Cenas con Chispitas volvió tras dos años de silencio con una noche dedicada a la neurociencia, el deporte y la vida. La doctora Elena Gallardo y Berni Rodríguez protagonizaron en Uppery Rooftop una conversación cercana, llena de momentos espontáneos, preguntas compartidas y reflexiones que siguieron presentes mucho después de apagar el micrófono.
El regreso de Cenas con Chispitas
Había ganas de volver. Se notaba antes de empezar. Las entradas se agotaron días antes y muchas de ellas eran de los incondicionales del formato. Uppery Rooftop empezó a llenarse de caras conocidas, saludos y la alegría del reencuentro. Otros venían por primera vez con ganas de experimentar y disfrutar de la noche.
Después de dos años de silencio, Cenas con Chispitas retomaba su camino con una edición de verano que nace con la ilusión de recuperar su esencia: un tema interesante, ponentes de primer nivel y el encuentro entre personas que, quizá sin conocerse demasiado, están dispuestas a escucharse.
Como decía, muchos de los asistentes eran incondicionales de nuestras citas. Personas que nos acompañaron en otras etapas y que volvieron con ganas de apoyar esta nueva edición desde el primer día.













Uppery Rooftop acompañó muy bien ese regreso. El espacio tiene algo que ayuda a que todo fluya mientras disfrutábamos del atardecer. En esta ocasión, además, apostamos por un formato cóctel, más dinámico que la mesa tradicional. Y aunque las cenas sentadas tienen ese encanto especial de las largas sobremesas, el cóctel permite moverse, acercarse a quienes no conoces, hacer una pregunta más íntima al ponente o terminar hablando con alguien con quien no habías coincidido nunca.
La excelencia gastronómica llegó de la mano del chef Juan Muñoz, que diseñó una propuesta pensada especialmente para la ocasión. Juan no solo cocinó para la noche, sino que la entendió. A su trabajo se sumó un equipo de sala impecable, con Lourdes, Manu y Javier pendientes de cada detalle, haciendo que el servicio estuviera siempre presente.




A estos ingredientes de gastronomía de diez, excelencia en el servicio, espacio, ponentes que son grandes comunicadores y asistentes con ganas de disfrutar, se sumó el maridaje de los vinos de Acontia y el cava La Vie en Rose.


El restaurante en la terraza de Uppery Club está abierto jueves, viernes y sábado para el público general. Si quieres experimentar sus sabores, solo tienes que reservar previamente y disfrutar de la experiencia.
Antes de comenzar con la charla, pedimos a los asistentes que se presentaran brevemente.
Laura Ríos, gerente de Uppery Club, ejerció de anfitriona y dio la bienvenida a los asistentes, destacando la calidad profesional y personal de los ponentes, ambos socios del club.
Neurociencia, deporte y vida
El punto de partida de la noche era ambicioso: hablar de neurociencia, deporte y vida. De cómo funciona nuestra mente cuando aparece la presión, de qué ocurre cuando necesitamos foco, motivación o confianza, y de cómo nuestros pensamientos, nuestros hábitos, la actividad física y la gestión emocional influyen en nuestra forma de vivir, decidir y afrontar nuestros retos.
Porque aunque el deporte fue uno de los grandes hilos conductores, la conversación fue mucho más allá de la cancha. Todos conocemos la presión. Todos hemos sentido alguna vez bloqueo, miedo, exigencia o necesidad de superarnos. Y todos, de alguna forma, podemos aprender a comprender mejor nuestro cerebro para responder con más consciencia.
Para ello contamos con dos invitados muy especiales.

