamente consciente. Algunas fueron aprendidas en la infancia, otras surgieron como respuestas de supervivencia emocional y muchas se consolidaron porque, en algún momento, nos sirvieron para protegernos.

Quizá aprendiste a levantar la voz porque en tu familia nadie escuchaba a quien hablaba bajito. Quizá desarrollaste una aparente frialdad porque mostrar ternura significaba exponerte al rechazo. Quizá te acostumbraste a controlar porque creciste en un entorno donde la incertidumbre resultaba insoportable. Y un día, después de repetir esas respuestas durante años, comenzaste a llamarlas personalidad. Lo que inicialmente fue una estrategia para sobrevivir terminó convirtiéndose en una definición de ti mismo.

Pero que algo forme parte de tu historia no significa que tenga que determinar tu destino. Comprender de dónde procede una conducta puede ayudarnos a transformarla, pero no nos exime de responsabilizarnos de sus consecuencias.

No eres necesariamente una persona agresiva porque hayas aprendido a responder con agresividad. No eres incapaz de amar porque hayas aprendido a protegerte evitando la intimidad. No estás condenado a desconfiar porque alguien haya traicionado tu confianza. Tus heridas merecen comprensión, pero no necesitan convertirse en tu identidad. Y aquí aparece una de las preguntas más incómodas que podemos hacernos: ¿cuántas cosas seguimos llamando «mi manera de ser» simplemente porque nos da miedo aprender a vivir de otra manera?

 

 

La autenticidad no es hacer lo que te dé la gana

Vivimos en una época que ha convertido la autenticidad en un eslogan. Nos invitan continuamente a ser nosotros mismos, a no dar explicaciones, a decir lo que pensamos y a no cambiar por nadie. Mensajes que contienen una aspiración legítima de libertad, pero que, interpretados sin profundidad, pueden terminar justificando el individualismo, la falta de consideración y una preocupante incapacidad para convivir.

Hemos confundido ser auténticos con ser impulsivos. Ser sinceros con ser hirientes. Tener personalidad con ser inflexibles. Y poner límites con desentendernos emocionalmente de los demás. Pero no todo lo que sentimos necesita convertirse en una conducta, ni todo lo que pensamos merece ser arrojado sobre otra persona. La autenticidad no consiste en expresar indiscriminadamente cuanto sucede dentro de nosotros. Consiste en vivir con suficiente consciencia para reconocer lo que sentimos, comprender lo que necesitamos y elegir cómo queremos responder.

Una persona auténtica puede sentir rabia y decidir no humillar. Puede experimentar celos y no convertirlos en vigilancia. Puede tener miedo al abandono y aprender a no encerrar al otro en sus inseguridades. Porque la autenticidad no elimina la responsabilidad afectiva, la exige. Y quizá la verdadera madurez comience cuando dejamos de preguntarnos únicamente si estamos siendo fieles a nosotros mismos y empezamos a preguntarnos si nuestra manera de ser está siendo también fiel a nuestros valores.

La autenticidad no elimina la responsabilidad afectiva, la exige

No siempre somos quienes creemos ser

Hay algo profundamente inquietante en el autoconocimiento: descubrir que no todo aquello con lo que nos identificamos nos pertenece verdaderamente. A veces somos la suma de expectativas que otros depositaron sobre nosotros. La prolongación de mandatos familiares que nunca cuestionamos. El resultado de miedos antiguos que siguen tomando decisiones en nuestro presente.

Nos creemos independientes, pero vivimos pendientes de la aprobación. Nos consideramos generosos, pero esperamos reconocimiento por cada entrega. Decimos amar libremente, mientras intentamos que el otro se comporte de la manera que necesitamos para sentirnos seguros.

Y, sin embargo, seguimos afirmando con absoluta tranquilidad: «Yo soy así». ¿Y si no lo fueras? ¿Y si una parte importante de aquello que llamas identidad fuese solamente una forma aprendida de evitar el dolor?

La autenticidad requiere una valentía que pocas veces aparece en los discursos superficiales sobre el crecimiento personal: atreverse a sospechar de las propias certezas. No basta con mirarse al espejo y aceptarse. También necesitamos preguntarnos qué estamos viendo, qué hemos aprendido a ocultar y qué partes de nosotros permanecen todavía sin explorar.

