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Jesús vuelve a interesar incluso a quienes ya no creen en la Iglesia

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Jesús vuelve a interesar incluso a quienes ya no creen en la Iglesia

La religión institucional pierde peso en Occidente, pero la figura de Jesucristo reaparece en espacios donde antes parecía impensable encontrarla: ensayos filosóficos, conversaciones sobre bienestar, búsqueda interior, psicología, meditación o crisis de sentido. No vuelve como dogma ni como costumbre heredada. Vuelve como pregunta, como referencia moral y como figura incómodamente viva en medio del desconcierto contemporáneo.

El retorno de Jesús en una época marcada por el vacío

Hay algo que los datos culturales de este inicio de siglo no terminan de explicar del todo: mientras la afiliación religiosa institucional cae en picado en Occidente, la figura de Jesucristo experimenta un renacimiento silencioso, transversal, que escapa a las categorías habituales. No es un revival evangélico ni una moda new age. Es otra cosa. Más difusa, más personal, más urgente.

Filósofos ateos lo citan con respeto. Influencers de bienestar integran sus enseñanzas junto al mindfulness. Escritores agnósticos publican ensayos sobre el Sermón de la Montaña. Jóvenes que jamás pisaron una iglesia leen el Evangelio de Juan en sus teléfonos. ¿Qué está pasando?

Por qué el vacío espiritual vuelve a poner a Jesús en el centro

Para entender el retorno hay que entender primero la herida. Las últimas décadas han producido lo que el filósofo Charles Taylor llamó «la era secular»: un mundo donde las narrativas trascendentes se han evaporado sin que ningún sustituto sólido las haya reemplazado. El consumismo prometía plenitud y entregó ansiedad. La tecnología prometía conexión y generó soledad a escala industrial. El progresismo moral, tan necesario en muchos aspectos, a veces no ha sabido responder a la pregunta más antigua de todas: ¿por qué sufrir? ¿qué hago con mi muerte?

En ese desierto de sentido, Jesús reaparece con una extraña vigencia. No como institución, sino como persona. No como dogma, sino como propuesta radical de vida: amar al enemigo, perdonar sin límite, servir a los más débiles, soltar el ego. Son exigencias que no han envejecido. Que, si acaso, resultan más subversivas hoy que en el siglo I.

“No vuelven a la Iglesia. Vuelven a Él. Y esa diferencia lo cambia todo.”

Jesús y la Iglesia: la ruptura que explica parte de su regreso

Uno de los fenómenos más llamativos es la distancia que muchas personas han trazado entre Cristo y el catolicismo institucional. Los escándalos de abuso, la connivencia con el poder y la rigidez doctrinal han alejado a generaciones enteras de las iglesias. Pero, paradójicamente, no siempre de su fundador.

En lecturas contemporáneas del Evangelio como las de Alberto Maggi, Jesús aparece a menudo como una figura en tensión con la religión de su tiempo. Comía con prostitutas y recaudadores de impuestos, cuestionaba a las autoridades religiosas y se situaba del lado de quienes eran juzgados o excluidos. Ese Jesús incómodo, libre y difícil de encajar en una lógica institucional resulta hoy más atractivo para quien busca fuera del templo que para quien lo administra desde dentro.

En esa misma línea, Richard Rohr ha retomado, a partir de Paul Ricœur, la idea de una fe recobrada tras la duda: no una fe infantil heredada, sino una fe más consciente, más honesta y más profunda. Una fe que no necesita aceptar sin matices todo un sistema doctrinal para reconocer en Jesús una figura transformadora.

Por qué ahora: claves del nuevo interés por Jesucristo

La pandemia de 2020 fue, en muchos análisis, un punto de inflexión espiritual. Millones de personas se encontraron de golpe con la fragilidad, la muerte y el tiempo libre. Las librerías online registraron disparadas en ventas de espiritualidad, filosofía existencial y textos sagrados de todas las tradiciones. El Evangelio fue uno de ellos.

Pero hay más factores. La crisis climática ha revivido el sentido de urgencia escatológica: ¿cómo vivir cuando el mundo que conocemos puede acabarse? El movimiento por la justicia social, especialmente en su versión más radical, bebe —sin siempre reconocerlo— del lenguaje evangélico: la preferencia por los pobres, la denuncia del poder corrupto, la solidaridad como valor supremo. Y la epidemia de salud mental ha producido una generación que busca, desesperadamente, algo que trascienda el yo.

En ese contexto, Jesús no suena a respuesta antigua. Suena, para muchos, a la más contemporánea de las preguntas.

Las corrientes espirituales y filosóficas que conducen hasta Jesús

El camino de regreso a Jesucristo no siempre pasa por la puerta de una iglesia. A menudo comienza en un retiro de yoga, en un libro de psicología transpersonal, en una sesión de terapia o en las páginas de un texto que mezcla budismo con sabiduría occidental. Estas son algunas de las corrientes filosóficas y espirituales que, conscientemente o no, orientan a sus practicantes hacia la figura de Cristo:

Un Curso de Milagros y la espiritualidad práctica

Dictado, según sus autoras Helen Schucman y William Thetford, por la «voz interna de Jesús», este sistema de enseñanza psicológico-espiritual propone que el mundo del ego es ilusión y que el amor es la única realidad. Millones de personas encuentran en él una vía de acceso a Cristo sin pasar por el dogma institucional. Su premisa central —que la culpa es la gran enfermedad del alma y el perdón su única medicina— resuena profundamente en épocas de fractura colectiva.

