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«La costumbre en la pareja: cuándo el amor entra en piloto automático» por Juande Serrano

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«La costumbre en la pareja: cuándo el amor entra en piloto automático» por Juande Serrano

Hay monstruos que no hacen ruido. No tienen garras ni colmillos visibles. No aparecen de golpe ni provocan terror inmediato. Se instalan con suavidad, con apariencia de normalidad, incluso con cierto aroma a seguridad. Y cuando nos damos cuenta de su presencia, muchas veces ya han devorado una parte importante de nuestra vida.

Ese monstruo se llama costumbre.

Al principio parece una aliada. Nos facilita la existencia, ordena el caos cotidiano y reduce la cantidad de decisiones que debemos tomar cada día. Gracias a ella podemos levantarnos, conducir, trabajar o relacionarnos sin tener que replantearlo todo constantemente. La costumbre, en su origen, es una herramienta de adaptación.

Pero toda herramienta puede convertirse en prisión cuando deja de estar al servicio de la consciencia.

La costumbre tiene una capacidad extraordinaria para convertir lo extraordinario en invisible. Aquello que un día fue vibrante, sorprendente o profundamente significativo termina volviéndose tan familiar que deja de sentirse. No porque haya perdido su valor, sino porque la repetición ha anestesiado nuestra percepción.

Es como vivir junto al mar. Los primeros días escuchas las olas, hueles la sal, sientes el viento. Todo te conmueve. Pero con el paso del tiempo, el sonido del océano se vuelve fondo. Sigue estando ahí, pero ya no lo percibes con la misma intensidad. Con el amor puede ocurrir algo parecido.

El amor que se convierte en paisaje

En muchas relaciones de pareja, el amor no desaparece de forma repentina. No hay necesariamente una traición, una gran discusión o una ruptura dramática. A veces lo que sucede es mucho más silencioso y, precisamente por eso, más difícil de detectar.

Es el amor que se va convirtiendo en un paisaje monótono. Dos personas que un día se miraban con curiosidad empiezan a mirarse con familiaridad. Dos personas que deseaban saberlo todo del otro empiezan a darlo todo por sabido. Las conversaciones se vuelven más funcionales que profundas. Las rutinas sustituyen a la sorpresa. Y, poco a poco, el vínculo entra en una especie de piloto automático.

No es que las personas dejen de quererse necesariamente. Muchas veces se siguen teniendo afecto, respeto e incluso un tipo de cariño tranquilo. Pero algo esencial empieza a diluirse: la consciencia de elegir al otro cada día. En su lugar aparece la inercia.

 

La inercia afectiva y el peso de lo conocido

La inercia es una fuerza poderosa. En física, describe la tendencia de los cuerpos a mantenerse en el estado en el que ya están. En las relaciones ocurre algo muy parecido. Cuando una pareja lleva años compartiendo vida, proyectos, espacios y hábitos, separarse o replantear el vínculo implica un movimiento emocional enorme. Y la mente humana no suele amar los movimientos bruscos.

Por eso muchas historias continúan no tanto por amor vivo, sino por inercia afectiva. Las frases que empiezan a aparecer son reveladoras:

“Bueno… no estamos mal.”

“Después de tantos años, ¿para qué cambiar?”

“Todas las parejas pasan por esto.”

“Ya nos hemos acostumbrado.”

La palabra clave es esa: acostumbrado.

Acostumbrarse puede ser una forma madura de aceptar la realidad. Pero también puede convertirse en una forma sofisticada de resignación emocional.

Cuando la costumbre anestesia el corazón

La costumbre tiene un talento particular: normaliza lo que en otro momento nos habría hecho reaccionar. Aquello que al principio incomodaba empieza a tolerarse. Aquello que dolía se vuelve parte del paisaje. Aquello que generaba distancia emocional deja de cuestionarse porque “siempre ha sido así”.

Es un mecanismo psicológico profundamente humano. Nuestro cerebro busca estabilidad. Prefiere una incomodidad conocida antes que una incertidumbre desconocida. Por eso muchas personas permanecen durante años en dinámicas afectivas que ya no nutren su alma. No porque no lo perciban. Sino porque la costumbre ha reducido la intensidad de esa percepción. Es como un dolor leve que nunca desaparece del todo, pero al que uno termina acostumbrándose. Sigue ahí, pero ya no ocupa el centro de la atención. Y así pasan los años.

El monstruo que se alimenta de pequeñas renuncias

La costumbre no devora la vida de golpe. Lo hace lentamente, casi con delicadeza.

Primero se alimenta de pequeñas renuncias.

Renunciamos a expresar lo que sentimos para evitar conflictos.

Renunciamos a pedir aquello que necesitamos porque pensamos que “no vale la pena”.

Renunciamos a sorprender, a crear momentos nuevos, a explorar otras formas de encuentro.

No son renuncias dramáticas.

Son gestos pequeños que se repiten durante mucho tiempo.

Pero toda acumulación tiene consecuencias.

Con el paso de los años, esas pequeñas renuncias van erosionando algo profundo: la vitalidad emocional del vínculo.

Pero el Amor necesita movimiento. Necesita curiosidad. Necesita espacio para renovarse. Cuando todo se vuelve excesivamente predecible, el corazón empieza a hibernar. No se rompe. Simplemente se adormece.

La trampa de confundir estabilidad con vida

Uno de los grandes engaños de la costumbre es hacernos creer que estabilidad y vida son lo mismo. No lo son.

