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«La búsqueda de sentido y el auge de los retiros espirituales» por Juande Serrano

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«La búsqueda de sentido y el auge de los retiros espirituales» por Juande Serrano

retiros espirituales

Hay algo que está ocurriendo en silencio, y sin embargo cada vez hace más ruido dentro de muchas personas. Es difícil ponerle nombre, porque no pertenece del todo a esta época, aunque ahora parezca intensificarse. Es como el rumor del mar cuando aún no lo ves, pero ya lo sientes en la piel: una llamada. No una llamada amable necesariamente, ni cómoda, sino una de esas que te descolocan por dentro, que te susurran que, aun cuando todo parece estar en su sitio, hay algo esencial que no termina de encajar. Y entonces comienza la búsqueda. No siempre consciente, no siempre clara, pero profundamente real. Una búsqueda de sentido, de pertenencia, de algo que no se pueda consumir ni sustituir, algo que no sea superficial ni prestado.

Qué ocurre realmente en un retiro espiritual

En ese contexto han emergido con fuerza los llamados retiros espirituales, como pequeñas islas en medio del ruido donde muchas personas sienten, por primera vez en mucho tiempo, que pueden parar. Parar de hacer, parar de aparentar, parar incluso de sostener esa versión de sí mismas que llevan años defendiendo. Y claro, cuando uno se detiene de verdad, algo ocurre. Se aflojan las defensas, se suaviza el control, y lo que estaba esperando encuentra por fin una rendija por donde salir. Aparece el llanto, la emoción contenida, el dolor que no había tenido espacio, la necesidad de ser vista sin juicio. Y todo eso, que es profundamente humano, se vive muchas veces como algo sagrado. Como si algo externo hubiera descendido sobre la persona, cuando en realidad lo que ha sucedido es que, por primera vez, ha dejado de escapar de sí misma.

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Sentir no es lo mismo que transformar

No hay nada falso en esa experiencia. Sería injusto decirlo. Pero sí hay algo incompleto cuando se interpreta como un destino en lugar de como un comienzo. Porque aquí es donde conviene detenerse un momento y preguntarnos con honestidad qué está pasando realmente. No en la superficie, no en la emoción inmediata, sino en lo profundo. Estos espacios, aunque se presenten como espirituales, funcionan también como contextos psicológicos de alta intensidad emocional. No necesariamente por manipulación, sino por diseño. El aislamiento del entorno habitual, el ritmo estructurado, la exposición progresiva a lo emocional, la fuerza del grupo… todo eso crea un escenario donde las barreras internas bajan y la persona se vuelve más permeable, más abierta, más sensible. Y en ese estado, lo que emerge se vive con una intensidad que puede resultar profundamente reveladora.

El problema no está en sentir. El problema aparece cuando confundimos sentir con transformar. Vivimos en una cultura que ha aprendido a equiparar intensidad con verdad, como si aquello que más nos conmueve fuera necesariamente lo más profundo.

Pero el mar puede agitarse con violencia en la superficie y seguir intacto en su fondo. Sentir mucho no es lo mismo que cambiar, abrirse no es lo mismo que integrarse, tener una experiencia no equivale a haber recorrido un camino.

Y, sin embargo, es fácil caer en esa ilusión, porque la emoción intensa tiene algo de adictivo, algo que nos hace creer que hemos llegado a un lugar cuando en realidad apenas hemos abierto una puerta.

 

 

Qué pasa después del retiro espiritual

Y después de la puerta viene la vida. Y la vida no tiene música de fondo, ni dinámicas guiadas, ni un grupo sosteniendo constantemente lo que sentimos. La vida tiene contradicciones, tiene conflictos, tiene días en los que uno vuelve a sentirse perdido, incoherente, frágil. Y es ahí donde muchas personas empiezan a preguntarse qué ha pasado con aquello que vivieron. Por qué ya no sienten lo mismo, por qué esa claridad se ha desvanecido, por qué esa conexión parece haberse diluido. Y la respuesta, aunque no siempre guste, es sencilla: la experiencia no era el destino. Era, en el mejor de los casos, un inicio.