Conocerse no siempre resulta agradable. A veces significa reconocer que hemos herido mientras nos creíamos víctimas, que hemos controlado mientras hablábamos de amor o que hemos exigido una comprensión que nosotros mismos éramos incapaces de ofrecer. Pero ese descubrimiento, lejos de destruirnos, puede abrir la puerta a una libertad mucho más verdadera.

Necesitamos a los otros para encontrarnos

Nadie llega a conocerse completamente en soledad. Por mucho que nos empeñemos en imaginar la autenticidad como una conquista individual, nuestra identidad también se descubre, se cuestiona y se transforma en las relaciones. Necesitamos personas que nos miren sin intentar poseernos. Que puedan decirnos la verdad sin utilizarnos como destinatarios de sus frustraciones. Que nos quieran lo suficiente como para no aplaudir todas nuestras conductas, pero también lo suficiente como para no reducirnos a nuestros errores. Personas ante las que no tengamos que representar continuamente una versión aceptable de nosotros mismos.

Porque A~Mar a alguien no significa confirmar permanentemente su relato personal. A veces, A~Mar consiste precisamente en ayudarle a descubrir que puede dejar de vivir atrapado en él. Y esto también exige aprender a distinguir entre quienes nos acompañan a crecer y quienes pretenden moldearnos a su conveniencia.

No toda crítica nos ayuda. No toda aceptación nos hace bien. No toda relación que permanece nos permite ser nosotros mismos. Las relaciones más valiosas no son aquellas en las que nunca necesitamos cambiar, sino aquellas en las que podemos transformarnos sin miedo a dejar de ser amados.

 

 

El derecho a cambiar deja sin excusas al miedo

Tal vez una de las mayores tragedias humanas sea pasar toda una vida defendiendo una identidad que ya no nos representa. Seguir siendo duros cuando deseamos aprender a ser tiernos. Seguir huyendo cuando necesitamos permanecer. Seguir levantando muros cuando lo que verdaderamente anhelamos es encontrarnos con alguien al otro lado.

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Cambiar no significa traicionarse. Significa reconocer que somos seres inacabados, que nuestra personalidad puede evolucionar y que ninguna experiencia pasada tiene por qué poseer la última palabra sobre nuestro futuro.

Por supuesto, no todo depende exclusivamente de la voluntad. Existen heridas profundas, condicionamientos y dificultades psicológicas que requieren tiempo, acompañamiento y, en ocasiones, psicoterapia especializada. Transformarse no es una obligación de hacerlo todo solo, ni una promesa de que cualquier dificultad pueda desaparecer.

Pero aceptar nuestras limitaciones no implica convertirlas en condenas. Quizá no podamos elegir todo lo que sentimos, ni borrar aquello que nos ocurrió. Sin embargo, podemos ir construyendo una relación diferente con nuestra historia y ampliar, poco a poco, nuestras posibilidades de respuesta.

Y ahí reside una forma extraordinaria de libertad. No en poder hacer siempre lo que queremos, sino en dejar de estar obligados a repetir lo que aprendimos.

Ser auténtico es atreverse a ser verdadero

Quizá deberíamos dejar de admirar tanto a quienes proclaman orgullosamente «yo soy así» y empezar a valorar a quienes son capaces de decir «esto es lo que he aprendido a ser, pero estoy dispuesto a revisarlo». Porque hay más grandeza en alguien que reconoce una conducta dañina y trata de transformarla que en quien convierte su carácter en una fortaleza inexpugnable.

Ser auténtico no es permanecer idéntico a uno mismo. Es poder reconocerse honestamente en medio de los cambios. Es dejar de utilizar la personalidad como excusa y comenzar a vivirla como una posibilidad. Es comprender que podemos conservar nuestra dignidad mientras cuestionamos nuestras certezas, que podemos aceptarnos sin justificarnos y que podemos cambiar sin dejar de pertenecernos.

Al final, tal vez la pregunta más importante no sea quién eres, sino cuánto de lo que hoy llamas «yo» has elegido verdaderamente y cuánto sigues repitiendo por miedo a descubrirte. Porque la autenticidad no consiste en tener el valor de decirle al mundo «yo soy así», sino en tener el coraje de preguntarte, una y otra vez, si esa manera de vivir sigue siendo la que deseas para ti y para quienes te aman.

Y quizá, cuando alguien vuelva a decirte «es que yo soy así», puedas responderle con serenidad: “Tal vez. Pero sería una pena que, teniendo toda una vida por delante, ya hubieras decidido que no puedes llegar a ser alguien diferente”.

 

 

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