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Daphne Martínez y Jason Fox en Cenas con Chispitas: lo que nadie ve detrás de un gran concierto

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Daphne Martínez y Jason Fox en Cenas con Chispitas: lo que nadie ve detrás de un gran concierto

Daphne Martínez y Jason Fox protagonizaron la última cita de verano de Cenas con Chispitas en Uppery. Una conversación generosa, divertida y sin filtros sobre la producción de eventos musicales, la realidad que se esconde detrás de los grandes conciertos y un oficio en el que el éxito depende de presupuestos, decisiones rápidas y, sobre todo, de las personas.

Desde fuera, el mundo de los grandes conciertos parece hecho de luces, artistas, música y noches inolvidables. Desde dentro, la realidad es bastante más compleja. Hay presupuestos que cuadrar, equipos que coordinar, imprevistos que resolver y decisiones que deben tomarse en segundos. De todo ello hablaron Daphne Martínez y Jason Fox en la última cita de Cenas con Chispitas en Uppery Club de la edición de verano.

Y lo hicieron como se habla cuando uno se siente cómodo: con sinceridad, sentido del humor, alguna confesión inesperada y pocas ganas de ofrecer una versión edulcorada de un sector que conocen desde hace décadas.

 

La composición del grupo contribuyó mucho a ello. Entre los asistentes había empresarios, profesionales de la comunicación, la hostelería, la cultura, las bodas y la producción de eventos, además de amigos de los protagonistas y personas que acudían por primera vez a Cenas con Chispitas. Las presentaciones iniciales sirvieron para romper rápidamente el hielo y crear una conversación cercana que continuó después alrededor de las delicias del chef Juan Muñoz y los vinos y el cava de Acontia.

 

Laura Ríos, como anfitriona por parte de Uppery, dio la bienvenida y agradeció haber compartido las citas celebradas este verano. También presentó la actividad empresarial que desarrolla el club y la propuesta gastronómica de su terraza.

 

De un concierto de Prince a Marenostrum Fuengirola

Daphne Martínez y Jason Fox llevan décadas vinculados a la producción de espectáculos. Jason comenzó en 1994 organizando grandes eventos de música electrónica y participó posteriormente en festivales como Espárrago Rock.

Daphne recuerda perfectamente el instante en el que descubrió que quería formar parte de aquella industria. Fue en 1998, trabajando como asistente de catering durante un concierto de Prince en Marbella: «Estaba allí y dije: “Yo quiero trabajar en esto. O sea, esto mola”».

Aquel primer contacto dio paso a festivales, congresos, bodas de gran formato, giras y producciones de todo tipo.

«¿Por qué hacemos esto? Yo creo que porque al final nos suma la energía de la gente», explicó Daphne. «Formas parte de ese microcosmos de personas. No te conocen, no vas a salir en el álbum de fotos, pero ahí está tu trabajo: la iluminación, las pantallas, la regiduría, la decoración, las flores».

Años después llegaría Marenostrum Fuengirola, aunque su nacimiento estuvo bastante lejos de responder a un plan empresarial perfectamente diseñado.

Simply Red y un proyecto que nació casi por casualidad

El germen fue un concierto de Simply Red en la ladera del Castillo Sohail con motivo del 175 aniversario de la independencia de Fuengirola.

La infraestructura ya estaba montada cuando Jason vio una oportunidad: «Le dije a Rodrigo, el concejal de cultura: “Oye, si hago tres conciertos más antes y después, ¿tienes algún problema?”. Me dijo: “No, no, hazlo”. Y así nació el primer año».

No había entonces un proyecto a doce años vista ni la certeza de estar creando uno de los recintos musicales más reconocibles del sur de España.«Todo fue pequeñas coincidencias, fortunas que se fueron sumando», recordó Jason.