Los riesgos de convertir la espiritualidad en refugio

Aquí es donde aparece uno de los riesgos más sutiles de este auge espiritual: la dependencia y el narcisismo individualista de la experiencia. La idea, a veces no explícita pero sí profundamente sentida, de que solo en esos espacios uno puede ser quien siente que es. Que solo allí se conecta, se abre, se encuentra. Y entonces el retiro deja de ser una puerta para convertirse en un refugio, en un lugar al que volver una y otra vez para recuperar algo que no se ha aprendido a sostener en la propia vida. Y cuando la espiritualidad se convierte en refugio, empieza a perder su esencia, porque el verdadero camino no está diseñado para sacarte del mundo, sino para devolverte a él de una forma más consciente.

El poder del grupo en los procesos espirituales

También conviene mirar con cierta delicadeza el poder del grupo, porque cuando muchas personas sienten al mismo tiempo, bajo una misma narrativa, la experiencia se amplifica. No porque sea falsa, sino porque es compartida. Y el ser humano, en estados de apertura emocional, es especialmente influenciable. No por debilidad, sino por naturaleza. Somos seres que necesitan pertenecer, y en determinados contextos podemos adoptar significados, creencias o incluso identidades que todavía no han sido realmente integradas. No porque alguien nos obligue, sino porque formar parte calma algo muy antiguo dentro de nosotros.

Por qué crecen los retiros espirituales

Y, sin embargo, sería profundamente reduccionista quedarse solo con esta mirada crítica. Porque si estos espacios están creciendo es porque están tocando algo real. Algo que nuestra sociedad ha descuidado durante demasiado tiempo. El hambre de sentido, la falta de comunidad, la dificultad para sentir y expresar lo que nos ocurre, el deseo de trascender una vida que a veces se queda en lo funcional. Y cuando todo eso encuentra un espacio, aunque sea momentáneo, el alma responde. A veces con lágrimas, a veces con silencio, a veces con una sensación que se interpreta como éxtasis, pero que en realidad es simplemente el alivio de poder ser, por un instante, sin máscaras.

El camino espiritual empieza después de la experiencia

Por eso, más que rechazar estos espacios, quizá lo que necesitamos es aprender a situarlos. Entender qué son y qué no son. Un retiro puede ser una puerta, un primer contacto, una experiencia que abre algo valioso. Pero el camino espiritual empieza después. Empieza cuando nadie te guía, cuando la emoción baja, cuando lo que queda es tu vida tal como es. Empieza cuando tienes que sostener lo que has visto, cuando tienes que encarnar lo que has comprendido, cuando ya no puedes seguir mirando hacia otro lado.

Qué es de verdad el camino espiritual

El verdadero camino espiritual no es una experiencia, es una relación. Una relación contigo mismo que implica presencia, honestidad y, muchas veces, incomodidad. No te aparta del dolor, te enseña a no abandonarte cuando aparece. No elimina el miedo, te permite atravesarlo sin dejar de ser tú. No hace que todo vaya bien, pero hace que tú puedas estar entero incluso cuando no va bien. Y eso, aunque no tenga la intensidad de un éxtasis, transforma de una manera mucho más profunda.

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La espiritualidad cotidiana y silenciosa

Hay una espiritualidad que no se ve, que no hace ruido, que no necesita escenarios especiales. Es la que aparece cuando decides no mentirte, cuando te responsabilizas de tu vida, cuando eliges no repetir lo que te hace daño, cuando aprendes a sostenerte sin escapar. Esa espiritualidad no deslumbra, pero arraiga. No te eleva momentáneamente, pero te sostiene a largo plazo. Es como el mar en calma, que no necesita agitarse para ser inmenso.

Retiros espirituales: una puerta, no un destino

Tal vez, al final, la pregunta no sea si estos retiros son buenos o malos, sino si te están acercando a tu vida o te están alejando de ella. Si te ayudan a habitarte más profundamente o si te invitan, sin darte cuenta, a depender de algo externo para sentirte en casa. Porque el camino espiritual no te protege de la vida, te devuelve a ella. No te construye una burbuja, te quita las capas con las que intentabas sobrevivir. No te evita caer, pero hace que, cuando caigas, no te abandones.

Y quizá, en un tiempo que busca experiencias intensas y cambios inmediatos, recordar esto sea más necesario que nunca: que el alma no crece en el éxtasis, sino en la verdad. En lo cotidiano, en lo incómodo, en lo real. Como el mar que, sin prisa y sin espectáculo, lleva siglos modelando la roca. No por intensidad, sino por presencia. Y tal vez de eso se trate todo esto: de aprender, poco a poco, a no buscar tanto la ola que nos sacuda… y empezar a reconocer el océano que ya somos.

Un artículo de Juande Serrano

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