La estabilidad es necesaria. Proporciona seguridad, continuidad, raíces. Pero la vida, además de estabilidad, necesita movimiento y renovación. Un jardín estable al que nunca entra aire nuevo termina marchitándose. Las relaciones también.

Cuando dos personas dejan de mirarse con curiosidad, cuando dejan de preguntarse cómo están realmente, cuando dejan de explorar juntos nuevas experiencias, el vínculo puede mantenerse estructuralmente… pero pierde profundidad. Es entonces cuando muchas parejas viven juntas durante años sin sentirse realmente vistas. Comparten casa, rutinas, responsabilidades, incluso proyectos. Pero algo esencial se ha debilitado: la sensación de encuentro real. Y lo más inquietante es que esa situación puede prolongarse indefinidamente. Porque la costumbre vuelve confortable incluso la distancia emocional.

 

Elegir al otro o vivir en piloto automático

¿Dónde quedó la elección?

El Amor no es solo sentimiento. Es también elección consciente. Cuando dos personas se enamoran, esa elección suele ser espontánea. El deseo, la ilusión y la novedad empujan naturalmente hacia el otro. Pero con el tiempo, la relación entra en un territorio diferente. Un territorio donde el amor necesita volverse deliberado.

Elegir al otro cuando ya conocemos sus luces y sus sombras.

Elegir cuidar el vínculo cuando la rutina amenaza con apagar la chispa.

Elegir seguir creciendo juntos en lugar de simplemente coexistir.

La costumbre, en cambio, funciona al revés. Nos invita a dejar de elegir. A permanecer. A repetir. A seguir adelante porque siempre lo hemos hecho así. Y en ese momento ocurre algo sutil pero profundo: la relación deja de ser un acto vivo y se convierte en una estructura sostenida por hábitos.

El despertar de la consciencia en la pareja

Sin embargo, la costumbre tiene un punto débil. No resiste demasiado tiempo frente a la consciencia. Cuando una persona se detiene honestamente a mirar su vida, algo empieza a moverse. Las rutinas dejan de parecer inevitables. Las dinámicas dejan de sentirse naturales. Lo que antes parecía simplemente “lo normal” empieza a ser cuestionado.

A veces basta una pregunta sincera para abrir esa grieta:

¿Estoy viviendo esta relación por elección o por costumbre?

¿Sigo sintiendo vida aquí?

¿Estamos creciendo juntos o simplemente permaneciendo?

No son preguntas cómodas. Pero tienen un poder extraordinario: rompen el hechizo de la repetición inconsciente. Y cuando eso ocurre, la persona recupera algo esencial: su capacidad de elegir.

Cuando la costumbre también puede sostener el amor

La costumbre también puede ser Vida

No obstante, sería injusto demonizar la costumbre por completo. La costumbre también puede ser un terreno fértil para el amor profundo. Los vínculos más sólidos no viven permanentemente en la intensidad del inicio. Con el tiempo, desarrollan una forma de intimidad más serena. Una familiaridad que permite descansar en el otro, compartir silencios, construir proyectos a largo plazo.

La diferencia está en la presencia. Cuando la costumbre está acompañada de consciencia, se transforma en Vida. Cuando dos personas siguen mirándose, escuchándose y eligiéndose dentro de la rutina, la repetición deja de ser una prisión y se convierte en un espacio de intimidad.

Pero cuando la consciencia desaparece, la costumbre se vuelve un piloto automático que devora lentamente la vitalidad del vínculo. La diferencia no está en la rutina. Está en la forma de habitarla.

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Volver a elegir para no dejar de vivir

Volver a elegir

Tal vez el desafío más importante en el amor de pareja no sea evitar la costumbre —eso es imposible—, sino despertar dentro de ella.

Recordar que el otro no es una presencia garantizada.

Recordar que el vínculo necesita cuidado, atención y renovación.

Recordar que amar no es solo sentir, sino también elegir.

Elegir escuchar cuando sería más fácil ignorar.

Elegir comprender cuando sería más cómodo juzgar.

Elegir crear momentos nuevos cuando la rutina nos invita a repetir los mismos gestos.

Porque el Amor, como la Vida, necesita respiración.

Necesita aire nuevo.

Necesita nuevos mares en los que sumergirse.

Necesita pequeños despertares cotidianos.

La pregunta final sobre el amor y la vida

La pregunta final.

Quizá la reflexión más importante que este monstruo silencioso nos plantea es sencilla, pero profundamente incómoda:

¿Estamos viviendo o simplemente repitiendo?

No solo en el Amor, sino en la Vida entera.

Porque la costumbre puede anestesiar relaciones, vocaciones, sueños y caminos vitales. Puede convertir años de existencia en una secuencia de días previsibles que se parecen demasiado unos a otros.

Pero también es cierto que cada momento conserva la posibilidad de despertar. A veces basta con volver a mirar a la persona que tenemos delante como si no la conociéramos del todo. Volver a escuchar con curiosidad. Volver a preguntar. Volver a compartir algo nuevo.

Pequeños gestos que rompen la inercia.

Pequeños gestos que devuelven movimiento al vínculo.

Porque al final, el amor no muere necesariamente por falta de sentimiento.

Muchas veces se debilita simplemente porque dejamos de habitarlo con consciencia.

Y cuando recuperamos esa presencia, la costumbre deja de ser un monstruo que devora la vida. Se convierte, de nuevo, en lo que siempre debió ser: un suelo firme sobre el que seguir eligiéndonos.

Un artículo de Juande Serrano

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