La doctora Elena Gallardo, neurocientífica, doctora en Medicina, licenciada en Biología, especializada en sistema nervioso central y neurociencia aplicada. Elena es docente universitaria y autora del libro De la inflamación al bienestar: neurociencia para regular tu sistema nervioso y mejorar la conexión cuerpo-mente. Pero, sobre todo, es una divulgadora capaz de hacer fácil lo complejo, de llevar el conocimiento del cerebro a la vida cotidiana y de explicar con claridad cómo el estrés, los pensamientos, los hábitos, la actividad física y la regulación emocional influyen en nuestra salud y en nuestra manera de actuar.
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Junto a ella, Berni Rodríguez. Una de las grandes figuras del baloncesto malagueño y español. Formado en la cantera del Unicaja, capitán durante una de las etapas más brillantes del club y campeón del mundo con la Selección Española en Japón 2006. Tras su retirada, ha seguido vinculado al deporte desde la gestión, la comunicación y el emprendimiento, además de ejercer como embajador de Unicaja Baloncesto y comentarista deportivo.
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Elena nos ayudó a poner palabras científicas a lo que tantas veces intuimos. Berni, a reconocerlo desde la experiencia de quien ha vivido la presión en una cancha, con segundos para decidir y miles de personas alrededor.
Una conversación que empezó antes de empezar
Nada más comenzar la charla, Elena quiso hacer un paréntesis antes de hablar de neurociencia. Había estado escuchando las presentaciones de los asistentes, sus aportaciones, sus motivos para estar allí. Y quiso señalar la atmósfera que se había creado en tan solo unos minutos.
Y es que Cenas con Chispitas no va solo de ponentes, ni de temas interesantes, ni de lugares bonitos. Va también de lo que sucede entre quienes asisten. De esa disposición a entrar en la conversación, a compartir una inquietud, a hacer una pregunta, a dejar que una idea te acompañe durante la cena.
En ese ambiente empezó la charla.
Elena explicó que la neurociencia estudia qué pasa en el cerebro y cómo ese conocimiento puede ayudarnos a comprender nuestro comportamiento. El cerebro, recordó, realiza funciones como la atención, la memoria, el lenguaje, las emociones, el movimiento o las funciones ejecutivas. Y de todo ello nacen tres respuestas fundamentales: emocionarnos, pensar y ponernos en acción.
Ese fue uno de los grandes ejes de la noche. Entender qué ocurre en nuestro cerebro cuando estamos bajo presión no sirve solo para competir mejor. Sirve para negociar, para hablar en público, para gestionar una reunión complicada, para interpretar mejor a quien tenemos delante o para no dejarnos arrastrar por una emoción en un momento decisivo.
La atención, el primer entrenamiento
La doctora Gallardo insistió en que donde ponemos la atención, ponemos también nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestra acción. Por eso, aprender a dirigirla es una de las grandes claves para alcanzar un objetivo.
La visualización apareció pronto en la conversación. Berni Rodríguez contó que muchas de las cosas que hoy se explican desde la neurociencia él las había hecho de forma natural durante su carrera. En su época no se hablaba tanto de gestión emocional ni de entrenamiento mental, aunque sí tuvo cerca a alguna persona que le habló de la importancia de la mente en el deporte.
Ahí Elena puso ciencia a la experiencia. Cuando visualizamos algo de forma repetida, el cerebro empieza a trabajar en esa dirección. Activa la atención, memoriza datos importantes, organiza, planifica y prepara la acción. La visualización no es solo imaginar algo bonito. Es empezar a entrenar internamente el camino hacia eso que queremos conseguir.

Berni recogió esa idea desde otro lugar: el del lenguaje interno. Contó que alguna vez se había hablado muy mal a sí mismo tras un error, algo que muchos reconocimos en silencio porque no hace falta jugar una final para saber lo duro que puede ser nuestro propio diálogo interior.
Elena explicó entonces que el lenguaje tiene una conexión directa con las áreas emocionales del cerebro. La forma en la que nos hablamos no es inocente. Puede calmarnos, darnos seguridad y ayudarnos a salir con más temple, o puede hundirnos un poco más si repetimos mensajes negativos hasta convertirlos en verdad.
En ese momento, Berni compartió una anécdota reciente de Kendrick Perry, jugador de Unicaja. Antes de los partidos, Perry tiene un pequeño protocolo: se acerca a la canasta, apoya la cabeza y se habla a sí mismo. Cuando Berni le preguntó qué se decía, su respuesta fue preciosa: se recordaba que estaba allí porque merecía estar allí, porque había trabajado mucho para llegar a ese momento y porque, al día siguiente, el mundo seguiría girando.
Engañar al cerebro para cambiar de registro
Una de las cuestiones que surgió durante la conversación fue si hablarse bien cuando uno no se lo cree puede tener el efecto contrario. Esa duda, tan cotidiana, abrió un momento muy interesante.
Elena explicó que el cerebro tiende siempre al ahorro de energía. Si se acostumbra a un estado de ánimo, a una forma de pensar o a una rutina concreta, intentará seguir por ahí. No porque nos quiera perjudicar, sino porque repite lo conocido.
Por eso habló de “engañar al cerebro”, no como una forma de mentirnos, sino como una manera de cambiarle el registro. Si un día no apetece socializar, salir, entrenar o afrontar algo que cuesta, a veces hay que darle al cerebro una experiencia distinta para que empiece a crear otro camino.
No se trata de aparentar lo que no somos. Se trata de darle pequeñas dosis de algo nuevo para que pueda incorporarlo. Ahí apareció otra de las ideas importantes de la noche: los hábitos en los adultos tardan tiempo en adquirirse. Elena habló de una media de seis meses. Por eso no sirve castigarnos si al principio cuesta. Si el cerebro rechaza el cambio, quizá no vamos tan mal. Quizá estamos justo en el inicio del entrenamiento.
Berni, desde su experiencia, lo llevó al deporte profesional. Para él, entrenar era su trabajo. Había días en los que no apetecía, días de cansancio, de dolor, de falta de energía. Pero ahí entraban la profesionalidad, la disciplina y una mente muy programada para hacer lo que tenía que hacer.
Esa reflexión conectó mucho con los asistentes, porque todos tenemos nuestro propio entrenamiento diario. No siempre se juega en una cancha. A veces se juega en una reunión, en una decisión difícil, en una etapa de cambio o en la necesidad de sostener un proyecto cuando no todo acompaña.
El ruido de fuera y el ruido de dentro
Berni contó una escena que nos llevó directamente al Carpena. Durante los partidos, con miles de personas alrededor y el ruido de la grada, él no escuchaba prácticamente nada. Pero si su entrenador decía “Berni” a veinte metros, lo oía perfectamente.
También contó que algunos amigos le habían dicho alguna vez que lo habían saludado desde la grada y él no había respondido. Su explicación era sencilla: no los veía. Aunque los tuviera delante, su atención estaba completamente dentro del partido.
Elena explicó que en situaciones de alta presión el cerebro puede activar un estado de atención muy focalizada. Es útil para eliminar distractores y concentrarse en el objetivo. En el deporte, en una intervención pública o en una reunión exigente, esa capacidad puede ayudarnos a rendir mejor. Pero también tiene un coste.
Berni reconoció que esos momentos de máxima concentración le generaban mucho cansancio físico. Elena explicó que esa hipervigilancia activa el corazón, los músculos y todo el cuerpo. Es buena para responder a un reto concreto, pero demoledora si se mantiene en el tiempo.

