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«Jung lo dejó claro: estas son las dos razones reales por las que alguien se enamora de ti» por Juande Serrano

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«Jung lo dejó claro: estas son las dos razones reales por las que alguien se enamora de ti» por Juande Serrano

No ocurre de golpe. No llega con fuegos artificiales ni con declaraciones grandilocuentes.
El enamoramiento auténtico suele entrar en silencio, como un recuerdo que no sabías que estaba esperando ser despertado.

De pronto alguien aparece —no necesariamente extraordinario, no necesariamente perfecto— y algo en ti se desordena. No sabes bien qué. No sabes por qué. Pero sabes que no es casual. Ahí comienza el misterio.

Durante siglos nos han contado que el amor nace del encanto, de la afinidad, del carácter, del cuerpo, de la química. Y sin embargo, todos hemos experimentado alguna vez esa atracción inexplicable que no encaja con ningún criterio lógico. Personas que no estaban “en nuestros planes”, vínculos que no se sostienen desde la razón, relaciones que parecen destinadas tanto al éxtasis como al abismo.

Carl Gustav Jung —psiquiatra, pensador del alma, cartógrafo de lo invisible— fue uno de los pocos que se atrevió a decirlo con claridad: “No nos enamoramos de la persona. Nos enamoramos de lo que despierta en nuestro mundo interior.”

Y esa afirmación, tan incómoda como liberadora, lo cambia todo.

 La primera razón: te aman por lo que no se atreven a ser

Jung sostenía que una de las razones fundamentales del enamoramiento es la proyección compensatoria. Dicho de otro modo: la psique busca fuera lo que no ha podido desarrollar dentro.

Cuando alguien se enamora de ti porque eres libre, no es por tu libertad. Es por su propia jaula.

Cuando alguien se siente fascinado por tu valentía, no es porque seas valiente. Es porque vive sometido al miedo.

Cuando alguien admira tu ternura, tu autenticidad, tu manera de sentir, no te está viendo a ti únicamente. Está reconociendo, por primera vez, una parte de sí mismo que fue reprimida, abandonada o prohibida.

En ese instante tú te conviertes en símbolo. En representación viva de una posibilidad no vivida. Y esto explica por qué algunas personas nos aman con intensidad desproporcionada, casi con devoción. No aman solo lo que somos. Aman lo que creen que podrían llegar a ser si estuvieran cerca de nosotros.

Desde esta perspectiva, el enamoramiento no es tanto un encuentro con otro diferente como una búsqueda desesperada del alma.

Pero aquí aparece la primera herida. Porque nadie puede vivir eternamente a través del otro. Y cuando la persona descubre —inevitablemente— que no puede apropiarse de tu luz sin encender la suya, la admiración puede tornarse en exigencia, en reproche o en decepción. Entonces llegan frases como: “Has cambiado”, “Ya no eres el de antes”, “Ya no me haces sentir lo mismo”. Y no. No has cambiado tú. Lo que se ha agotado es la proyección.

 La segunda razón: encarnas su imagen interna más profunda

Si la primera razón es poderosa, la segunda es directamente arquetípica.

Jung afirmaba que en el inconsciente de todo hombre vive una imagen femenina —el ánima y en el inconsciente de toda mujer vive una imagen masculina —el animus. No se trata de género. Se trata de energía psíquica, de polaridad interna, de memoria ancestral. Estas imágenes no son construcciones culturales. Son arquetipos, formas universales que estructuran la experiencia humana desde lo más profundo.

Y cuando alguien aparece en tu vida y coincide con esa imagen interna, la atracción es inmediata, intensa y profundamente irracional.

No es “me gusta”. Es “te reconozco”.

No es deseo. Es familiaridad.

No es elección. Es destino psicológico.

Por eso hay amores que se sienten antiguos, inevitables, casi predestinados. Porque no empiezan en esta vida. Empiezan en el inconsciente.