La psicología junguiana y la figura de Cristo

Carl Gustav Jung veía en la figura de Cristo el arquetipo del Sí-mismo integrado: el hombre que une en sí mismo lo divino y lo humano, la luz y la sombra. Para muchos terapeutas y buscadores de la tradición analítica, el proceso de individuación —convertirse en quien uno verdaderamente es— tiene en Jesús su imagen más completa en la cultura occidental.

El misticismo cristiano y la filosofía perenne

Autores como Aldous Huxley, Frithjof Schuon o, más recientemente, Cynthia Bourgeault han señalado que existe una «filosofía perenne» donde las tradiciones confluyen. Los textos de Meister Eckhart, Juan de la Cruz o Teresa de Ávila son leídos hoy fuera de conventos, en círculos de meditación laicos que encuentran en el misticismo cristiano una profundidad equiparable al zen o al sufismo.

La teología de la liberación y la justicia social

Aunque surgió en los años 60 en América Latina, su influencia resurge en contextos de desigualdad extrema. La imagen de un Jesús que «toma partido» por los pobres y desafía estructuras de poder injustas tiene un nuevo atractivo en generaciones marcadas por la conciencia social y el rechazo a los sistemas establecidos.

Mindfulness y contemplación cristiana

Aunque de raíz budista, el boom del mindfulness ha producido un interesante efecto secundario: quienes practican la atención plena durante años acaban, a menudo, descubriendo que la tradición contemplativa cristiana —la Lectio Divina, la oración centrante, el hesicasmo— ofrece las mismas profundidades, con el añadido de una narrativa personal e histórica más próxima culturalmente.

El existencialismo cristiano y la duda como camino

Filósofos como Kierkegaard, Gabriel Marcel o Paul Tillich propusieron un encuentro con Cristo no desde la certeza doctrinal sino desde la angustia, la duda y la elección radical. En un tiempo donde la crisis existencial es endémica, su lectura se ha renovado: la fe como salto, no como posesión; el compromiso como acto libre, no como herencia.

La espiritualidad integrativa y el punto omega

Autores como Ken Wilber o Pierre Teilhard de Chardin, redescubierto con fuerza, proponen síntesis entre ciencia, evolución y espiritualidad donde Cristo ocupa el lugar del «punto omega»: la conciencia hacia la que el cosmos entero se dirige. Esta visión resulta poderosa para intelectuales que no pueden aceptar un dios tribal pero sí una inteligencia que orienta la evolución.

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Psicología positiva, resiliencia y enseñanzas de Jesús

Irónicamente, algunas corrientes de psicología positiva y coaching han redescubierto las enseñanzas de Jesús sobre el perdón, la gratitud, el servicio y el desapego como «tecnologías mentales» de extraordinaria eficacia. Al pasar por el filtro científico, muchos encuentran que el camino de vuelta a la fuente resulta ser el propio Evangelio.

 

Los riesgos del regreso de Jesús al debate cultural

Este fenómeno no está exento de sombras. El «Jesús a la carta» puede convertirse en un espejo donde cada uno proyecta sus propias preferencias: el Jesús feminista, el Jesús revolucionario marxista, el Jesús terapeuta, el Jesús coach de vida. El peligro de vaciar la figura de su radicalidad original es real.

También existe el riesgo opuesto: el resurgimiento de fundamentalismos que, precisamente ante la fluidez interpretativa, reaccionan con rigidez doctrinal. En Estados Unidos, el fenómeno del «Christian nationalism» ha utilizado la figura de Cristo para proyectos políticos que poco tienen que ver con las bienaventuranzas. La figura de Jesús sigue siendo un campo de batalla cultural.

Los historiadores advierten, además, que la separación entre el «Jesús histórico» y el «Cristo de la fe» es más compleja de lo que los divulgadores populares sugieren. No podemos simplemente quedarnos con las partes que nos gustan y desechar el resto; el Jesús real fue también un predicador que habló del juicio, del infierno y de la necesidad de conversión. Reducirlo a maestro zen o a activista social es también una forma de empobrecerlo.

“El problema no es que Jesús esté de moda. El problema es si la moda es capaz de soportar el peso de lo que Jesús propone.”

Lo que sigue intacto en la figura de Jesucristo

Después de dos milenios de historia, de guerras religiosas, inquisiciones, concilios, cismas, escándalos y reformas, la figura de Jesucristo conserva una capacidad de interpelación que ninguna institución ha podido agotar del todo. Hay algo en ese galileo que muere perdonando a quienes lo matan que sigue resistiéndose a cualquier domesticación.

El filósofo Slavoj Žižek, declaradamente ateo, ha dedicado páginas relevantes al acontecimiento cristiano. Dostoievski imaginó en El Gran Inquisidor el regreso de Jesús como una irrupción capaz de desordenar lo que la institución había levantado. Y Nietzsche, feroz crítico del cristianismo, llegó a escribir que Cristo fue “el único cristiano”.

También en lecturas contemporáneas del Evangelio, como las de Alberto Maggi, Jesús aparece como una figura en tensión con la religión de su tiempo: cercana a los excluidos, incómoda para el poder religioso y difícil de encajar en una lógica institucional. En esa misma línea, Richard Rohr ha retomado, a partir de Paul Ricœur, la idea de una fe recuperada tras la duda, más consciente, menos heredada y más personal.

Quizá por eso su figura vuelve hoy a atraer incluso fuera de la Iglesia: porque sigue poniendo sobre la mesa preguntas que la cultura contemporánea no ha resuelto del todo. Cómo amar sin condiciones, qué hacer con el sufrimiento, cómo vivir sin reducirlo todo a utilidad, éxito o rendimiento. Ahí sigue estando, para muchos, la vigencia de Jesús.

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