Hay una pregunta que solemos hacernos cuando amamos y que, quizá, no sea la más importante: “¿Me quiere?”. Nos preocupa saber cuánto nos quiere el otro, cómo nos quiere, si piensa en nosotros cuando no estamos, si nos echaría de menos si nos marcháramos, si somos suficientemente importantes en su vida. Necesitamos señales que confirmen que ocupamos un lugar privilegiado en su mundo porque, de alguna manera, hemos aprendido a medir el amor por la intensidad con la que alguien parece necesitarnos.
Sin embargo, con los años acompañando a personas en el amor y el desamor he ido pensando que existe una pregunta bastante más incómoda y, precisamente por eso, mucho más reveladora: “¿Quién estoy llegando a ser dentro de esta relación?”. Porque podemos ser profundamente queridos y, al mismo tiempo, estar dejando de ser nosotros mismos.
Podemos ser profundamente queridos y, al mismo tiempo, estar dejando de ser nosotros mismos.
El amor que no te deja ser tú: cuando amar se convierte en renunciar
No todo lo que llamamos amor nace únicamente del Amor. También amamos desde nuestras heridas, desde nuestros vacíos, desde el miedo a perder, desde nuestra historia familiar, desde aquello que aprendimos sobre el abandono y desde esa necesidad tan humana de sentir que alguien nos elige. En una relación pueden convivir la ternura y el miedo, el cuidado y la dependencia, el deseo de encuentro y la necesidad de posesión. Somos mucho más contradictorios de lo que nos gusta reconocer.
Por eso conviene desconfiar un poco de esa imagen romántica según la cual amar consiste en entregarse completamente al otro. Suena hermoso, pero puede llegar a ser peligroso. Cuando alguien se entrega hasta desaparecer, tarde o temprano el amor comienza a parecerse demasiado a una renuncia.
Hay personas que para conservar una relación empiezan a reducirse.
Hay personas que para conservar una relación empiezan a reducirse. Dejan de decir algunas cosas porque saben que molestan. Abandonan amistades, intereses o proyectos para evitar conflictos. Aprenden a medir sus palabras, sus gestos, incluso su alegría. Poco a poco se vuelven especialistas en interpretar el estado emocional del otro y terminan organizando su propia existencia alrededor de él. Y lo más paradójico es que pueden llamar amor a todo ese esfuerzo. Pero una relación que necesita que uno de los dos se haga pequeño para poder mantenerse quizá permanezca unida, aunque difícilmente pueda decirse que está verdaderamente viva.
La dependencia emocional y la necesidad de que alguien nos complete
Amar no debería significar convertir al otro en la solución de nuestra propia insuficiencia. Hay una fantasía profundamente arraigada en nuestra cultura afectiva: encontrar a alguien que nos complete. La frase parece inocente, incluso hermosa, pero contiene una idea inquietante. Si necesito que alguien me complete es porque previamente me considero incompleto. Y entonces el otro deja de ser solamente alguien a quien amo para convertirse también en alguien a quien necesito para sostener mi identidad. A partir de ahí, perderlo ya no significa únicamente perder una relación, significa sentir que pierdo una parte de mí.
Quizá por eso algunas relaciones se vuelven tan posesivas. No siempre queremos controlar al otro porque seamos personas controladoras. A veces intentamos controlarlo porque hemos depositado en él demasiadas cosas nuestras: nuestra seguridad, nuestro valor, nuestro futuro, nuestra sensación de pertenencia. Y cuando alguien lleva encima semejante responsabilidad, cualquier movimiento suyo puede ser vivido como una amenaza.
Los celos, el miedo a perder y la necesidad de controlar
Los celos, la vigilancia, la necesidad constante de confirmación o el deseo de saber dónde está el otro emocionalmente pueden parecer expresiones de amor cuando, en realidad, muchas veces hablan del miedo. Y el miedo tiene una característica peculiar: quiere conservar. Quiere que nada cambie. Quiere que la persona que conocimos siga siendo exactamente aquella persona. Que continúe deseando lo mismo, pensando lo mismo, necesitando lo mismo y ocupando el mismo lugar que ocupaba cuando nos enamoramos. Pero los seres humanos cambian. Tal vez una de las pruebas más difíciles del amor adulto consista precisamente en comprender ese cambio y acompañarlo.
La persona con la que compartimos nuestra vida no nos pertenece. Tampoco nos pertenece su futuro. Ni siquiera nos pertenece la versión de ella que conocimos. A~Mar a alguien significa convivir con un ser humano que está sucediendo delante de nosotros, alguien que seguirá descubriéndose, contradiciéndose, perdiéndose y encontrándose mientras viva. Y nosotros también.
Amar es acompañar la transformación del otro, no impedirla
Por eso existe una forma de amor que intenta conservar al otro y otra, mucho más difícil, que se atreve a acompañar su transformación. La primera dice: “No cambies, porque podría perderte”. La segunda aprende a decir: “Cambia, crece, descubre quién eres; ya veremos cómo conseguimos encontrarnos desde quienes vayamos siendo”.
Eso no significa aceptar cualquier cosa ni convertir el amor en una especie de renuncia espiritual donde todo está permitido. A~Mar también exige no autoengañarse. Hay transformaciones del otro que pueden hacer imposible continuar juntos. Hay caminos que se separan, necesidades incompatibles, heridas que no deben normalizarse y relaciones de las que es necesario marcharse.