La idea dio para mirarnos también fuera del deporte. Porque muchas veces vivimos como si estuviéramos siempre en partido. Siempre alerta. Siempre pendientes. Siempre respondiendo. Y quizá una de las grandes lecciones de la noche fue comprender que el cerebro necesita foco, sí, pero también descanso.
El deporte como escuela para la empresa
Ante la pregunta que formulé a Berni sobre si el deporte le había servido para estar más estable mentalmente y cómo toda esa gestión aprendida durante su etapa de alto rendimiento le influía ahora como empresario, la respuesta fue clara: en absolutamente todo.
Berni habló del deporte como su gran maestro. Contó que quien ha hecho deporte, especialmente en equipo, se lleva en la mochila herramientas que luego resultan muy útiles en la vida profesional: comunicación, resiliencia, capacidad de adaptación, trabajo en equipo, alegría por el éxito del compañero y una forma natural de entender que nadie gana solo.
También explicó que en su etapa como jugador hacía mucho “pegamento” dentro del equipo. No solo desde la técnica o la táctica, sino desde la capacidad de percibir cómo estaba el de al lado, de leer caras, de intuir estados de ánimo. Esa sensibilidad, dijo, la sigue aplicando ahora en su vida empresarial.
Elena completó esa reflexión desde la neurociencia. Cuando alguien ha trabajado en equipo dentro del deporte aprende a mirar más allá del beneficio individual. Hay una motivación colectiva que activa la atención, la resolución de conflictos, la planificación y la búsqueda de un objetivo común. Y eso, trasladado a una empresa, tiene un valor enorme.
Fue uno de esos momentos en los que la conversación dejó de hablar de deportistas para hablar de todos nosotros. De cómo nos relacionamos en nuestros equipos, de cómo sostenemos un proyecto común y de cómo aprendemos a celebrar que el otro también brille.
Modo lagarto y otras formas de bajar el ruido
Elena dejó también una recomendación muy sencilla, de esas que uno puede llevarse a casa sin necesidad de apuntarse a ningún gran plan de transformación personal.
Contó que por las noches se tumba en el suelo, en lo que ella llama “modo lagarto”, para hacer estiramientos musculares antes de dormir. La imagen provocó sonrisas, pero la explicación tenía mucho sentido. Al liberar tensión del músculo, también liberamos tensión del cerebro.
No se refería a hacer ejercicio cardiovascular antes de dormir, sino a estirar, soltar, bajar el ruido del cuerpo para ayudar a bajar también el ruido mental. Esa conexión cuerpo-mente fue otra de las claves de la noche. A veces queremos calmar la cabeza solo desde la cabeza, cuando quizá el cuerpo también necesita participar en esa conversación.
Y ahí, de nuevo, la neurociencia se hizo cotidiana. Estirarse en el suelo. Respirar. Mover el cuerpo. Cambiar poco a poco un hábito. Poner atención. Hablarse con un poco más de amabilidad. Nada grandilocuente. Nada imposible. Pequeños gestos repetidos en el tiempo.
El fracaso también entrena
No quería que la conversación terminara sin hablar del fracaso. Elena me había insistido en ello cuando preparábamos la cena. Y al escucharlos, se entendió por qué.
Berni definió el baloncesto como un deporte de errores. Un equipo puede empezar un partido sabiendo que va a fallar más tiros de los que va a meter. El mejor porcentaje no evita el fallo; simplemente aprende a convivir con él.
Por eso, en el deporte, la frustración se entrena desde muy pronto. Fallar, equivocarse, perder y volver a intentarlo forma parte del proceso. Berni recordó una frase de Michael Jordan: “He fracasado una y otra vez en mi carrera, y por eso he tenido éxito”.
La conversación derivó entonces hacia los niños y la dificultad que tenemos hoy para permitirles perder. Se habló de competición, de medallas, de marcadores y de esa tendencia tan adulta a confundir proteger con evitar cualquier frustración.
Berni, que trabaja también con niños desde su academia de baloncesto, defendió la competición como una herramienta de aprendizaje. Elena añadió una idea potente: el cerebro está más preparado para identificar amenazas que oportunidades. Si un niño fracasa y se queda solo en la derrota, puede registrar esa experiencia como algo negativo. Pero si alguien le ayuda a ver qué puede aprender de ahí, el cerebro empieza a recalcular, a replanificar y a buscar nuevos caminos.
El fracaso, bien acompañado, también enseña.
Una cena que siguió después de la charla
El tiempo se nos fue rápido. Demasiado rápido. Quedaron preguntas por hacer y temas por abrir. Pero quizá eso también forma parte de una buena cena: dejar la sensación de que la conversación podría haber seguido mucho más.
En esta ocasión no abrimos un turno formal de preguntas porque ya se había hecho tarde, pero eso no apagó la participación. Al contrario. La charla siguió después, ya sin micrófono, entre grupos pequeños, copas, platos que iban saliendo e interacciones entre los asistentes. El formato cóctel permitió precisamente eso: que cada uno pudiera acercarse, preguntar, comentar algo de lo escuchado o continuar una idea en un tono más cercano.
Pero antes de comenzar la cena, llegó uno de los momentos más especiales de Cenas con Chispitas: la entrega de la chispita a los ponentes. Laura Ríos, gerente de Uppery Club y Bea, responsable de eventos de Uppery Club, nos acompañaron en ese pequeño ritual que tanto sentido tiene para quienes conocemos la historia de este proyecto.




