Hay palabras que, cuando se repiten demasiado, empiezan a delatar algo. No por lo que dicen, sino por lo que esconden.
Libertad. Libertad. Libertad. Amor. Amor. Amor.
Cuando una palabra se pronuncia con insistencia, suele ser porque no está del todo habitada. O porque se teme perderla. O porque se desea sin saber muy bien qué hacer con ella. Algo parecido ocurre en el amor cuando alguien pregunta una y otra vez: ¿me quieres?, ¿me quieres de verdad? No siempre es una pregunta; muchas veces es una alarma. Una mosca detrás de la oreja. Una sospecha silenciosa de que quizá no haya suelo firme bajo los pies.
Tal vez por eso convenga preguntarnos, sin retórica y sin consignas: ¿Cómo andamos de libertad? Y, ya que estamos, ¿cómo andamos de amor?
Porque no es casual que ambas palabras —amor y libertad— sean las más invocadas y, al mismo tiempo, las peor comprendidas. Las más idealizadas y las menos practicadas. Las más exigidas al otro y las menos asumidas en primera persona.
La libertad no es un lema: es un aprendizaje
La palabra libertad es difícil. No por compleja, sino por incómoda. No porque no sepamos definirla, sino porque sabemos demasiado bien lo que exige.
La libertad no se improvisa. Como tampoco se improvisa el amor. Se pueden improvisar gestos: gestos de independencia, gestos de afecto, gestos de ruptura, gestos de entrega. Pero el gesto no es el concepto. Y el concepto, cuando no está encarnado, se vuelve una caricatura peligrosa.
La libertad no es hacer lo que uno quiere. Es hacerse cargo de lo que uno elige. Y eso, en una cultura que ha confundido deseo con derecho y emoción con verdad, resulta casi insoportable.
Elegir duele (y por eso asusta)
La libertad es la posibilidad de elegir. Y esta afirmación, aparentemente luminosa, arrastra dos consecuencias de una gravedad radical.
La primera: elegir algo significa renunciar a todo lo demás. No hay elección sin pérdida. No hay camino tomado sin caminos abandonados. No hay “sí” que no lleve implícito un cementerio de “noes”.
La segunda: elegir algo significa hacerse responsable de lo elegido. Responsable no en un sentido moralizante, sino existencial. Responsable de las consecuencias. Responsable del impacto. Responsable del coste.
Y aquí es donde la libertad deja de ser un eslogan bonito para convertirse en una experiencia angustiante. Porque la libertad se desea… pero se teme. Y el temor de lo que se desea es, precisamente, la definición más honesta de la angustia.
No la angustia patológica, sino la angustia estructural de estar vivo. La angustia de no poder delegar del todo. La angustia de no poder culpar siempre al otro, al sistema, a la historia, a la infancia. La libertad nos confronta con una verdad incómoda: nadie puede vivir por nosotros.
Usar la libertad como arma
Quizá por eso la libertad se utiliza tantas veces como arma arrojadiza. Para atacar. Para justificar la huida. Para blindarse del vínculo. “Necesito mi libertad”, se dice, cuando en realidad se quiere decir: no quiero implicarme, no quiero sostener, no quiero asumir el riesgo de amar.
En estos casos, la libertad no libera: deserta. Se convierte en una coartada elegante para no atravesar la incomodidad del compromiso, del cuidado, de la responsabilidad afectiva.
Pero la libertad no es neutral. Tiene ética. Tiene dirección. Tiene consecuencias.
Una libertad que arrasa con el otro no es libertad: es omnipotencia disfrazada. Una libertad que huye del lazo no es libertad: es miedo sofisticado.
La libertad nos distingue… y nos compromete
La libertad es una de las capacidades que nos distingue de otras escalas zoológicas. No para colocarnos por encima, sino para hacernos responsables de ese lugar. Estar en el peldaño más alto no autoriza a mirar con desprecio hacia abajo. Obliga, precisamente, a no olvidar de dónde venimos.
La libertad humana no debería alejarnos de la vulnerabilidad, sino acercarnos a ella. Porque cuanto más libre es alguien, más consciente es de sus límites. Y cuanto más consciente de sus límites, menos necesita ejercer poder sobre los demás.
La verdadera libertad no grita. No se impone. No humilla. La verdadera libertad cuida.
Libertad y amor no son opuestos
Uno de los grandes malentendidos de nuestra época es pensar que la libertad y el amor se excluyen. Como si amar fuera perder libertad. Como si ser libre implicara no necesitar a nadie.
Nada más lejos.
La libertad bien ejercida es profundamente amorosa. Y el amor maduro es radicalmente libre.
A~mar no es poseer. Pero tampoco es desaparecer. A~mar es elegir al otro sin dejar de elegirse a uno mismo. Y eso, de nuevo, nos devuelve a la dificultad: elegir.
Elegir quedarse.
Elegir sostener.
Elegir atravesar el conflicto sin huir.
Elegir renunciar a ciertas comodidades narcisistas en nombre de algo más grande que el propio ego.
No hay amor sin libertad. Pero tampoco hay libertad sin vínculo.
Una sociedad en crisis de Amor
Quizá la crisis más profunda de nuestra sociedad no sea económica, ni política, ni siquiera identitaria. Quizá sea, sencillamente, una crisis de Amor.
Se ama poco lo que se hace.
Se ama poco a quien se tiene cerca.
Se ama poco el propio cuerpo, la propia historia, la propia fragilidad.
Se sobrevive mucho.
Se rinde poco homenaje a la vida.
Y tal vez, en el fondo, temamos tanto a la muerte que hemos empezado a temerle también a la vida. Y eso que nos avisaron de aquello de que «si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida.»
Porque vivir de verdad implica exponerse.
Y exponerse implica perder el control.
Y perder el control implica aceptar que nada está garantizado.
Abrazar la vida como se abraza una cruz
A la vida no se la puede tomar a medias. No se la puede rozar sin mancharse. No se la puede vivir sin cargar con algo. La vida es, en muchos momentos, una cruz. Y la única manera de llevar una cruz sin quedar aplastado por ella es abrazarla bien.
No con resignación.
No con cinismo.
Sino con profundidad.
Lo más estrechamente posible.
Lo más conscientemente posible.
Lo más gozosamente posible, incluso.
Porque también las penas —especialmente las penas del amor— necesitan ser llevadas con dignidad. Y, paradójicamente, con una cierta alegría trágica: la alegría de quien sabe que está vivo, que está implicado, que no ha pasado de puntillas.

Ser vulnerables es lo que nos hace que seamos soportables
Nos han vendido la autosuficiencia como ideal. La dureza como fortaleza. La independencia emocional como madurez. Y sin embargo, lo que nos hace sostenibles no es la coraza, sino la vulnerabilidad.
Ser vulnerable no es ser débil.
Es aceptar que necesitamos.
Que fallamos.
Que amamos sin garantías.
La libertad auténtica no elimina la vulnerabilidad: la integra.
El amor auténtico no promete ausencia de dolor: promete presencia.
Tal vez hoy la pregunta no sea “¿soy libre?” Tal vez la pregunta más honesta no sea si somos libres, sino qué hacemos con la libertad que tenemos.
Si la usamos para huir o para amar.
Para protegernos o para comprometernos.
Para no sentir o para sentir con profundidad.
Porque la libertad no es un estado al que se llega.
Es un aprendizaje que dura toda la vida.
Y el A~Mar, también.
No se trata de repetir palabras.
Se trata de encarnarlas.
Y quizá, cuando dejemos de repetir tanto libertad, libertad, y amor, amor, sea porque ya no necesitamos preguntarlo: porque lo estaremos viviendo.