El primer año fue casi experimental. Hubo configuraciones diferentes, dificultades de movilidad y hasta servicios que obligaron a ir aprendiendo sobre la marcha. La sorpresa llegó al año siguiente. Jason estaba convencido de que el Ayuntamiento no querría repetir la experiencia. Ocurrió justo lo contrario. «Me dijeron: “La alcaldesa te quiere ver”. Yo pensé: “Me va a regañar por algo”. Y nos pidió que por favor repitiéramos».

El proyecto continuó creciendo. Primero bajo otras denominaciones y formatos y, con el paso de las temporadas, hasta consolidarse como Marenostrum Fuengirola.

Once años construyendo algo más que un recinto

Uno de los aspectos en los que más incidió Daphne fue en la importancia de las personas que han acompañado el proyecto desde sus primeros años: «Hemos creado comunidad. Estamos casi los mismos. La seguridad es la misma. Hoy en día un evento sale solo porque todo el mundo sabe lo que tiene que hacer».

La naturalidad de la frase puede hacer que parezca sencillo. No lo ha sido.

«Nos ha costado once años de reeducar, de tener mucha paciencia, de poner las dos mejillas, de sostener a la gente y de confiar en las ideas que teníamos y en lo que estábamos construyendo».

Durante la conversación puso como ejemplo a proveedores que llevan trabajando junto a ellos desde el principio y que han ido aportando soluciones al crecimiento del recinto. Para Daphne, esa red explica buena parte del resultado: «Las cosas, aunque estén bien, se pueden hacer mejor».

La continuidad del proyecto durante otros doce años abrió uno de los momentos más interesantes de la noche, porque ambos reconocieron vivir la noticia desde lugares diferentes. Para Daphne, supone ante todo un reconocimiento: «Para mí es una satisfacción haberlo ganado, porque es un reconocimiento al trabajo que llevamos haciendo durante once años».

Y también una posibilidad de evolucionar: «Ahora tenemos la oportunidad de realmente hacer cosas que hasta ahora no podíamos. Creo que es una oportunidad para seguir desarrollando el proyecto doce años más».

Jason ofreció, entre risas, la otra cara: «La gente nos da la enhorabuena y yo, particularmente, en parte deseaba que no me tocara. Son ya once años y estar sacrificado otra vez otros doce años… voy a jubilarme ahí».

El comentario provocó las risas del grupo, pero puso sobre la mesa una realidad que atravesó toda la entrevista: la enorme exigencia personal que implica sostener durante meses una maquinaria de estas dimensiones.

 

 

El brillo de los conciertos y todo lo que nadie ve

El público ve al artista. Detrás puede haber entre 240 y 300 trabajadores pendientes de que todo funcione. Jason desmontó rápidamente la imagen glamurosa desarrollando la complejidad que hay detrás de cada uno de los espectáculos.

¿De qué se ocupa realmente un responsable de un gran recinto? De prácticamente todo: «Nos ocupamos de que el camión de basura no ha llegado, que el reciclaje no se ha cumplido, que se ha roto un tubo, de la electricidad…».

La conversación saltaba continuamente de los grandes artistas a una tubería rota, de una gira internacional a un problema de circulación o de un camerino perfectamente preparado a una incidencia de última hora. Y precisamente ahí estuvo buena parte del interés de la noche: descorrer el velo de una industria cuyo resultado final dura apenas unas horas, pero exige meses de trabajo.

 

El dinero que entra en la cuenta no es necesariamente tuyo

Jason fue especialmente claro al hablar de uno de los principales errores que, a su juicio, se producen en la producción de eventos musicalesEl primer error que cometemos todos es pensar que si tienes dos millones de pavos en la cuenta bancaria son tuyos. No, no son tuyos».

El control presupuestario, defendió, es una de las claves para sobrevivir en un sector en el que las cifras de facturación pueden resultar engañosas: «Es imprescindible que haya un control presupuestario diario».

También señaló una peculiaridad de la profesión: «Ser promotor no está reglado. No es como ser abogado, médico u odontólogo. Promotor puede ser cualquiera que tenga una idea, que tenga dinero o alguien que se lo ponga».