Elena Gallardo y Berni Rodríguez ya forman parte de ese universo de estrellas que han iluminado nuestras cenas. Siempre digo que hay algo de magia en cada chispita. Quizá porque no deja de ser una forma de agradecer lo intangible: la generosidad de compartir, de abrir una conversación, de regalar una noche.
Después, el chef Juan Muñoz presentó la propuesta gastronómica que había diseñado para la ocasión. Habló de empezar con un broche de oro, de una pirotecnia suave, de un aperitivo pensado especialmente para los asistentes y para los ponentes. Y con esa misma mezcla de cuidado y entusiasmo comenzó la segunda parte de la noche.

La cocina, el servicio, la terraza y las conversaciones hicieron el resto.
Volver con sentido
Cenas con Chispitas volvió con neurociencia, deporte y vida. Pero, sobre todo, volvió con personas. Con quienes estaban deseando reencontrarse con este formato. Con quienes llegaban por primera vez. Con quienes preguntaron, escucharon, rieron, se reconocieron en alguna frase y se fueron quizá con una idea dando vueltas.
Esa es la parte que más sentido le da a todo.








Quizá por eso el regreso tuvo algo especial. No fue solo retomar una agenda. Fue comprobar que las chispitas siguen encendidas. En los ponentes, en los asistentes, en el espacio, en la cocina, en el equipo y en esa forma tan bonita de reunirnos alrededor de una conversación que nos ayuda a entendernos un poco mejor.
Porque el cerebro también entrena. Y escuchar, compartir, moverse, fallar, aprender y volver a empezar quizá sean algunas de sus mejores formas de hacerlo.





Gracias a todos los asistentes por dar sentido al evento con su presencia y predisposición. Gracias a todo el equipo de Uppery Club por ser unos perfectos aliados. Y, por supuesto, gracias a Elena y a Berni por su generosidad. Aunque nunca habían interactuado en una charla, resultaron un tándem perfecto.
Fotografías: María Jiménez
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