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La microbiota también se va de vacaciones

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La microbiota también se va de vacaciones

Hay un detalle que casi nadie tiene en cuenta cuando hace la maleta para el verano: dentro de cada uno de nosotros viaja también un ecosistema de billones de microorganismos que, como el resto del cuerpo, tiene que aprender a adaptarse a la nueva rutina. Cambian los horarios, cambian los destinos, cambian las comidas… y la microbiota intestinal, ese universo invisible que vive en nuestro intestino, lo nota antes que nosotros mismos.

No es casualidad que en consulta se repita el mismo patrón cada año nada más empezar julio. «Durante el verano vemos con frecuencia pacientes que notan más hinchazón, digestiones lentas o sensación de pesadez. En muchos casos no se trata de una enfermedad, sino de una microbiota que está intentando adaptarse a los cambios propios de esta época del año», explica la doctora Malena García Arredondo, especialista en aparato digestivo y directora de MGA Healthy Digest, una unidad pionera en salud digestiva, microbiota y trastornos del eje intestino-cerebro que reúne en un mismo equipo a especialistas en digestivo, nutrición, psicología y fisioterapia.

 
La doctora Malena García Arredondo, especialista en aparato digestivo y directora de la pionera unidad MGA Healthy Digest, explica por qué el verano suele aumentar la hinchazón abdominal, las digestiones pesadas y el reflujo, y ofrece las claves para proteger la microbiota durante las vacaciones.

 

El verano, un terreno fértil para el desequilibrio

Pensemos en lo que ocurre en apenas dos semanas de vacaciones: se duerme menos y peor, se come a deshoras, los aperitivos y los cócteles sustituyen a las comidas habituales, y el calor obliga al cuerpo a un esfuerzo extra de regulación que muchas veces se acompaña de deshidratación. Ninguno de estos factores es grave por sí solo —de hecho, son parte del placer de las vacaciones—, pero juntos, y sobre todo si se sostienen durante semanas, pueden desequilibrar a una microbiota que está acostumbrada a un ritmo distinto.

El resultado más visible es digestivo: hinchazón, digestiones pesadas, reflujo, retención de líquidos. Pero la historia no termina en el estómago. La ciencia lleva más de una década documentando lo que se conoce como el eje intestino-cerebro, esa autopista de comunicación bidireccional entre el sistema digestivo y el sistema nervioso central. De hecho, gran parte de la serotonina del organismo —el neurotransmisor asociado al bienestar— se produce en el intestino, no en el cerebro.

Así que cuando la microbiota se altera, el cuerpo puede manifestarlo de formas que a primera vista no parecen tener nada que ver con la digestión. «Hoy sabemos que el intestino participa en mucho más que la digestión. Existe una conexión permanente con el cerebro y con el sistema inmunitario. Cuando el equilibrio intestinal se altera, el organismo puede manifestarlo de formas muy diversas», afirma la doctora García Arredondo. Esa fatiga repentina después de comer, esa niebla mental que aparece a media tarde o ese sueño pesado tras la comida pueden tener, en parte, una explicación intestinal que rara vez se tiene en cuenta.

 

 

La buena noticia: es un ecosistema resiliente

Lo interesante —y lo verdaderamente tranquilizador— es que la microbiota está diseñada para adaptarse. No es un equilibrio frágil que se rompe a la primera cena tardía. «Es un ecosistema muy resiliente. Puede recuperarse y mantener su equilibrio incluso en periodos de cambios, siempre que le proporcionemos ciertos cuidados básicos», señala la especialista. Es decir: no se trata de renunciar a las vacaciones, sino de sostener algunos pilares mínimos que le permitan al cuerpo recuperarse con rapidez en cuanto vuelve la rutina, o incluso mientras dura el viaje.

Cinco claves para que el verano no pase factura

1. Apostar por la dieta mediterránea, incluso fuera de casa. Fruta fresca, verdura variada, legumbres, cereales integrales y pescado no son solo una cuestión de buenos hábitos: cuanta más diversidad de fibra vegetal, mayor biodiversidad microbiana, y eso se traduce en una mayor capacidad de adaptación frente a los imprevistos del verano.

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2. Hidratarse de verdad, no solo cuando aparece la sed. Agua, infusiones suaves, caldos ligeros y frutas con alto contenido acuoso —sandía, melón, pepino— ayudan a compensar lo que el calor y el alcohol retiran.

3. Sumar fermentados con criterio. Yogur, kéfir o kombucha pueden ser aliados interesantes, aunque la tolerancia es muy personal: lo que a una persona le sienta de maravilla, a otra puede generarle más hinchazón. Conviene observar la propia respuesta antes de incorporarlos como rutina.

4. Respetar los ritmos internos, aunque cambie el escenario. Saltarse comidas, cenar de madrugada o dormir poco de forma sostenida altera los ritmos biológicos del organismo. No hace falta ser estricto, pero sí mantener una estructura básica de horarios incluso estando fuera de casa.

5. Moverse, aunque sea poco. Caminar, tomar el aire y mantener algo de actividad física moderada —ese paseo por el paseo marítimo al atardecer, por ejemplo— también forma parte del cuidado digestivo, no solo del bienestar general.

Disfrutar sin culpa, cuidando lo esencial

Quizá la conclusión más honesta de todo esto es que no hace falta elegir entre disfrutar el verano y cuidar la salud digestiva. El objetivo no es la perfección ni la rigidez, sino la constancia en lo básico: comer con cierta variedad, beber agua, dormir lo suficiente y moverse un poco. La microbiota, como cualquier buen compañero de viaje, perdona los excesos puntuales. Lo que le cuesta perdonar es que esos excesos se conviertan, sin darnos cuenta, en la nueva normalidad durante semanas. Pequeños gestos, sostenidos en el tiempo, son la diferencia entre volver de vacaciones renovado o volver, además de bronceado, con el estómago pasado factura.

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