La aparición de operadores sin experiencia, explicaron, puede terminar elevando artificialmente los cachés de los artistas y provocando proyectos difícilmente rentables.

Elegir una programación tampoco consiste en elaborar una lista de deseos: «Esto no es ir al supermercado: dame dos de Tom Jones, una de Bruno Mars… No funciona así», ironizó Jason.

Las giras disponibles, las fechas, los cachés, la competencia entre ciudades y festivales y las rutas internacionales terminan configurando una programación que, en algunos casos, se trabaja durante años. Pablo López, por ejemplo, llevaba prácticamente una década en su lista.

 

Artistas, camerinos y peticiones imposibles

Las anécdotas hicieron el resto. Jennifer Lopez pidió en una de sus visitas transformar completamente de blanco sus camerinos. En otra ocasión tuvieron que contratar expresamente a un maestro de sushi: «Gastarnos un pastizal en el sushi… y ni lo tocó. Fuimos nosotros a comernos el sushi, claro», contó Jason.

Otro artista solicitó cubrir completamente el vehículo que debía trasladarlo desde el camerino hasta el escenario: «Era como: “Pero esto no va por un raíl. Si lo cubro todo, ¿cómo conducimos?”», recordó Daphne entre risas.

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Sin embargo, ambos quisieron romper algunos tópicos sobre este tipo de exigencias. Jason, que también ha trabajado en giras con artistas como Marc Anthony, explicó que pasar semanas o meses fuera de casa cambia la perspectiva: «Estamos fuera de casa y lo que queremos es sentirnos lo más a gusto posible».

Avión, furgoneta, hotel, pruebas de sonido, concierto y vuelta a empezar: «Lo que quiero es tener todas las cositas que yo tendría en mi casa a mano. Lo que no voy a hacer es salir a trabajar, a sufrir».

«Todo el mundo se cree que es guay ser artista, pero es jodido»

La conversación se volvió especialmente interesante al hablar del estado emocional de los artistas antes de subir al escenario.

Daphne explicó que algunos prefieren no recibir visitas relacionadas con situaciones dolorosas o escuchar problemas personales antes de actuar. No se trata necesariamente de falta de empatía, sino de proteger el estado emocional que necesitan para enfrentarse después a miles de personas. «Tengo que salir al escenario y darlo todo», resumió.

Jason reconoció que tardaron años de profesión en comprender algunos de esos comportamientos: «Todo el mundo se cree que es guay ser artista, pero es jodido. Es duro». Miedos escénicos, inseguridades, rituales y circunstancias personales también viajan con quien se sube a un escenario.

Manuel Carrasco apareció, en cambio, como uno de los ejemplos de artistas especialmente cercanos. Daphne también mencionó a Morat y su ritual de oración antes de actuar: «Hay mucha gente genial», subrayó.

Cuando un concierto se complica

No todas las noches terminan como estaba previsto. Hablaron de retrasos, cancelaciones, problemas de organización y reclamaciones. Entre los momentos más difíciles recordaron una de las visitas de Jennifer Lopez, con un espectáculo procedente de otro recinto y unas condiciones previamente comercializadas que generaron importantes dificultades. El problema, explicó Daphne, es que para buena parte del público todo queda englobado bajo una misma marca: «La gente muchas veces no lee a quién ha comprado. Dice: “Yo vengo a Marenostrum y te voy a reclamar a ti”».

Su filosofía ha sido intentar facilitar el trabajo tanto al promotor como al artista y buscar soluciones incluso cuando el origen de la incidencia no depende directamente del recinto.

«Cuando llega el artista, muchas veces no sabes qué le ha pasado en el recinto anterior, si ha tenido problemas con la carga y descarga, si viene sin dormir… Nuestra filosofía es hacérselo fácil».

Ese modo de trabajar ha conseguido algo que ambos consideran especialmente valioso: que equipos que recorren numerosos recintos durante una gira reconozcan Fuengirola como un lugar familiar: «Llegan y te dicen: “Siento que vuelvo a casa, porque os conozco, sois los mismos”».

