El dolor nos une, nos desnuda, nos hermana. La tragedia cercana nos deja pegados a medios de comunicación y redes sociales en busca de un dato más, un testimonio, una imagen. Hay morbo detrás, claro que sí, esa tendencia al drama intrínseca al ser humano que emana cuando el sufrimiento no te toca de cerca, cuando no eres una de las víctimas o de los que quedan para llorarlos.
Pero hay algo que nos toca a todos y que hoy nos mantiene lentos, pensativos, tristes en nuestra cotidianidad, con una parte de la voz entrecortada, ausentes, esa sensación, esa voz que se repite dentro: “me podía haber tocado a mí”. Ese recuerdo de las veces que viajaste en tren y te cambiaste de asiento, te levantaste para ir al baño o la cafetería o tuviste una conversación de teléfono casi sin cobertura en el espacio entre vagones. Decisiones que parecen pequeñas y que esta tragedia nos recuerda que pueden suponer la diferencia entre contarlo o no.
Personas normales, deseando llegar a destino, con ilusiones y sueños por cumplir, con te quieros y perdones guardados para otra ocasión mejor, una que no llegará. Tampoco llegará para los que esperaban o se despidieron en el andén.
Esa sensación, esa voz que se repite dentro: “me podía haber tocado a mí”
La certeza de la fragilidad de la vida que se esfuma en un segundo, sin aviso, en una sentencia contra la que no hay apelación.
El tren es uno de los medios de transporte más seguro y, sin embargo, nada nos garantiza la vida ni nos muestra la fecha de caducidad de esta existencia humana.
Ayer dio la tremenda casualidad de que una amiga viajaba en ese tren con destino a Madrid. Viajaba en uno de los vagones del Iryo que descarrilaron. La llamé al enterarme porque no respondía al WhatsApp. Escuche su voz al otro lado, en pleno shock, pero al menos no estaba herida.
La tarde anterior, con un vino en la mano, hablamos precisamente de la vida y la muerte, de lo efímero, de que estamos aquí de paso. Fue una conversación profunda y sin máscaras.
Me costó dormirme después. Si le hubiese pasado algo me hubiese atormentado no quedarme con ella a cenar, porque merendé demasiado, y quizá, eso es solo una nimiedad. Cuánto nos dejamos por decir o por compartir creyendo que el reloj no se va a detener…
Unidos por el dolor, por la tragedia, por el volumen del poco control que tenemos de nuestros destinos aunque creamos que sí. Unidos por una reflexión silenciosa, interna, un relativizar de esos problemas que creemos en nuestro día a día que son los más graves.
Ahora toca esto. Sentirlo, vivirlo, pensarlo. En unos días, cuando los medios de comunicación dejen de llevar el accidente como noticia de portada se nos irá olvidando, volveremos al automatismo, a creernos inmortales, a darle importancia y ponerle la categoría de urgente a lo que no lo es.
Volveremos al automatismo, a creernos inmortales, a darle importancia y ponerle la categoría de urgente a lo que no lo es.
A veces creo que Dios, la vida, el Universo o como quieras llamarle y en lo que quieras creer, hace estas cosas como mensaje de advertencia a toda la sociedad, al resto, a los que lo vemos por la tele mientras, a lo sumo, damos gracias porque la tragedia nos toca tras la pantalla.
Todo esto me lleva a recordarme que solo tenemos el presente y que las elecciones que hacemos, aunque normalmente disfrazadas de intrascendentes, pueden ser determinantes. Y no lo digo para vivirlas desde el miedo, sino desde la conciencia. Ojalá no se nos olvide. Ojalá no se me olvide.