Precisamente ahí aparece una de las paradojas más hermosas y dolorosas del Amor: algunas veces amar a alguien y dejar de compartir la vida con esa persona no son experiencias contradictorias. Porque A~Mar no siempre significa retener en muchas más ocasiones de las que pensamos es liberar.
Algunas veces amar a alguien y dejar de compartir la vida con esa persona no son experiencias contradictorias.
Cómo saber si una relación de pareja nos permite ser nosotros mismos
Quizá el amor más maduro empiece cuando dejamos de preguntarnos únicamente cuánto nos necesita alguien y comenzamos a preguntarnos cuánto puede ser él mismo a nuestro lado. Me interesa mucho esta pregunta porque cambia completamente nuestra manera de entender una relación. Ya no basta con preguntarnos si somos felices juntos, también habría que preguntarse si nuestra manera de estar juntos ensancha o estrecha nuestra vida.
¿Puedo pensar diferente sin temer perderte?
¿Puedo decirte que no?
¿Puedo crecer hacia lugares que tú no habías imaginado para mí?
¿Puedes hacerlo tú?
¿Nos admiramos únicamente por quienes éramos cuando nos conocimos o somos capaces de seguir descubriéndonos?
Porque hay parejas que llevan muchos años juntas y, sin embargo, hace mucho tiempo que dejaron de encontrarse. Conviven con una fotografía antigua del otro. Cada uno espera que la persona que tiene delante siga interpretando el personaje que alguna vez funcionó dentro de la relación. Y cuando uno intenta salir de ese personaje comienza el conflicto: “Tú antes no eras así”. Probablemente no, afortunadamente. Estar vivo significa no terminar nunca de ser.
El amor sano no elimina nuestra individualidad
Quizá deberíamos empezar a entender el Amor menos como un lugar donde instalarnos y más como un espacio donde podamos continuar convirtiéndonos en quienes somos. Una relación suficientemente buena no elimina nuestra individualidad, pero tampoco la convierte en aislamiento. Nos permite entrar y salir de nosotros mismos, regresar al otro y volver después a nuestra propia intimidad enriquecidos por el encuentro.
A~Mar sería entonces algo muy diferente de completarnos, sería contribuirnos. El otro no viene a rellenar aquello que me falta, sino a revelar posibilidades de mí que quizá nunca habría descubierto solo. Y yo puedo hacer lo mismo con él. A veces mediante la ternura; otras, mediante una conversación difícil. Algunas veces acompañando; otras, poniendo un límite. Incluso atravesando crisis que obligan a ambos a preguntarse qué están haciendo con su vida.
No todas las relaciones intensas son profundas ni todas las duraderas son saludables
Eso explica por qué no todas las relaciones intensas son profundas y por qué no todas las relaciones que duran son necesariamente saludables. La medida del amor no puede ser solamente cuánto sentimos ni cuánto tiempo conseguimos permanecer juntos. Tal vez haya otra medida o tal vez sea aquello que ya se nos indicó con tanta sencillez y profundidad: «La medida del Amor es Amar sin medida». Pero amar sin medida con la métrica de la libertad…
Preguntarnos qué clase de personas estamos llegando a ser gracias a la manera en que nos amamos. Si después de años junto a alguien somos más temerosos, más pequeños, más dependientes de su aprobación, menos capaces de expresarnos y más alejados de aquello que verdaderamente somos, convendría preguntarse qué parte de esa relación pertenece al amor y qué parte pertenece al miedo.
La medida del amor no puede ser solamente cuánto sentimos ni cuánto tiempo conseguimos permanecer juntos.
Pero también ocurre lo contrario. Hay personas cuya presencia nos hace extrañamente más nosotros mismos. No porque estén siempre de acuerdo con nosotros, sino porque podemos existir ante ellas sin tener que representarnos. Nos permiten crecer sin vivir nuestro crecimiento como una traición. Celebran nuestros vuelos aunque sepan que volar siempre contiene la posibilidad de alejarnos.
La diferencia entre amar y poseer: la libertad de elegir
Ese amor requiere una enorme valentía. Porque amar a alguien libre es aceptar que cada día podría elegir y, aun así, desear que permanezca.
Quizá ahí esté una de las diferencias esenciales entre poseer y amar. Poseer intenta eliminar la posibilidad de la pérdida. Amar sabe que esa posibilidad existe y, precisamente por eso, convierte cada encuentro en una elección.
¿Quién eres cuando estás al lado de la persona que amas?
Por eso, cuando alguien me pregunta cómo saber si está viviendo una relación verdaderamente amorosa, cada vez me interesa menos preguntarle cuánto quiere a esa persona. Prefiero preguntarle algo diferente:
¿Quién eres cuando estás a su lado?
¿Te reconoces?
¿Hay más vida en ti?
¿Eres más libre para convertirte en quien eres?
¿Y la persona que amas puede hacer lo mismo a tu lado?
Porque quizá el Amor más profundo no sea aquel que promete «nunca te dejaré ir», sino aquel capaz de decir algo mucho más difícil: No quiero que dejes de ser tú para poder quedarte conmigo.
Y acaso A~Mar sea precisamente eso: encontrarnos sin poseernos, acompañarnos sin detenernos y elegirnos sin impedir que ninguno de los dos continúe convirtiéndose en quien todavía puede llegar a ser.
Un artículo del psicólogo Juande Serrano













