El MEET acoge desde este 23 de marzo la exposición Vladimir Veličković. Huida, vértigo y caída, una muestra que reúne más de medio centenar de grabados, litografías y serigrafías del artista serbio y pone el foco en uno de los grandes ejes de su obra: el cuerpo en movimiento, llevado al límite entre la huida, el salto y la caída.
El MEET acerca a Málaga la obra de un referente internacional poco visto en España
Málaga Espacio Expositivo Tabacalera presenta una exposición que permite acercarse a uno de los nombres más relevantes del arte serbio contemporáneo. Aunque Vladimir Veličković tuvo una amplia proyección internacional y desarrolló buena parte de su trayectoria en París, su obra ha tenido una difusión limitada en España. Esta muestra corrige en parte esa ausencia con una selección que recorre algunas de sus series más significativas.
En la presentación han participado Luis Lafuente, director de la Agencia Pública para la gestión de la Casa Natal de Pablo Ruiz Picasso y otros equipamientos museísticos y culturales, y Carlos Ferrer Barrera, comisario de la exposición.
La propuesta reúne piezas centradas en la representación del cuerpo humano en tensión. No es un cuerpo estático ni idealizado. Es un cuerpo que corre, salta, cae, se retuerce y resiste. En ese movimiento hay una lectura física, pero también simbólica: miedo, violencia, supervivencia y destino.
Vladimir Veličković y su obsesión por el cuerpo en movimiento
La exposición Vladimir Veličković. Huida, vértigo y caída articula buena parte de las constantes que marcaron la producción del artista entre la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI. Su obra se construye en torno a series donde los personajes parecen lanzados a una carrera inevitable hacia la oscuridad o a una huida de la que no siempre es posible salir.
En esas imágenes se perciben influencias reconocibles. Por un lado, la violencia anatómica y psicológica de Francis Bacon. Por otro, la cronofotografía de Eadweard Muybridge, que estudió el movimiento humano y animal en secuencias. También aparece la huella del expresionismo desgarrado de Matthias Grünewald, especialmente en sus crucifixiones.
El resultado es una iconografía de gran intensidad. Los cuerpos parecen suspendidos en un instante extremo, justo antes del golpe final o en pleno tránsito hacia él. Esa tensión es la que da sentido a la muestra y la convierte en una experiencia visual tan física como emocional.
Una obra marcada por la guerra, la memoria y la violencia
Para entender la potencia de su lenguaje visual conviene mirar a su biografía. Veličković nació en Belgrado en 1935 y vivió su infancia en una ciudad bombardeada por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Las imágenes de cadáveres, humo, gritos y devastación dejaron una marca profunda en su memoria. Según se subraya en la exposición, toda su obra nace de esa experiencia temprana.
Esa herida se traduce en una producción atravesada por el dolor, pero también por la empatía y el respeto hacia las víctimas de la violencia. No hay complacencia en sus imágenes. Tampoco frialdad. Sus obras enfrentan al espectador con una condición humana vulnerable, amenazada y frágil.
Ese trasfondo explica que, incluso cuando representa deportistas, saltos o carreras, la sensación no sea la de celebración del movimiento, sino la de tensión ante lo inevitable.
Series clave: oradores, crucifixiones, saltos y caídas
La selección expuesta en Málaga permite recorrer varias de sus grandes líneas temáticas. Están presentes sus series de oradores, nacimientos, crucifixiones y estudios del cuerpo humano en distintas fases del movimiento.
Sus oradores aparecen en un punto de explosión interna, casi devorados por una maraña de vísceras y líneas. Son figuras poderosas, pero también rotas. En ellas conviven violencia y belleza formal.
Otra de las series centrales es la dedicada al salto y a los deportistas. Aquí se percibe con claridad el eco de Muybridge: cuerpos observados en tránsito, fragmentados en una secuencia mental que el espectador recompone.
Muy cerca de ese impulso aparece la caída. No como accidente aislado, sino como destino. La caída en Veličković tiene una dimensión mítica y universal. Es la representación de un final que se conoce, pero al que aun así se intenta escapar.
También destacan sus hombres a la carrera y sus animales, figuras que transmiten una inquietud persistente. Todos parecen huir de algo. O de sí mismos.
París, reconocimiento internacional y una trayectoria coherente
Aunque estudió Arquitectura en Belgrado, su vocación estuvo siempre en las artes plásticas. Tras terminar la carrera y cumplir el servicio militar, dejó el entorno familiar y se trasladó a Zagreb para dedicarse por completo al arte.
En sus primeros años recibió la influencia del ambiente artístico que rodeó al grupo Mediala, aunque nunca perteneció a él. Aquellas exposiciones ayudaron a dar a conocer una obra temprana con ecos de El Bosco y Brueghel. Ya en los años sesenta abandonó esa vertiente más fantástica para centrarse en el lenguaje crudo y expresivo que definiría su carrera.
Su salto internacional llegó en 1965, cuando representó a la Yugoslavia de Tito en la Bienal de París. El premio obtenido entonces le permitió una estancia de seis meses en la capital francesa, donde terminaría instalándose de forma definitiva.
Desde París consolidó una trayectoria reconocida en Europa. Fue profesor en la Escuela Nacional de Bellas Artes entre 1983 y 2000, académico de Bellas Artes en la sección de Pintura desde 2005 y Caballero de la Legión de Honor francesa. En Serbia también ocupó posiciones de relevancia institucional y cultural, entre ellas el comisariado del pabellón en la Bienal de Venecia de 2007.
Una exposición para mirar el miedo, pero también la resistencia
La fuerza de Vladimir Veličković. Huida, vértigo y caída está en su capacidad para interpelar al espectador desde lo físico. Sus imágenes hablan de guerra, violencia y muerte, pero también de la reacción humana ante el límite. El miedo aparece, sí, pero no anula del todo el impulso de seguir corriendo, de saltar, de intentar escapar.
Ese vértigo lo impregna todo. Y precisamente por eso la muestra resulta vigente. No solo por su valor artístico, sino porque obliga a pensar en el cuerpo como lugar de memoria, de amenaza y de resistencia.
Para quien visite el MEET, la exposición ofrece una oportunidad poco habitual de descubrir en Málaga a un creador fundamental del arte europeo reciente, con una obra incómoda, coherente y de gran potencia visual.