Y fue entonces cuando Daphne dejó una de las frases que mejor resumió la noche: «Al final el componente humano tiene mucho que ver. La magia son las personas».

La energía del público también cambia un concierto

La energía fue precisamente otro de los temas que conectó la experiencia de Marenostrum con lo que estaba sucediendo esa noche en Uppery.

Cada Cena con Chispitas es diferente no solo por sus protagonistas, sino por las personas que se sientan alrededor de la mesa. Daphne confirmó que ocurre exactamente lo mismo en los conciertos: «La energía de grupo es muy importante y se nota».

El artista condiciona el comportamiento del público, pero existe algo común: «Cuando uno va a un concierto va a ver al artista que quiere ver y saca toda la emoción que tiene dentro. Llora, ríe… es un compendio de todo a la vez».

En Uppery ocurrió algo parecido a otra escala. Las preguntas, las bromas, las intervenciones espontáneas y la presencia de amigos que habían compartido diferentes etapas de la trayectoria de Daphne y Jason crearon un ambiente especialmente cercano.

No hubo distancia entre ponentes y asistentes. La entrevista terminó convirtiéndose en una conversación colectiva que siguió durante la cena.

¿Por qué seguir haciendo conciertos?

Después de escuchar las horas de trabajo, los problemas, la presión económica, las dificultades para conciliar y los meses prácticamente absorbidos por una temporada, la pregunta era inevitable: ¿Por qué seguir?

Daphne encontró la respuesta en un instante muy concreto: «Lo que más me gusta de los conciertos quizá es cuando sube el artista al escenario y escuchas a la gente. Y dices: “Por eso hacemos esto”».

Jason recordó un concierto de Manuel Carrasco en 2017. La presión acumulada durante toda la producción había sido enorme: «Cuando subió al escenario y cantó, me tiré de rodillas llorando».

Ahí está probablemente la paradoja de este oficio: trabajar durante semanas o meses para crear unas horas que el público recordará durante años.

 

Una edición de verano que se cerró alrededor de una buena conversación

La conversación dio paso a la cena y a un encuentro todavía más distendido entre los asistentes. Profesionales de sectores diferentes compartieron experiencias, contactos y conversaciones mientras la terraza de Uppery avanzaba hacia una de esas noches en las que nadie parecía tener demasiada prisa por marcharse.

Hubo también un brindis diferente. Durante la cena pudimos probar La Vie en Rose sin alcohol, una propuesta que despertó la curiosidad de los invitados y que convirtió el brindis en toda una experiencia.

Con Daphne Martínez y Jason Fox se cerró así la edición de verano de Cenas con Chispitas en Uppery.

Una noche que permitió descubrir qué ocurre al otro lado del escenario, cuando se apagan los focos y desaparece el brillo que percibe el espectador. Porque para que un artista pueda salir durante unas horas y hacerlo parecer fácil, detrás hay cientos de profesionales trabajando para que nada falle.

Y porque, como recordó Daphne, después de once años de conciertos, problemas resueltos, equipos, artistas y miles de espectadores, la clave continúa siendo la misma: «la magia son las personas».

Uppery Rooftop continúa abierto durante el verano

Aunque esta cita puso fin a la edición de verano de Cenas con Chispitas, la terraza de Uppery continúa abierta al público general los jueves, viernes y sábados por la noche, a partir de las 20:00 horas.

Una oportunidad para conocer el espacio también fuera de los eventos privados, cenar en su rooftop y disfrutar de su programación, que incluye propuestas gastronómicas, catas, maridajes y música en directo.

Ha sido un verdadero placer celebrar esta edición de verano de Cenas con Chispitas en Uppery, no solo por un espacio que invita a disfrutar y compartir, sino por la calidad profesional y humana de todo su equipo. Su atención, cercanía y cuidado en cada detalle han sido parte esencial de cada encuentro.

Fotografías: María Jiménez

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