Pero aquí está la paradoja más dolorosa. La persona no se enamora de ti como individuo real. Se enamora de su ánima proyectada en ti o de su animus encarnado en tu figura. Tú te conviertes en pantalla. En recipiente. En imagen viva de algo que pertenece a su mundo interior.

Y al principio todo es mágico. Porque mientras la proyección funciona, el amor parece absoluto. Hasta que la realidad aparece.

 

 El choque inevitable con lo real

Toda proyección está condenada a caer. No porque haya fallado el amor, sino porque la consciencia empieza a despertar.

Llega un momento en que el otro ya no encaja con la imagen idealizada. Tiene límites. Tiene sombras. Tiene humanidad. Y entonces ocurre el derrumbe. Lo que antes era fascinación se convierte en frustración. Lo que antes era deseo se vuelve reclamo. Lo que antes era unión se transforma en conflicto.

Muchas relaciones intensas no fracasan por falta de amor, sino por exceso de inconsciencia. Porque no estaban basadas en el encuentro entre dos personas, sino en el choque entre dos proyecciones.

Desde Jung, esto no es un error. Es una etapa necesaria del proceso de individuación. El problema aparece cuando confundimos intensidad con madurez.

 El amor como camino de autoconocimiento

Jung no era un romántico ingenuo. Tampoco un cínico. Era algo mucho más incómodo: un realista del alma. Para él, el amor auténtico no consiste en encontrar a alguien que te complete, sino en permitir que la relación te confronte contigo mismo.

Por eso decía que las relaciones más importantes no son las más cómodas, sino las más reveladoras.

El otro no llega para salvarte. Llega para mostrarte.

No llega para llenar tu vacío. Llega para señalarlo.

No llega para hacerte feliz. Llega para hacerte consciente.

Y aquí aparece una pregunta crucial, una de esas que incomodan pero transforman: ¿Eres el espejo del otro, su sombra o su maestro?

Porque a veces somos espejo: reflejamos lo que el otro no quiere ver.

A veces somos sombra: despertamos heridas, miedos, rechazos.

Y a veces, muy pocas veces, somos maestro mutuo: acompañamos el crecimiento sin poseerlo.

El verdadero amor no idealiza, integra

Desde una mirada junguiana, amar no es sostener la proyección, sino retirarla con responsabilidad. Es dejar de exigir al otro que encarne nuestra imagen interna. Es asumir que aquello que admiramos, deseamos o tememos en el otro nos pertenece.

El amor maduro comienza cuando dejamos de pedirle al otro que sea algo para nosotros y empezamos a preguntarnos:

¿Qué parte de mí está despertando esta relación?

¿Qué herida está tocando?

¿Qué potencial está reclamando ser vivido?

En ese punto, la relación deja de ser dependencia y se convierte en camino. No siempre dura. No siempre es fácil. Pero siempre es verdadera.

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A~Mar como verbo consciente

En El Arte de A~Mar” no hablamos del amor como sentimiento, sino como práctica. Como decisión interna. Como proceso de integración.

A~Mar es atreverse a mirar hacia dentro sin usar al otro como refugio.

Es dejar de buscar salvadores.

Es dejar de huir de la soledad interna.

Es asumir que nadie viene a completarnos porque nunca estuvimos incompletos.

El otro no es la respuesta.

Es la pregunta.

Y cuando el amor deja de ser una anestesia y se convierte en consciencia, algo profundo se ordena. Tal vez no haya promesas eternas. Tal vez no haya finales perfectos. Pero hay algo mucho más valioso: Verdad Interior y Amor Consciente.

 La próxima vez que alguien se enamore de ti, no te preguntes solo qué hiciste para gustar.
Pregúntate qué estás representando.

Y cuando tú te enamores, detente un instante antes de perderte.

Observa.
Escucha.
Siente.

Tal vez no sea esa persona lo que anhelas.

Tal vez sea una parte olvidada de ti que por fin ha encontrado un rostro.

Porque, como intuía Jung, el amor no viene a completarnos, viene a despertarnos.

Y cuando dos personas despiertas se encuentran, entonces sí, el amor deja de ser proyección y se convierte en transformación compartida.

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